Yo también me transformé en fósil
Yo también me transformé en fósil
Sobre Una visita al museo de historia natural de Lauren Mendinueta
Por Laura Marín
Los museos han preservado con cuidado el pasado que llevamos detrás, ese que no se mira por mucho tiempo, ese que causa pánico, porque se nos insiste en habitar el presente mientras el futuro permanece incierto. Los pasillos son largos, las luces blancas ensordecen la vida, y las vitrinas, transparentes, devuelven un reflejo inquietante. El problema surge cuando vemos que nuestro rostro ya no se reconoce en el tiempo. ¿Quiénes somos frente a la pérdida de la memoria?
En Una visita al museo de historia natural, Lauren Mendinueta responde a esta pregunta construyendo una poética donde el sujeto deja de ser un observador del tiempo para convertirse en parte de la exhibición: un cuerpo en estado de fosilización. A través de la memoria, la violencia y el dolor, el poemario revela una identidad que no se conserva intacta, sino que se transforma en fragmento, en resto, en vitrina.
Publicado en 2022 por la editorial Sílaba en Medellín, ganador del premio Barranquilla Capital Americana de la Cultura en 2013, Una visita al museo de historia natural se estructura en tres secciones que obedecen a temáticas donde se explora la memoria, la violencia y el ser. La primera, homónima al libro, presenta la pérdida, el crecer y la incertidumbre de vivir. En la segunda “Vitrales en la sombra”, la violencia se filtra en las grietas del tiempo. Finalmente, en “Un país sin nosotros” el tiempo queda suspendido en álbumes y recuerdos que sobreviven como piezas de exhibición de un país que ya no es.
El poema “Una visita al museo de historia natural” nos muestra una ruptura fundamental: la voz poética deja de ser observador y pasa a ser el observado, es ahora esa voz la que está dentro de la vitrina. La vitrina deja de contener restos ajenos; ahora comienza a tener al sujeto propio, revelando que la vida ha comenzado a fosilizarse. El tiempo deja de sentirse lejano; ahora es quien toca la vitrina. Y es cuando esta confrontación se hace evidente:
Y sin esperarlo
mi propio rostro me sorprende.
¿Ya tengo edad
para encontrarme en una vitrina? (pág 23)
Es aquí donde el tiempo comienza a alterar la percepción de la propia identidad. La voz poética ya no se reconoce y su existencia empieza a desplazarse hacia la condición de objeto.
El tiempo se va transformando: deja de ser una idea abstracta y comienza a percibirse como una fuerza que irrumpe e interrumpe la vida. En el poema “Tic-tac”, se presenta la vida como un reloj interno, un mecanismo que contiene la duración de la mortalidad:
Mi pequeño reloj es más útil,
anuncia dentro de mí
la hora exacta
de la duración de la mortalidad.
Luego,
El señor,
estropea el engranaje
y se marcha (pág 28)
Sin embargo, esta continuidad es interrumpida cuando el tiempo actúa como verdugo y estropea el engranaje. Al dañarlo, el tiempo nos hace recordar que toda existencia está atravesada por la finitud, una fecha de caducidad. El poema sugiere que, en algún punto, quienes están detrás de las vitrinas, siendo exhibidos como fósiles, seremos nosotros.
“Vitrales en la sombra” da una mirada hacia la violencia, plasmándolo como un antecedente que luego guiará al exilio. En poemas como “Motivos de exilio", se pueden ver los estragos que deja la violencia, pero también cómo la decisión de irse será crucial, pues afectará la manera en la que la voz poética recuerda el pasado y cómo afecta el presente. Así mismo, el dolor de nombrar la violencia como un factor que termina mostrándose en lo lejano, se acerca a la vivencia de la voz.
Violencia, alimaña parlante,
llamaste sapo a mi hijo,
prostituiste a mi hija,
desapareciste a mi padre
crucificaste el corazón de mi hermano,
escupiste la cara enlutada de mi madre.
Comadreja inmunda
me obligaste a irme,
cerraste con siete llaves la puerta
y mutilaste mis piernas del regreso. (pág 51)
Hay un tema interesante a tocar, y es cómo la memoria es usada en el poema “Aquí y allá, en el recuerdo, en la realidad”. La forma en la que se recuerda importa más que lo que se recuerda.
Detrás de todo eso
—enloquecida, irritada, resuelta—
la violencia, siempre ella,
corriendo hacia nosotros
como una yegua desbocada (pág 50)
Esto no solo funciona dentro de la segunda sección, sino también en la tercera. Aquí el tiempo vuelve a cuestionarse, pero también la manera en la que la memoria se desdibuja con los años. El recuerdo pierde nitidez y fuerza, lo que lo termina convirtiendo en una materia cada vez más abstracta. Un ejemplo sería “Brevísima descripción de la casa”.
