LA CIUDAD EN SUENAN TIMBRES DE LUIS VIDALES
LA CIUDAD
EN SUENAN TIMBRES DE LUIS VIDALES
Por Carlos Fajardo Fajardo
He aquí otra fuente de mi inspiración: la calle.
No sé qué pasaría si la gente supiera
todo cuánto le debo; cuánto la plagio.
Luis Vidales
Luis Vidales (Calarcá, Quindío, 1904 – Bogotá, 1990) publica Suenan timbres en la segunda mitad de la década de los veinte (1926) cuando Colombia venía acostumbrada al lirismo retórico decimonónico representado en los poetas del grupo Centenarista de 1910 y a la tradición del costumbrismo, con un vistoso parnasianismo provincial. Algunos años atrás, nuestro primer poeta moderno José Asunción Silva había sometido a crítica las técnicas y concepciones de la poesía que en la aldeana Bogotá se escribía. Luis Vidales, al iniciar el siglo XX, proseguiría la escasa tradición de tendencias modernas en Colombia, innovando, sin embargo, sus estructuras, los ritmos, tonos, las temáticas, influido por el auge de la ciudad burguesa, experiencia nueva en la cultura colombiana en esa década del veinte, lo que facilitó dar un revés a las visiones de aldea tan normales en nuestra poesía.
Perteneciente al grupo Los Nuevos, Vidales se atrevió a proponer una ruptura radical con la retórica señorial y pomposa, lo que lo une a las exploraciones que por esos años ya habían adelantado otros poetas mejicanos (Los Contemporáneos), argentinos (Jorge Luis Borges, Oliverio Girondo, Macedonio Fernández, Leopoldo Lugones), chilenos (Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Pablo de Roca), peruanos (César Vallejo), pero no como un integrante total de las vanguardias, sino como un atento escucha de los ecos y conmociones de su época.
Según Vidales “Los que dijeron que ‘las ideas flotan en el aire’ estaban en lo cierto. Cuando hice el cambio de mi poesía, y me arrellané en la llamada ‘vanguardia’, hacia 1920, yo no había leído nada de los movimientos poéticos del momento en el ancho mundo. Me había invadido el zeitgeist, como lo llaman los alemanes al ‘espíritu de los tiempos’. Al contrario de lo que pueda creerse, eso no me favorece mucho” (Vidales, 1986, pp. 33-34). Pero he aquí su importancia: haber traído los aires de la nueva poesía mundial; habernos conectado –aunque de manera aún provincial– con la movilidad del siglo que iniciaba.
“Nací en Río Azul, (…), en una hacienda de mis abuelas erigida sobre la cúspide de los Andes. Mi abuelo bajó de Antioquia para poblar lo que sería el Departamento de Caldas, bajó con sus hijos y sus mulas. Mi padre era maestro de escuela, libre pensador y poeta de rarezas e interioridades. (…) A los dos años y medio, cuando me fueron a bautizar, dije lo que había escuchado a los arrieros: ¡Cura hijueputa!” (Vidales, 1982, p. 2). Son palabras de este poeta sobre sus orígenes. Al trasladarse a Bogotá, debido al trabajo de su padre como vicerrector en un colegio de la capital, la ciudad se le presentará como algo maravilloso y deslumbrante: “Bogotá era una aldea de poco menos de 20.000 habitantes y el rebrujo del mundo contemporáneo no se veía por ninguna parte. Yo era un adolescente escapado de la provincia, de la Colombia profunda y los tranvías y las muchachas de la cuarta me maravillaban” (Vidales, 1982, p. 2).
En este ambiente citadino, el poeta se pone en consonancia con las tímidas transformaciones de modernización que se estaban operando en las capitales del país y con algunos incipientes cambios culturales que se observan en aquellos años:
“Fui entre mis contemporáneos, el único que escribió a la altura de su tiempo. En mi época, a los 20 años, un habitante de la aldea de Bogotá tenía una diametriación emocional y mental que no iba más allá de los lindes aldeanos. A mí me había invadido el espíritu del siglo y fui capaz, en uno de esos fenómenos originalmente inconscientes, de registrar el torrente de las transformaciones. La gestación de mi primer libro “Suenan Timbres” se compagina con los movimientos poéticos que surgieron en la primera posguerra. Rompí la retórica y propuse nuevas escrituras, nuevas imágenes, nuevas formas de asumir la poesía. Bogotá era una isla inverosímilmente atrasada. No había cables ni información literaria deseada. Yo no había leído nada sobre las corrientes que irrumpían en Europa. Eran las facultades irracionales las que trabajaban conmigo. Yo no quería adherirme al rezago virreinal que ensopaba la vida cotidiana en Bogotá. Tenía que descubrir y poetizar los descubrimientos” (1982, p. 2)
La Bogotá de los años veinte apenas si sentía que comenzaba una modernización burguesa en sus estructuras semicoloniales. La aparición de una burguesía industrial y financiera influyó en la ampliación de lo urbano como centro de poder político y económico, lo que dio inicio a la formación de algunas clases medias y burguesas que copiaban en estilo de vida europeo (sobre todo francés e inglés) y, después de la primera guerra mundial, el estilo norteamericano. Las ciudades en crecimiento por las concepciones liberales burguesas, se volvían más complejas. Surgieron los clubes de la alta burguesía (los clubmans), los deportes masivos, los movimientos sindicales y las organizaciones obreras, como nuevas fuerzas políticas; se transformaron los servicios públicos (alcantarillados, acueductos, hospitales, luz eléctrica); surgió a la vez la escasez de vivienda popular y, por ende, los primeros cinturones de miseria o tugurios suburbanos. Las ciudades van cambiando poco a poco de imagen. Se construyen en Bogotá barrios de las clases altas: Chapinero y Teusaquillo, los grandes hoteles y teatros. Los “pasajes” de comercio o mercados cubiertos, los productos de consumo importado, el automóvil, el ritmo del fox-trot, el tango y el cine, comienzan a volverse fundamentales en la urbanización de la urbe.
