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24 Ago 2013 / 18:37 pm

 

 

Selección y nota por Henry Alexander Gómez 

 

Hoy se cumplen 90 años de poesía con el natalicio del poeta colombiano Álvaro Mutis. Con una lucidez asombrosa y desde las esferas más entrañables de la sensibilidad y la sobriedad poética, su obra sobrepasa el anticipo y la posteridad del tiempo.

En sus poemas hallamos siempre algo de revelación y de leyenda, de selva de réquiem o aventura. Libros como Los elementos del desastre (1953) y Los trabajos perdidos (1965) son fundamentales para la historia de literatura colombiana que encontró una manera muy particular de ver el universo a partir de un lenguaje original que rompía con ciertos cánones tradicionales. Siempre hay efervescencia, ebullición y misterio.

La Revista Latinoamericana de Poesía La Raíz Invertida celebra los noventa años de Álvaro Mutis con una selección de sus poemas.

 
 
 

De Primeros poemas (1947 - 1952)

 
 

TRES IMÁGENES

Para Luis Cardoza y Aragón

 

I
La noche del cuartel fría y señera
vigila a sus hijos prodigiosos.
La arena de los patios se arremolina
y desaparece en el fondo del cielo.
En su pieza el Capitán reza las oraciones
y olvida sus antiguas culpas,
mientras su perro orina
contra la tensa piel de los tambores.
En la sala de armas una golondrina vigila
insomne las aceitadas bayonetas.
Los viejos húsares resucitan para combatir
a la dorada langosta del día.
Una lluvia bienhechora refresca el rostro
del aterido centinela que hace su ronda.
El caracol de la guerra prosigue su arrullo interminable.

 
II
Esta pieza de hotel donde ha dormido un asesino,
esta familia de acróbatas con una nube azul en las pupilas,
este delicado aparato que fabrica gardenias,
esta oscura mariposa de torpe vuelo,
este rebaño de alces,
han viajado juntos mucho tiempo
y jamás han sido amigos.
Tal vez formen en el cortejo de un sueño inconfesable
o sirvan para conjurar sobre mí
la tersa paz que deslíe los muertos.
 
III
Una gran flauta de piedra
señala el lugar de los sacrificios.
Entre dos mares tranquilos
una vasta y tierna vegetación de dioses
protege tu voz imponderable
que rompe cristales,
invade los estadios abandonados
y siembra la playa de eucaliptos.
Del polvo que levantan tus ejércitos
nacerá un ebrio planeta coronado de ortigas.

 
 
 

De Los elementos del desastre (1953)

 
 
 

ORACIÓN DE MAQROLL


Tu as marché par les rues de chair
René Crevel, Babylone

No está aquí completa la oración de Maqroll el Gaviero.
Hemos reunido sólo algunas de sus partes más salientes,
cuyo uso cotidiano recomendamos a nuestros amigos como antídoto
eficaz contra la incredulidad y la dicha inmotivada.

Decía Maqroll el Gaviero:

¡Señor, persigue a los adoradores de la blanda serpiente!
Haz que todos conciban mi cuerpo como una fuente inagotable de tu infamia.
Señor, seca los pozos que hay en mitad del mar donde los peces
copulan sin lograr reproducirse.
Lava los patios de los cuarteles y vigila los negros pecados del
centinela. Engendra, Señor, en los caballos la ira de tus palabras
y el dolor de viejas mujeres sin piedad.
Desarticula las muñecas.
Ilumina el dormitorio del payaso, ¡Oh, Señor!
¿Por qué infundes esa impúdica sonrisa de placer a la esfinge de trapo que predica en las salas de espera?
¿Por qué quitaste a los ciegos su bastón con el cual rasgaban la densa felpa de deseo que los acosa y sorprende en las tinieblas?
¿Por qué impides a la selva entrar en los parques y devorar los caminos de arena transitados por los incestuosos, los rezagados amantes, en las tardes de fiesta?
Con tu barba de asirio y tus callosas manos, preside ¡Oh, fecundísimo! la bendición de las piscinas públicas y el subsecuente baño de los adolescentes sin pecado.
¡Oh Señor! recibe las preces de este avizor suplicante y concédele la gracia de morir envuelto en el polvo de las ciudades, recostado en las graderías de una casa infame e iluminado por todas las estrellas del firmamento.
Recuerda Señor que tu siervo ha observado pacientemente las leyes de la manada. No olvides su rostro.
Amén.

