Revista Latinoamericana de Poesía

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Arqueología del paraíso



Arqueología del paraíso, de Julia Melissa Rivas: entrañables partículas de sentido

 

Por Ricardo Solís

 

Cuando uno alcanza las páginas finales del poemario Arqueología del paraíso (Círculo de Poesía/ ISC, 2024), con el que la poeta Julia Melissa Rivas Hernández (Hermosillo, 1981) ganó el Concurso del Libro Sonorense en 2023, es imposible no reparar en un verso –contundente e iluminador– que sentencia: “Es semejante a un puñado de pan, y sacia, el paraíso”; y el fin del poema que le contiene remata con fuerza que dicho sitio es asimismo semejante “A la réplica de un libro abierto y ya escrito”, lo que nos coloca de cara a una escritura anterior –atávica o no– a la que, de alguna forma, se responde en estas líneas que fuerzan (felizmente) más de una lectura.

Sospecho que, lo primero, quizá deba ser la atención que demanda el título. De este modo, habría que recordar que la arqueología tiene como objetivo esencial la reconstrucción de un pasado, con base en evidencias que son resultado del estudio e interpretación de los vestigios materiales que constituyen la base de aquello que intenta descifrar; ahora, asociado este término científico a la literatura (en este caso, a la poesía), su campo de acción se extiende y permite a la imaginación sensitiva inmiscuirse y particularizar los (siempre) evasivos hallazgos que surgen, se rescatan o se crean a partir de una búsqueda que permite cavar en la memoria y sus diferentes estratos con ayuda del piolet del lenguaje, el cincel del sonido o la cuidada remoción del polvo o la grava que cubran los sedimentos.

Por otra parte, como bien apunta la escritora María Antonieta Mendívil en su texto para cuarta de forros, la autora establece un universo léxico en el que impera “la simbología del pan y sus relaciones intertextuales”, desde la evocación de sus procesos de elaboración hasta el vasto imaginario que desencadena su consumo e inminentes evocaciones a nivel sensitivo y memorioso. Así, el lenguaje se complejiza y va construyendo –palabra a palabra– ese “paraíso” capaz de calmar el hambre insoslayable pues, advierte la poeta, “por ella vivimos y en ella morimos”.

En este sentido, quien escribe estos poemas nos regala una precepción detenida y prácticamente innombrada del paraíso, buscando en la madeja de su escritura no pasar por alto la animada deidad creadora y vigilante, resumida “en su doméstico vacío” para recibir en la modesta semilla del trigo (y su posterior transformación) su resultante especular, el rastro gemelo de sus facultades que –gracias a la escritura– permiten esa forma de imitación original donde las palabras son capaces de producir significado a partir de la “perpetua indagación” que hace posible la duda, el cuestionamiento, las preguntas…

¿Qué digo cuando afirmo que con mi puño también escribo, cuando digo que horneo la palabra que después sirvo sobre los manteles de la lengua?

Pero la palabra misma es también traicionera, lo mismo que “un cuchillo de doble filo”; así como crea, es capaz de exhibirnos, de hacer que mostremos nuestro más vergonzante rostro o, incluso, animar el carácter destructivo del silencio, la memoria o el olvido. Esto porque, el canto asonante no deja de referir que ante el “pequeño plato de ansia y carencia” de la mesa se aprecia el paso del tiempo, la manera en que la sal se convierte en lente, la harina en cuerpo al contacto con el agua y la levadura, el horno donde el fuego tasa la cotidianidad y el sabor que se comunica a través de las palabras, las voces que provienen “desde el recuerdo que marcan mis entrañas”. De esa manera, quien escribe describe y hace resurgir en la lectura “su” entraña, que se torna nuestra y hace del libro una forma de respuesta ante lo entrañable en nosotros, en los demás, todos como rescoldos de una cicatriz dejada por el hambre:

Tengo que decirlo, a veces el hambre es sólo eso, hambre que nos aseguran los otros y lo hacen en preguntas que no tienen simulacro de fingimiento, ni siquiera un estado de serio disimulo o de una real inquietud:

(…)

¿Sigues en ese afán por el poema?

Por supuesto, es el hambre.

Por eso coincido con las palabras de Mendívil que cité en el inicio de este escrito; lo que Rivas Hernández hace en este libro es conformar un mundo que se valida desde su mirada y su capacidad de referirlo a través de las palabras (que es amplia y llena de belleza), las sólidas piezas en el muro escritural de cada poema, de cada habitación verbal en la que un ars combinatoria –cuyo producto se quema, o no, en la puerta del horno de Vallejo– nos permite asombrarnos y aprender distintas formas de evocación, fragmentaria en su unicidad, hecha de migas, moronas, morusas, rescoldos consumibles que se convierten, nos dice sabiamente la autora de Duelo de noche, en “partículas y resabios de sentido” que podemos hacer propios. En este libro lo entrañable se convierte en una oportunidad para el deslumbramiento y la indagación, procesos en los que podemos emplear las herramientas de la escritura y, por qué no, cuestionarlas. Nada de lo anterior es sencillo, por eso es importante que esta edición esté disponible para su adquisición en territorio nacional y todavía más allá; conocer y revisar la obra (creciente, por fortuna) de esta poeta sonorense se tornará necesidad, tarde o temprano.

 

 

  

Ricardo Solís (Navojoa, Sonora, 1970). Escritor y periodista. Autor de varios libros de poemas, un volumen de ensayos y la novela De paso (2019). Radica en Guadalajara desde 1999, fue becario del Programa de Estímulos a la Creación y el Desarrollo Artístico (PECDA) de Jalisco (2011-12) y, por breve tiempo, Jefe de Bibliotecas para el gobierno municipal de Zapopan.



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