La casa de mis padres era insípida,
algo la hacía así.
Inicia con una sinestesia y parece que el poema intentará delimitar un espacio, pero a medida de que pasa el poema:
Hoy, en otro cierto, entorno país,
evoco lo ocurrido en tiempo pasado.
¿Por qué?
Porque el presente no existe,
respondería mi madre
si tuviera el coraje de preguntarle. (pág 70)
El poema se convierte en una imposibilidad de reclamar un espacio personal, de sostenerlo en el pasado, y al final termina preguntando qué implica el presente.
En “Un país sin nosotros” el tiempo se congela en los álbumes de fotos, en los recuerdos pasados que afectan el ahora. Con el uso de sinestesias se le da vida a las imágenes, al recuerdo de un país al cual físicamente ya no pueden tener. Es aquí donde se cuestiona la memoria y el espacio.
En “Intento de retorno” se ve el espacio como una idea metafísica, lo que une al lector a la sensación de que han regresado al país, de que sería por un corto tiempo su ida:
Yo era joven
e imaginaba por entonces realizar un viaje definitivamente,
solo para intentar el retorno.
Qué grande era mi soberbia esos días.
Al final, está la ruptura: ya no hay una posibilidad física de regresar. Se volvió un país en la memoria, uno donde la voz sigue en el tiempo. Ahora solo queda el retorno a una memoria congelada.
La ruta del viaje estaba trazada.
Lo aprendimos demasiado tarde. (pág 68)
Es en este punto donde el pasado se mezcla y nos regresa al presente con el último poema, “Tierra de nadie”, donde la recopilación de la memoria se justifica. Se transforma para reflejar la maternidad, el pasado como un látigo, una forma de expresar que el tiempo se ha ido. El territorio que alguna vez fue ya no existe; al igual que una colección en un museo solo quedan las pequeñas partes de lo que se recuerda, todas detrás de una vitrina, bajo una luz blanca, todas para mostrar que es hora de buscar un nuevo sitio para florecer, uno en una tierra sin memoria, sin tiempo.
Atrás quedaron el jardín y la casa,
ese territorio irremplazable,
ese país que ya no es mío,
mi única patria.
Los años poco fueron dejando:
un álbum familiar anclado en un imposible presente,
evidencias de una familia
que suele reunirse en fotografías y poemas.
Seis soledades, con sus seis soles,
que han de conocerse y desconocerse siempre.
Ahora yo misma me he convertido en madre.
El pasado me visita con la delicadeza de un látigo.
¿Dónde he de tender mi manta para recostarse a leer?
En mi pecho el corazón se abre y se cierra
como una flor espléndida en tierra de nadie. (pág 76)
Una visita al museo natural no solo enfrenta al lector al paso del tiempo, sino también a la imposibilidad de permanecer fuera de él. A través de sus tres secciones, el poemario muestra cómo la memoria puede diseccionar la experiencia y doblar el tiempo hasta convertir al sujeto en resto, en fósil. Sin embargo, Mendinueta no reduce esa transformación a una derrota absoluta: aunque el tiempo erosiona los espacios y desfigura el recuerdo, la escritura permite conservar aquello que parecía destinado a desaparecer. El poema se convierte entonces en otra forma de vitrina, una donde la memoria todavía respira.
Por eso se escribe, no para evitar la pérdida, sino para habitarla. Aceptar la fosilización es un acto de reconocimiento de las grietas que persisten en la vida. Escribir, entonces, se vuelve un acto de resistencia, una forma de seguir incluso cuando ya estamos siendo exhibidos, esperando aquel futuro que tiene vocación pretérita (“El pasado aún está por venir”, pág. 30).
Bajo su presencia imperiosa
he vuelto a mirar de frente.
Ahora lo sé: estoy viva porque resistí.
Escribo poesía para acostumbrarme a vivir. (pág 27)
Lauren Mendinueta (Barranquilla, Colombia, 1977). Poeta, ensayista y traductora. Ha publicado once libros editados en Colombia, España, Italia y Portugal. En Colombia ganó tres premios nacionales: Premio del Festival de Poesía de Medellín (2000), Premio Nacional de Ensayo y Crítica de Arte del Ministerio de Cultura (2011), y el premio Barranquilla Capital Americana de Cultura, en 2013, por Una visita al museo de historia natural. Actualmente reside en Lisboa.
Laura Marín (Bogotá, 2007). Estudiante de Creación literaria de la Universidad Central. Integrante del semillero: Puntos Cardinales.