 
 

EL FESTÍN DE BALTASAR
 
En la sombra de las altas salas de casta piedra,
murmura aún la bestia del banquete su rezo interminable.
Un quieto polvo reunido por los años, apaga la música de los amargos cobres que anunciaron las últimas palabras.
Descansa su débil materia en el perfil de las bestias detenidas en el amplio gesto del león que se debate contra las duras lanzas del día, contra las aguas de la muerte.
Sus fauces dicen aún de la violenta grandeza del pasado,
cuando los mulos de dura carne coceaban indefensos en los patios interiores y los sirvientes salían
a contemplarlos en los intermedios obligados del festín.
En la vasta oquedad de los aposentos, un ruido seco y extendido
de madera con madera, de agua con hollín en los vertederos del
puerto,
despierta los ciegos insectos y ondea las telarañas
como banderas en la niebla de una emboscada matutina.
Son sus pasos que perduran, el ruido de sus armas,
el crujir de sus ágiles huesos de guerrero,
el parpadeo febril de sus ojos,
su tacto seguro sobre las cosas cotidianas,
ese moverse suyo sobre la tierra, como quien llega para dar una orden y parte de nuevo.
No le bastaron las violentas y espumosas torrenteras,
a donde iban a morir los peces contra las lisas piedras marcadas con su paso de cinco hermosos dedos de hábil cazador.
No bastaron a su desordenada condición de príncipe,
los bosques sombríos en donde las hojas metálicas de los árboles
murmuraban la plegaria de un otoño inminente.
Nada hubo para el sosiego de su ira
como zarza que arde en ronco duelo.
Ni los continuos viajes al reino de las reposadas soberanas
cuyo sexo regía un balanceo intermitente y solar de las caderas,
ni menos aún su peregrinación por las playas expósitas,
anchas como la hoja del banano
y visitadas por un mar en extremo frío.
—Ceniza diluida en los blancos manteles del alba—
Cuando el cansancio le cerró todos los caminos,
surgió la idea del banquete.
Las cosas sagradas acumularon su hastío
y prepararon el lecho de su último día.
Lo de los vasos no tenía importancia.
Otros antes que él los habían profanado
con intenciones aún más oscuras.
Ellos mismos, embrutecidos por la contemplación
de su Dios cauteloso y artero,
habían, en ocasiones, pecado con los vasos,
haciendo rodar por el suelo los pesados candelabros del templo
y rasgado los grises velos del altar.
Tampoco la bulliciosa presencia de las rameras
fue la causa de la ira. Su país era un país de mujeres.
Frías a menudo y descuidadas de su placer,
pero en ocasiones viciosas y crueles, ávidas e insaciables
como las rojizas arenas en viaje
que cubren ciudades y penetran largamente en el mar.
La ira vino por más escondidos caminos,
por fuentes aún más secretas
que manaban de la soledad de su mandato,
como la herida que libera sus duelos
o como se oxida el metal de las quillas.
La fecha señalada se acercaba por entre semanas de sopor y
fastidio.
Días y días de creciente quietud y de notorio silencio,
precedieron al pausado desfile de los elegidos.
Una gran tristeza se hizo en el reino.
El plazo se acercaba y la tranquilidad del monarca
se extendió como un oscuro manto de lluvia tibia y menuda
que golpea en el seco polvo de la espera.
¿Cómo decir de este tiempo durante el cual se prepararon tantos
hechos?
¿Cómo compararlo en su curso al parecer tan manso
y sin embargo cargado de tan arduas y terribles
especies?
Tal vez a un cable que veloz se desenrolla dividiendo el hastío.
O, mejor, al sueño de caballos indómitos
que detiene la noche en mitad de su furia.
Las sombras en las paredes, humo sin alma de las antorchas,
huyeron con la llegada de los invitados.
Unos acudían con un ave en el hombro y perfil de moneda.
Otros, untuosos y con razones de especiosa prudencia.
Muchos con la gris sencillez del guerrero
y algunos, los menos, observaban desconfiados
sabiendo con certeza lo que más tarde vendría,
pues llegaban de muy lejos y esto los hacía agudos y sabios.
Del rojizo brillo de las armas
que amontonaron en un rincón del recinto, partió la orden.
Los humildes, los oscuros servidores,
contemplaban la tierra vagamente,
como si buscaran en su pasado
la hora del sosiego o la parda raíz de su duelo.
Adentro, todos los hombres de pie, los soberbios invitados,
alzan el brazo y proclaman su presencia en altas voces.
Y así comenzó el monótono treno del festín.
Así se inició el pesado oleaje de palabras y gestos que marca el vino con la blanca señal de su paso,
con su corona de doble filo.
De lo demás, ya se sabe.
Es una antigua secuencia de trajinada memoria.
Después de las tres palabras, cuando la mano que las había
escrito
se disolvió en la sombra del techo de cedro,
el reino supo de su fin, de la consumación de su gloria.
La gestión del desorden se hizo a la madrugada,
el cuerpo rígido esperaba en imponente extensión, con los ojos fijos ya para siempre en la tranquila guarida
que buscara con tanto empeño.
Vidrios azules de la noche, astros en ruta.
Fija rueda sin dientes con la lisa huella del desastre. Viento destronado del alba
que pasa sin tocar las más altas copas de los árboles, sin barrer las terrazas del mercado, sin sombra siquiera.
La mansa tierra de su reino apaciguado, sostiene sus despojos,
en espera del funeral de olvido que se prepara en el fondo de sus
ojos,
como la llegada de una nube antigua
nacida en medio del mar que mece el sol del mediodía.