Con todo esto, la mentalidad de modernización inicial, en la pequeña aldea que era la Bogotá de principio del siglo veinte, llevó a una sacralización de la ciencia y la tecnología como imagen de progreso y futuro. La instalación de teléfonos, cinematógrafos, timbres en las casas, luz eléctrica, pública y privada, telégrafos, grafónolas, etc., fue generando una sensibilidad del confort en las clases medias, las cuales comenzaban a surgir gracias al auge empresarial y financiero con pretensiones arribistas, deseosas de adquirir cada vez más objetos y poder en la competencia con la alta burguesía.
Todos estos procesos los experimentará y consignará Luis Vidales en el libro Suenan timbres: la ciudad como un calidoscopio y una yuxtaposición de concepciones y sucesos; los impactos del enfrentamiento entre lo viejo y lo nuevo; la conciencia de lo heterogéneo social, los abismos en las diferencias de clase. Con una gran antena de recepción, Vidales fue el primer poeta colombiano del siglo veinte que captó dichas sensibilidades de época y las transformaciones que se estaban operando.
Suenan timbres y el mirar la ciudad
“He aquí otra fuente de mi inspiración: la calle, escribe Luis Vidales. No sé qué pasaría si la gente supiera todo cuánto le debo; cuánto la plagio. ¡Cuántas veces un poema se hace en mí por un rasgo, una chispa de algo que oigo pasar! Es esto una influencia rotunda en mi poesía. Alguna vez dije que no hay espectáculo igual, ni más barato, sin boleto de entrada, que éste que nos proporciona el actor humano en su trasiego habitual. En este teatro tengo butaca de abono desde que nací y no pienso abandonarla sino cuando me cambie a domicilio definitivo” (Vidales, 1986, p. 39).
Esta actitud de escuchar, vivir y transitar las calles de una ciudad tocada por el proceso de modernización, se observa en varios de los poemas de Vidales, fundando una simbología de movilidad. Lo fugaz, lo veloz, lo inmediato, se instalan como imágenes de la ciudad que se recorre y observa. Es el movimiento la atmósfera en estos poemas:
...Que cada edificio/ gira dentro de sí mismo/ y que los árboles/ y las calles/ y las cosas/ viven bailando eternamente/ el baile eterno / de la línea que huye. (Perpetuum mobile)
Hace viento. Los objetos/ pintados en los anuncios/ se salen del papel/ y se les oye caer al suelo.
Ropa colgada/ adentro de las vitrinas. / y guantes /- estampados como manotazos-/ en su sitio. / Y adoptando sus formas/ mis pensamientos largos/ y deshilachados. /A lo lejos/ por el tubito de la aguja/ se va a salir el aire/ la bomba de santo Domingo. /
Y luego/ LAS VITRINAS. /Como rectángulos de luces /De colores /En mi imaginación /Suben/ y bajan/ estruendosamente/esos ascensores quietos que tienen las casas.
Corro. Corro. / Pero luego me detengo. /Ha concluido el instante movible. (Instante movible)
La movilidad de una ciudad, vista como en un cinematógrafo, nos lleva a pensar en la importancia del cine y sus influencias en Vidales, pues éste, como un vigía urbano, registra lo que sucede en las calles. Aquí la ciudad es un cuadro que transita de una figura a otra, convirtiéndose en un collage vanguardista. En Vidales encontramos un deseo de apropiarse del collage, no como técnica, sino como propuesta de aproximación a lo real y a un nuevo concepto de percepción del mundo. Elabora poemas que muestran una realidad disuelta en lo insólito, la sorpresa, lo fortuito, lo maravilloso, índices de aventura hacia el asombro:
1
Yo estaba ante una vitrina
–preocupado–
sacando manos y manos
del escaparate de mi imaginación
y midiéndome a la Venus de Milo.
