Revista Latinoamericana de Poesía

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Poetas rumanas: Mihaela Moscaliuc



 

Compartimos una selección de poemas de la poeta rumana Mihaela Moscaliuc, en la traducción de Frances Simán: 

 

En alabanza a los hongos

Mientras estemos aquí, cosamos nuestras vidas con hilos
empapados en extractos de melena de león y reishi, propaguemos

solo esporas que no nos resten vitalidad mientras estemos en la tierra,
aprovechemos el consejo de los muertos y hagamos de esto una nueva forma de amor.

 

Buscaremos manjares que florecen en los residuos,

nacidos de la destrucción—morillas de fuego en los cráteres

 

cenicientos de los robles, cordyceps que brotan

de los cuerpos de orugas de polilla fantasma.

 

Aprenderé la mejor manera de cocinar cada especie

para que su sabor arda en cada papila de nuestras lenguas.

 

Si más allá de la fecha de mi defunción, reconoces el hongo

que brota donde mi abdomen alguna vez vibró

 

de placer, de hambre o por el murmullo amniótico de nuestro hijo,

no dejes constancia para la posteridad. Toca sus láminas y llámalo

 

simplemente hongo, este fugaz, poroso y sensual
estallido sobre la tierra.

 

 

Ars Poetica

 

Estos calcetines fueron tejidos por alguien

que ha dejado de amar la prosodia y se unió a

 

una comuna de alpacas.

 

Leo en alguna parte que llevar calcetines en la cama

alivia la amígdala y la corteza prefrontal,

 

mejorando el orgasmo, la asonancia del cuerpo,

 

pero intuyo que es la herida de devoción

del artesano, las rimas internas de la lana,

 

chasquido entretejido   chasquido     que crea nuestra música

 

que es más como un balido que gemidos sagrados

más como el khoomei de una pastora perdida

 

o el silbido del viento a través de las tumbas entreabiertas de Cernăuți

 

  

Cocotero

 

Las Terrenas, República Dominicana

 

Él tiene el récord

del escalador más veloz —

dieciocho segundos para subir ochenta pies,

y antes de que yo pueda reaccionar,

ya cabalga el cuello de la rama,

el machete entre los labios, pequeño cuchillo

metido en el cinturón,

un ángel acróbata

más cerca de lo invisible

que de nosotros.

Vuelan las frondas marchitas

hasta que la copa

tiembla y se mece

como una muchacha

que prueba su recién descubierta

flotabilidad

ante el espejo del salón—

luego,

el cuerpo que se desliza

tras

el filo del machete

radiante en la caída

que precede

al racimo de cabezas

que ya he comprado,

robusto con agua celestial,

letal en su descenso.

 

en memoria de K

 

  

Memorias

 

Noica dice en algún lado que el único fruto que nunca madura es el hombre.

La historia de una vida perpetuada en verde es la historia de mirar a otra parte.

Si te sirviera este cuento ahora, triturado en salvia o pimentón,

lo rasparías en el contenedor de compost y enlazarías tus palmas

alrededor de mi cálido cráneo. Tus pobres palmas. Tus pobres acordes,

tratando de consolarme mientras alabo a cada guardián que soborné para salvar mi vida.

Una vez me arrodillé, sonreí, besé la mano del déspota.

Más de una vez me corté el labio para apaciguar dos lenguas sedientas de sangre.

Una vez me afeité la cabeza para ayudar a que alguien me aborreciera.

Me creyó deprimida, me tejió una peluca de algas.

Cuando un cuerpo catapultado explotó a mis pies,

levanté el cono tan alto como pude mientras pasaba por encima de mi cabeza

y gané en mi garganta veinte gotitas de helado.

Una vez dejé ir a mi madre, y ella se fue, por un año.

Regresó con la cara fracturada, un parche de linóleo rosa.

Más de una vez confesé una mentira para proteger más mentiras y una vez,

inclinada sobre el río industrial debajo del puente Nicolina,

vi un pez escamoso pararse en seco mientras navegaba por mi rostro.

Se adormeció un segundo y luego se hundió, excepto un ojo.

Abrí mi boca al sol para absorber el calor,

conservar lo que vi.