 
 
 

De Los trabajos perdidos (1965)

 
 
 

NOCTURNO
 
Esta noche ha vuelto la lluvia sobre los cafetales.
Sobre las hojas de plátano,
sobre las altas ramas de los cámbulos,
ha vuelto a llover esta noche un agua persistente y vastísima
que crece las acequias y comienza a henchir los ríos
que gimen con su nocturna carga de lodos vegetales.
La lluvia sobre el cinc de los tejados
canta su presencia y me aleja del sueño
hasta dejarme en un crecer de las aguas sin sosiego,
en la noche fresquísima que chorrea
por entre la bóveda de los cafetos
y escurre por el enfermo tronco de los balsos gigantes.
Ahora, de repente, en mitad de la noche
ha regresado la lluvia sobre los cafetales
y entre el vocerío vegetal de las aguas
me llega la intacta materia de otros días
salvada del ajeno trabajo de los años.

 
 

CIUDAD
 
Un llanto,
un llanto de mujer
interminable,
sosegado,
casi tranquilo.
En la noche, un llanto de mujer me ha despertado.
Primero un ruido de cerradura,
después unos pies que vacilan
y luego, de pronto, el llanto.
Suspiros intermitentes
como caídas de un agua interior,
densa,
imperiosa,
inagotable,
como esclusa que acumula y libera sus aguas
o como hélice secreta
que detiene y reanuda su trabajo
trasegando el blanco tiempo de la noche.
Toda la ciudad se ha ido llenando de este llanto,
hasta los solares donde se amontonan las basuras,
bajo las cúpulas de los hospitales,
sobre las terrazas del verano,
en las discretas celdas de la prostitución,
en los papeles que se deslizan por solitarias avenidas,
con el tibio vaho de ciertas cocinas militares,
en las medallas que reposan en joyeros de teca,
un llanto de mujer que ha llorado largamente
en el cuarto vecino,
por todos los que cavan su tumba en el sueño,
por los que vigilan la mina del tiempo,
por mí que lo escucho
sin conocer otra cosa
que su frágil rodar por la intemperie
persiguiendo las calladas arenas del alba.

