Carlos Tapia Vaca
Apuntes del payaso bélico
En los poemas de Carlos F. Tapia Vaca, la figura del payaso se convierte en una máscara desde la cual se interroga la violencia, la civilización y sus formas de respetabilidad. Entre el monólogo, la fragmentación y la escena performativa, su escritura explora el cuerpo, la memoria y los gestos de la vida cotidiana. Estos textos, vinculados al imaginario de El payaso bélico, despliegan una voz que oscila entre la ironía y la vulnerabilidad, entre la protesta y la celebración, abriendo un espacio donde el poema se vuelve territorio de crítica, juego y desobediencia.
El payaso bélico
Somos los hijos de los bárbaros.
Los bárbaros simplemente eran canallas, depredadores
pero nosotros los hijos de los bárbaros
civilizados. Hemos aprendido a ser respetables
y creernos respetables, aunque somos tan bárbaros como ellos.
Hemos desarrollado una piel más gruesa para no saber
nuestra responsabilidad, nuestra canallés.
Claudio Naranjo
¿Cuán canalla eres?
Ningún payaso tiene arreglo
sin descubrir su verdadera oscuridad
sin abrazar sus inhumanos vicios
desde mi punto de vista
ni siquiera sé
lo que es ser un canalla
simplemente
no suena a algo
como lo que yo sería
en realidad yo soy
el presidente
del sindicato de payasos “Clodomiro Cayuya”
un referente en la política
de la fobia y de la
contra
por eso
quiero escribirlo
antes que se desvanezcan
mis ideas
los hechos
los recuerdos C A M b iA n
atrás
y me ven como
. solo un payaso
más
porque me gusta tener
más
e s p a c i o
más
tambiéngustodejuntarme
a disfrutar de la bebida
vida
¿Qué estado tengo yo
si soy solo un payaso?
soy lo que soy porque
solo quiero vivir
la expresión
de gozar la
no de desear la muerte
sino aceptarla
resignarse
a ella
ser payaso
consiste más
en ser honesto
que en tener algo serio
en la protesta
y en la fiesta
no todos tenemos un pasado
un corazón
unos individuos
quiero que leas esto que te escribo
para poder colgarme
de la cuerda.
yo no quiero guerra
por eso
te pido tu voto
en las próximas elecciones
del sindicato.
I
en el andino central
un hombre
sin
ombligo
sin bacterias
dueño de su mito
a partir de sí mismo
lastimado
de talones rajados
hacia el centro
II
hacia el este
llanos orientales
hidráulicos
lagartos
tibias noches
con ella
III
la mujer que sigue su cauce
me incita a bailar
aunque no sepa
me acepta
me nutre
la
fricción
de su piel
hidratada
fértil
El trabajador
de la media noche
del arroz con huevo
del estar sentado
del solo indigente que queda
por la calle
“por mi madre muerta
te lo voy a deshacer tu vidrio”
de nigerianos
que caminan
del cómo poder retornar
si no estás
si nunca nadie
cómo puedo ser acuático
cómo puedo volver
a recordar ese aroma
de ancianos que se mueren
y que están donde yo ahora
vacío
La línea que divide
Estoy sentado sobre un tronco de madera escuchándola y ella a mi lado sentada sobre otro tronco de madera pero un tercio más alto, hay un tercer trozo de madera que se erige muy parecido a una barrera contra el mundo pero a la mitad.
Nuestra mitad.
Puedo verlos,
si es que existe “la gente”
O quizás puedo ver algunas personas que caminan sobre la acera en múltiples direcciones.
Un hombre, camisa a rayas, blanco, azul, sin corbata, abotonado todos menos tres, habla por teléfono. La verdulera, carretilla con palta, tunas, uvas, sonrisa, dientes rodeados de oro, se destacan. Y el tramitador que se hace llamar doctor, de pelos blancos, panzón, pantalón de tela gastada, cinturón gris, camisa sin tres botones.
Ellos se disuelven en múltiples direcciones, dándome la ilusión de que algo pasa, de que el tiempo existe más allá de la línea divisoria de su piel, ella. Esa línea que divide unaydosytresycuatroycincoyseisysieteyochoynueveydiaz.
Ahí abajo.
A lo largo, ciertas arrugas diminutas pueblan su superficie adornando las divisiones de su cuerpo. Cierto grumo y un par de puntos que avanzan, retroceden, me doy cuenta de su respiración y del sigiloso raspado que tiene su voz junto con aquellas variaciones de frecuencia que me estremece en los agudos y me alivia en los más graves, definitivamente está llena de vida. A esta distancia apenas puedo percibir ese olor cremoso húmedo de su pelo, me gustaría tener el coraje para asomarme tan cerca de ella, que se reduzca el volumen y se amplíe el contacto de nuestras comisuras con los labios, con los pies, con esos sus cabellos giratorios, ondulados, verde agua.
Carlos F. Tapia Vaca (Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 1995) es poeta. Su trabajo poético transita entre diversas disciplinas, integrando ingeniería en telecomunicaciones, procesamiento de datos, performance y composición sonora. Actualmente es candidato al M.F.A. en Escritura Creativa en la Universidad de Texas en El Paso, donde explora su poética en los ámbitos académico, educativo y performativo.
Desde 2017 se ha dedicado a la literatura. Fue finalista del III Premio Hispanoamericano de Poesía Francisco Ruiz Udiel con su libro El Payaso Bélico (Valparaíso Ediciones, 2022) y formó parte del taller de poesía Llamarada Verde, dirigido por Gabriel Chávez Casazola. Ha participado en festivales internacionales como el XV Encuentro Internacional de Poetas «Poesía en Paralelo Cero» (Ecuador) y el IX Encuentro Internacional de Poesía «Ciudad de los Anillos» (Bolivia).
En el ámbito musical ha sido percusionista en distintos proyectos desde 2013, componiendo y grabando líneas de percusión, entre ellas en el álbum Realidad (2019) de Capo de Gilcapi. Es además cofundador de Mandriles Sindicalizados Films (2023), proyecto que articula poesía y cine desde una exploración simbólica