2
Pasaron dos señoritas
Y por primera vez
Desde tanto tiempo que venía preocupándome
Vi cómo sus piesecillos
Iban desenvolviendo
El hilo de su andar
Que habían dejado amarrado en casa.
6
cuando un hombre
pasó envuelto en un abrigo
con cuello de piel.
Y yo me dije
Y aún me lo digo.
El Buen Pastor
Fue quien introdujo al mundo
La moda
Del cuello de piel.
(Del poema “Visioncitas en la carrera séptima”)
En 1922, su amigo y cómplice Luis Tejada (1898-1924) escribió tal vez las palabras de mayor comprensión por aquella obra que se abría camino: “Yo presento hoy a Luis Vidales, y reclamo para él el título de poeta en el mejor y más noble sentido de la palabra. Sé que sus versos no irán a gustar todavía a esa gran masa de público rutinizada en el viejo sonsonete, sin alma ni médula, que nos dan diariamente quienes confunden la belleza con la sonoridad vacua y pretenden hacer poesía escalonando adjetivos, armonías y superficiales colores, en visión pobre por sólo ser descriptiva” (1986, p. 15).
Vidales comenta este famoso encuentro con Tejada: “Lo conocí en el café Windsor, en la calle 13 entre carreras 7a y 8a, cuando se me ocurrió leer mi poema La Música (...) Tejada se subió sobre una de las mesas y dijo con voz altisonante: ‘Todo el mundo a descubrirse, aquí ha nacido un gran poeta’. Yo tenía 19 años y él unos 23. Ese fue mi bautizo poético (…) Jugó un papel específico en la vida y en mi quehacer poético (…) Para mí era un hombre sencillamente genial. Su agudeza me permitió analizar las transformaciones profundas que se operaban en el ambiente económico, político y cultural. Sus opiniones, indudablemente, cobraron relieve y resonaron en la mentalidad de muchos jóvenes intelectuales. Tejada fue el aire claro que oxigenó nuestras ideas y concepciones” (Vidales, 1982, p. 3).
Luis Tejada celebraba esa irreverencia sorpresiva que posee Suenan timbres; su fuerza carnavalesca, profanadora de verdades absolutas, históricas, religiosas. Por su condición carnavalesca esta poesía es crítica. Desea invertir el orden social y natural; pulverizar los miedos, profanar lo sagrado, parodiar a la autoridad y al poder. Su trabajo demoledor está presente en la forma como asume el lenguaje y lo bombardea hasta hacerle expresar lo inexpresable. Si bien podemos comprobar que el humor en la poesía colombiana ha sido pocas veces aceptado como ars poética, es con Luis Vidales que entra una poesía fresca, cálida, despojada de ceremoniosas pompas. En palabras del propio poeta, “el humorismo es ‘cosa seria’. O parafraseando a Tejada: ‘el humorismo es, siempre, una actitud trascendental ante la vida’. No desde luego el chiste ni el juego de palabras que generalmente son ejercicio de gente ordinaria”. Con dicho humor irreverente y crítico, Vidales levanta una poesía con espíritu moderno. Él mismo, en un ensayo introductorio a la tercera edición de Suenan Timbres, lo atestiguó:
“Suenan Timbres es un libro de demolición. Había que destruirlo todo: lo respetable, establecido o comúnmente aceptado, la moral y las buenas costumbres, sin descartar la poesía manida. La rima debía saltar en pedazos. La solemnidad social fue el blanco obligado del humorismo mezclado de ternura de un espíritu de la Colombia profunda, para el cual eran transparentes la fealdad y la majadería del comportamiento social, que aún hoy le retrae y causa leve sonrisa. Suenan Timbres es un grito contra ese estiramiento social, rezago de feudo y, antes, de la corte de pacotilla del virreinato... Por ello, es una honda protesta contra esa hipócrita gravedad que no entiende la jerarquía sino transferida al estatismo de origen divino” (1986, p.25).
REFERENCIAS
- Vidales, Luis. (1986). Suenan timbres (tercera edición). Bogotá: Plaza y Janés.
- ………. (2004). Suenan timbres. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.
- Vidales, Carlos. (1982). “La circunstancia social de Suenan Timbres”. Puesto de Combate, IV (25-26). pp. 28-32.
- Vidales, Carlos. (1982). “Alto ahí, Luis Vidales de nuevo”. Puesto de Combate, IV (25-26). pp. 1- 6.
Nota: El ensayo completo de Carlos Fajardo Fajardo: sobre la poesía de Luis Vidales se puede leer en la Revista La Otra: https://www.laotrarevista.com/2012/12/luis-vidales-suenan-timbres-carlos-fajardo/