 
 
 

De Reseña de los hospitales de ultramar (1973)

 
 
 

MOIROLOGHIA *
 
Un cardo amargo se demora para siempre en tu garganta
¡oh Detenido!
Pesado cada uno de tus asuntos
no perteneces ya a lo que tu interés y vigilia reclamaban.
Ahora inauguras la fresca cal de tus nuevas
vestiduras,
ahora estorbas, ¡Oh Detenido!
Voy a enumerartealgunas de las especies de tu nuevo reino
desde donde no oyes a los tuyos deglutir tu muerte y hacer memoria melosa de tus intemperancias.
Voy a decirte algunas de las cosas que cambiarán para ti,
¡oh yerto sin mirada!
Tus ojos te serán dos túneles de viento fétido, quieto,
fácil, incoloro.
Tu boca moverá pausadamente la mueca de su
desleimiento.
Tus brazos no conocerán más la tierra y reposarán
en cruz,
vanos instrumentos solícitos a la carie acre que los
invade.
¡Ay, desterrado! Aquí terminan todas tus sorpresas,
tus ruidosos asombros de idiota.
Tu voz se hará delcallado rastreo de muchas y
diminutas bestias de color pardo,
de suaves derrumbamientos de materia polvosa ya y
elevada en pequeños túmulos
que remedan tu estatura y que sostiene el aire
sigiloso y ácido de los sepulcros.
Tus firmes creencias, tus vastos planes
para establecer una complicada fe de categorías y
símbolos;
tu misericordia con otros, tu caridad en casa,
tu ansiedad por el prestigio de tu alma entre los
vivos,
tus luces de entendido,
en qué negro hueco golpean ahora,
cómo tropiezan vanamente con tu materia en
derrota.
De tus proezas de amante,
de tus secretos y nunca bien satisfechos deseos,
el torcido curso de tus apetitos,
qué decir, ¡ohsosegado!
De tu magro sexo encogido sólo mana ya la linfa
rosácea de tus glándulas,
las primeras visitadas por el signo de la
descomposición.
¡Ni una leve sombra quedará en la caja para
testimoniar tus concupiscencias!
“Un día seré grande…” solías decir en el alba
de tu ascenso por las jerarquías.
Ahora lo eres, ¡oh Venturoso! y en qué forma.
Te extiendes cada vez más
y desbordas el sitio que te fuera fijado
en un comienzo para tus transformaciones.
Grande eres en olor y palidez,
en desordenadas materias que se desparraman y te
prolongan.
Grande como nunca lo hubieras soñado,
grande hasta sólo quedar en tu lugar, como
testimonio de tu descanso,
el breve cúmulo terroso de tus cosas más minerales
y tercas.
Ahora, ¡oh tranquilo desheredado de las más gratas
especies!,
eres como una barca varada en la copa de un árbol, como la piel de una serpiente olvidada por su dueña
en apartadas regiones,
como joya que guarda la ramera bajo su colchón
astroso,
como ventana tapiada por la furia de las aves,
como música que clausura una feria de aldea,
como la incómoda sal en los dedos del oficiante,
como el ciego ojo de mármol que se enmohece y
cubre de inmundicia,
como la piedra que da tumbos para siempre en el
fondo de las aguas,
como trapos en una ventana a la salida de la ciudad, como el piso de una triste jaula de aves enfermas, como el ruido del agua en los lavatorios públicos, como el golpe a un caballo ciego,
como el éter fétido que se demora sobre los techos, como el lejano gemido del zorro
cuyas carnes desgarra una trampa escondida a la
orilla del estanque,
como tanto tallo quebrado por los amantes en las
tardes de verano,
como centinela sin órdenes ni armas,
como muerta medusa que muda su arco iris por la
opaca leche de los muertos,
como abandonado animal de caravana,
como huella de mendigos que se hunden al vadear
una charca que protege su refugio,
como todo eso ¡oh varado entre los sabios cirios!

¡Oh surto en las losas del ábside!

