La luz que borra todo
La luz que borra todo
Sobre La casa de Sandra Uribe Pérez
Por Paula Andrea Rey
“Sé que todo el germen del lenguaje habita en el
alma de lo impronunciable”
Sandra Uribe Pérez
En el paladar queda una capa espesa que se raspa con la lengua, se toca con la yema de los dedos de adentro hacia afuera, se escupe y parece no ser nada. Es el rastro del silencio. Un grumo invisible, insoportablemente palpable; un grumo ansioso que elige trepar por las encías y esconderse si es buscado con ímpetu. Sin-sabor, desolación, ¿insipidez? Más bien, si la punta de la lengua lo toca, es salado.
El silencio es un personaje-concepto-tema muy abordado en la literatura. Carlos Fuentes decía que el silencio busca desesperadamente la palabra. Es decir, que para Fuentes podría ser una garza con las patas enormes, imparable, siempre detrás de la letra que falta, que no puede salir. En la misma corriente me atrevería a decir que está Rulfo, cuyos personajes siempre se inclinaron al silencio, a los murmullos débiles y las voces estancadas en la cabeza. Pero, ¿qué implicaba el silencio en la obra de Rulfo? La lectura más sencilla apunta a la tensión, la imposibilidad de expresar el dolor, el desasosiego del que está impregnada hasta la nube menos densa de Luvina, donde no se oye sino el silencio que hay en todas las soledades.
¿Sería Sandra Uribe Pérez un personaje de Pedro Páramo?
En principio, Sandra Uribe perfectamente podría vivir en Comala, hacer del diálogo la brevedad absoluta, comunicarse con la ausencia de la palabra. También, escalar Luvina, sentir la fuerza del viento, ser una con la niebla y decir: “Sientes cómo la niebla baja por tu garganta y comienza a apoderarse de tus palabras”. Sí, podría. Pero la apuesta por el silencio en la obra de Sandra Uribe denota mucho más que tensión, vacío, que ausencia y desasosiego. El silencio de Sandra Uribe, en vez de perseguir frenéticamente la palabra, es una invitación rotunda a la contemplación. Su voz se entrega siempre al tacto del silencio.
He colocado la primera palabra
Que alguien tire el primer silencio
para completar el poema
Abandonando el imaginario que se tiene, la obra de la autora bogotana se despliega en la múltiple posibilidad del silencio: una presencia capaz de acompañar, de optimizar el poema; un personaje con voz. Entonces, esa masa pastosa se impregnaría en toda la boca y para Sandra Uribe sería más que insufrible, sería una enfermedad que, en palabras de ella, enceguece las sílabas ama y deja sin sabor cada vocablo que conversa con su saliva. No está exenta de sus efectos adversos, está más sumergida que cualquier otra, dispuesta a buscar en la profundidad las palabras estancadas, el sentido completo, total.
que todo está en el interior, que sólo basta con acariciar el silencio para dejar de andar en círculos y hallar la salida.
Siendo así, la obra de Uribe Pérez conversaría, más bien, con los versos de Hugo Mújica, quien voluntariamente guardó su palabra, se la comió y la desterró siete años después, declarando el silencio como esa tierra de la cual brota la poesía, revelando la realidad como expresión. Si Mújica escribe: también el silencio// es huella// huella y seña// hacia lo sin nombre// hacia lo que solo// se escucha// en la renuncia// a nombrarlo. Sandra Uribe, con la contemplación característica del no-ruido, responde: El destino de la palabra es el silencio. Todo vocablo termina por envejecer. Toda sílaba acaba por fatigarse. Lo que se dice comienza a perder sentido. Lo que no se dice es lo que queda. Lo que no queda, no existe. O, tal vez, sin afán de responder, en ambos reposarían las sílabas, se fermentarían en la boca del estómago y la lengua abrazaría su imposibilidad de salir.
Al conversar con su poesía queda el alivio de encontrarse con las posibilidades, dejar de llamar absoluto al vacío que queda cuando no hay verbo, presenciarlo entre los huesos. Queda ubicar la presencia del silencio en la casa que es el cuerpo, estirar en las vísceras el mutismo habituado, convivir con él. Permite evocar la luz que arde, reinventarse en el hambre y nombrar el estruendo que hay adentro, en las bases de la estructura humana. Dialogar: adentrarse en la poesía de Sandra Uribe Pérez es, sin duda, habitar lo amordazado por una misma.
Sandra Uribe Pérez (Bogotá, 1972). Poeta, arquitecta, Magister en Estudios de la Cultura. Ha publicado libros de poesía Uno & Dios (1996), Catálogo de fantasmas en orden cronológico (1997), Sola sin tilde (2003), Círculo de silencio (2012), Raíces de lo invisible (2018) y La casa (Antología, 2018).
Paula Andrea Rey (Zipaquirá, 1999). Estudiante de creación literaria, feminista. Hizo parte del libro La jaula se ha vuelto pájaro de la Casa de cultura Gabriel García Marquez de Zipaquirá (2019).