 

 

Tú preguntas de dónde vienen estos poemas

 

las filas de hambre en mi tierra natal y las madrigueras

secretas, largos abrigos y sombreros rusos

 

colgados en cuernos de ciervo, carne abandonada

sostenida contra contenedores de basura destruidos

 

tumbas vagamente familiares que alimento

de margaritas frescas y lluvia ácida

 

una cama amarilla de miedo y un dulce

disgusto en una habitación cargada de libros

y una mente engañándose a sí misma

 

la parada de bus donde un infante mastica

el corazón de una manzana mientras la madre adolescente trabaja

calentándose un dedo morado a la vez

 

la niña de la calle cargando un bebé

en la cadera derecha mientras la mano izquierda manipula la bolsa

de pegamento, la melodía clamorosa

 

sobre la que se mece, y estas monedas

—nunca suficientes— con las que intercambio mi culpa

 

la lluvia de amento que besa el asfalto amarillo

esas grumosas cerezas siempre verdes

 

ciento ochenta minutos de tiempo de llamada

comprados con un mes de salario, sin usar, caducados

 

los dos nudos de sangre que dejaste en mi labio inferior, sanando

mientras haces que mi mente entienda, pero no mi cuerpo - todavía

 

preguntas de dónde vienen estos poemas

tú que anunciaste tu partida en tan encantadoras cadencias

 

tú viajaste por mi país lo suficiente para saber

que todo lo que podía hacer era confiar en tu idioma

 

tú recorriste mi país lo suficiente para saber cómo la lengua,

aun sin hueso, rompe los huesos

 

 

Sobre la promesa de comprar solo ropa de segunda mano1

 

Dame precisión, aunque sea para la más mínima tarea,

la misión más superficial: poder vestir cada pieza de tienda de segunda mano,

 

cada prenda de mercadillo como una segunda piel,

hasta escuchar el aliento sobre cada puntada, qué

 

aceleró el corazón en la rueca, qué

nubló el pulmón, qué captó el zumbido

 

de la máquina, quién encontró en sí la fuerza para cantar.

¿Acaso se formaron callos en sus dedos con la costura

 

hasta borrar sus espirales, como los de la señora Wong?

Cuando llegó el momento de “naturalizarse”, sus dedos no tenían huellas

 

para demostrar quién era. Algodón plateado, cáñamo, tencel, lino,

petróleo y su ejército de polímeros alimentan mi codicia

 

los fantasmas de cada hilo, suaves y arsenicales.

 

1El poema hace referencia a la historia de la familia Wong, una familia chinoamericana que vivió en la década de 1970 en el 103 Orchard Street, que ahora forma parte del Tenement Museum en Nueva York. (N. de la A.)

 

 

Mihaela Moscaliuc nació y creció en Rumanía. Ha publicado los poemarios Heartmoor (2026), Cemetery Ink (2021), Immigrant Model (2015) y Father Dirt (2010); tradujo Clay and Star de Liliana Ursu (2019) y The Hiss of the Viper de Carmelia Leonte (2014); es la editora de Insane Devotion: On the Writing of Gerald Stern (2016) y coeditora de Border Lines: Poems of Migration (2020). Recibió la beca Guggenheim y el premio Pushcart; además, ha recibido becas de residencia otorgadas por la Hawthornden Foundation (Italia), Chateau de Lavigny (Suiza), el Virginia Center for the Creative Arts y la organización MacDowell, así como dos becas de artista individual del Consejo de Estado de Nueva Jersey en las Artes y una beca Fulbright.

Actualmente dirige el Programa de Maestría en inglés en la Universidad de Monmouth (Nueva Jersey), donde enseña escritura creativa y literatura.

Frances Simán. (San Pedro Sula, Honduras). Traductora, editora y gestora cultural. Académica correspondiente de la Real Academia Española y de número de la Academia Hondureña de la Lengua. Dirige las editoriales Cisne Negro y Los Amorosos. Ha traducido la obra de poetas como Lawrence Ferlinghetti, Najwan Darwish, Omar Sakr,  Mihaela Moscaliuc y Michael Waters. Recibió el Premio Inca Garcilaso de la Vega 2023 por sus aportes a la traducción y edición en Honduras, y el Premio Equinoccial del Festival de Poesía Paralelo Cero, en Ecuador.



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