Revista Latinoamericana de Poesía

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Retrato de una infancia en el pueblo - cementerio



Diario de un niño de ceniza:

retrato de una infancia en el pueblo - cementerio.

 

Por Angie Benavides Mora

El niño de ceniza me toma de la mano. Sus pasos avanzan con lentitud, arrastrándose entre la capa de ceniza espesa que nos llega a los tobillos. Las nubes se han dejado caer sobre el pueblo sin nombre y cubren el suelo, se levantan en remolinos y oleadas cuando sopla el viento, por eso hay que cerrar bien las ventanas y las puertas. El niño de ceniza nunca supo lo que hacían detrás de las puertas cerradas: podía escuchar las botas caminando de un lado a otro, un coro de pasos femeninos donde solo había una mujer encerrada y esos murmullos que hacían que los hombres parecieran más altos y fuertes que cuando entraron; el niño sabía que muchos ya no vuelven a salir y con su silencio fue obligado a levantar un techo.

El niño de ceniza extendió su brazo y apuntando con el índice me mostró su techo, constelación de punticos de luz que gota a gota van llenando cántaros en el suelo y que cada año se multiplican, en una casa donde no existe un hombre que repare: tío Luis es un fantasma perdido en laberintos de humo con suelo de cartón. Jaló mi brazo pidiendo que me acerque, doblé las rodillas para quedar a su altura y en un susurro delgadito me confesó la queja nocturna de su techo de zinc que no lo deja dormir:

 

“El techo ya no soportaba el oscuro peso de nuestro cielo.”

 

Abuela Teo salió de la cocina con un arrume de cartas extensas que le contaban todo aquello que los jabirúes, con su vuelo agorero de buenas y malas noticias, no alcanzan a anunciarle. Casi nadie sabía leer en el pueblo, los que aprendían a leer se iban lejos sin mirar atrás. La abuela buscaba alguien que le leyera los garabatos para confirmarle al niño su intuición, forjada con paciencia a la luz de la espera:

 

“De la pila de cartas de muy lejos:

ninguna fue de mamá.”

 

Abuela Teo no puede verme, me confundo entre el rastro vaporoso de la música de Pastor López que viene de La Cuarta Dimensión, la única discoteca en el mundo que queda en un cementerio. De pronto, un rumor anuncia el incendio de la discoteca. El niño de ceniza ya no cumplirá su sueño de bailar lambada con Wendy. La discoteca desapareció y a su vez empezaron a llegar muertos de todas partes, tantos muertos que los treinta que dejó el incendio resultaron ser un asunto menor. El cementerio desbordado, regado, sucursalizado por todo el pueblo se convirtió en el pueblo y el pueblo, en medio del enorme cementerio, fue convertido en cementerio de ratones chillones recién nacidos, reventada su cabeza por la suela del zapato del niño de ceniza:

 

“Según abuela, la madre de los ratones regresaría en las siguientes noches.

 

Esperamos dos semanas Pero la madre no regresó”

 

Los jabirúes, con sus voces destempladas, nunca anunciaron un regreso, pero cuando apareció el camión vacío al lado de la carretera pasaron gritando que no fueron los hombres del monte, sino la policía. Los pájaros de las noticias empezaron a aparecer en las calles y los patios, baleados y sin pico, mientras los hombres del monte vigilaban el pueblo en la penumbra iluminados solo por el cigarrillo que hacía de candil entre sus labios.

El niño de ceniza me condujo de la mano hacia su Certidumbre, el río donde encontró su infancia comprimida en una lata de atún, una bolsa de harina blanca, tres pares de labios negros y las tardes caminadas con abuela por el puerto. Encontró también una palabra ardiente que a los seis años tomó entre sus manos y escondió en el bolsillo, una palabra repetida hasta arraigarse en la memoria y que arrojó al agua cenicienta mientras la veía apagarse, irremediable, en la boca de la palometa que fue finalmente arrastrada hacia el anzuelo.

Salgo así del universo poético desde el que Daniel Montoya elige tejer un relato de infancia, donde las experiencias familiares se amalgaman con los pasos de ceniza de un niño atrapado en un pueblo de fantasmas y correspondencias ilegibles. Me queda la música de La Cuarta Dimensión pegada debajo de la lengua y la lluvia que azota el tejado, como remedio para olvidar a los hombres desconocidos que siguen rondando mi casa.

 

 

* * *

 

Daniel Montoya es docente, poeta y narrador colombiano nacido en Puerto López, Meta. Licenciado en lengua castellana y master en neuropsicología y educación. Es ganador de múltiples premios de poesía, entre otros el XLI Premio Iberoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez (España, 2021). Ha publicado los poemarios El libro de los errores (2018-2024), Políptico del aire (2018), manual de paternidad (2019), Los apuntes de Humboldt (2021) y Diario de un niño de ceniza (2024). A lo largo de su carrera, sus letras han aparecido también en antologías de cuento y poesía.

 

Angie Benavides Mora es educadora comunitaria y estudiante del pregrado en Creación Literaria de la Universidad Central.

 

 



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