* Moirologhia es un lamento o treno que cantan las mujeres del Peloponeso alrededor delféretro o la tumba del difunto.

 
 
 

De Se hace un recuento de ciertas visiones memorables de Maqroll el Gaviero, de algunas de sus experiencias en varios de sus viajes y se catalogan algunos de sus objetos más familiares y antiguos (1973)

 
 
 

SOLEDAD
 

En mitad de la selva, en la más oscura noche de los grandes árboles, rodeado del húmedo silencio esparcido por las vastas hojas del banano silvestre, conoció el Gaviero el miedo de sus miserias más secretas, el pavor de un gran vacío que le acechaba tras sus años llenos de historias y de paisajes. Toda la noche permaneció el Gaviero en dolorosa vigilia, esperando, temiendo el derrumbe de su ser, su naufragio en las girantes aguas de la demencia. De estas amargas horas de insomnio le quedó al Gaviero una secreta herida de la que manaba en ocasiones la tenue linfa de un miedo secreto e innombrable. La algarabía de las cacatúas que cruzaban en bandadas la rosada extensión del alba, lo devolvió al mundo de sus semejantes y tornó a poner en sus manos las usuales herramientas del hombre. Ni el amor, ni la desdicha, ni la esperanza, ni la ira volvieron a ser los mismos para él después de su aterradora vigilia en la mojada y nocturna soledad de la selva.

 
 
 

De Los emisarios (1984)

 
 
 

CÁDIZ
 

Para María Paz y Manolo

Después de tanto tiempo, vastas edades,
siglos, migraciones allí sorprendidas
frente al vocerío de las aguas sin límite
y asentadas en su espera
hasta confundirse con el polvo calcáreo,
hasta no dejar otra huella que sus muertos
vestidos con abigarrados ornamentos
de origen incierto, escarabajos egipcios,
pomos con ungüentos fenicios,
armas de la Hélade, coronas etruscas,
después de tales cosas, la piedra
ha venido a ser una presencia
de albas porosidades, laberintos minúsculos,
ruinas de minuciosa pequeñez,
de brevedad sin término,
y así las paredes, los patios, las murallas,
los más secretos rincones, el aire mismo
en su labrada transparencia también
horadado por el tiempo, la luz y sus criaturas.
Y llego a este lugar y sé que desde siempre
ha sido el centro intocado del que manan
mis sueños, la absorta savia
de mis más secretos territorios,
reinos que recorro, solitario destejedor
de sus misterios, señor de la luz que los devora,
herencia sobre la cual los hombres
no tienen ni la más leve noticia,
ni la menor parcela de dominio.
Y en el patio donde jugaron mis abuelos,
con su pozo modesto y sus altos muros
labrados como madréporas sin edad,
en la casa de la calle de Capuchinos
me ha sido revelada de nuevo y para siempre
la oculta cifra de mi nombre,
el secreto de mi sangre, la voz de los míos.
Yo nombro ahora este puerto que el sol
y la sal edificaron para ganarle al tiempo
una extensa porción de sus comarcas
y digo Cádiz para poner en regla mi vigilia
para que nada ni nadie intente en vano
desheredarme una vez más de lo que sido
«el reino que estaba para mí».

 
 

NOTICIA DEL HADES
 
El calor me despertó en medio de la noche
y bajé a la quebrada en busca de la fresca brisa
que viene de los páramos. Sentado bajo un frondoso guadual
un hombre esperaba, oculto en la esbelta sombra de las matas.
Permaneció en silencio hasta cuando le pregunté
quién era y qué hacía allí. Se levantó para responderme
y desde la oscuridad vegetal que lo ocultaba llegó su voz
y sus palabras tenían la afelpada independencia,
el opaco acento de una región inconcebible.
“Vengo –me dijo– de las heladas parcelas de la muerte,
de los dominios donde el cisne surca las aguas serenas
y preside el silencio de los que allí han llegado
para esperar, en medio de las altas paredes de granito,
la inefable señal, la siempre esperada y siempre postergada
señal de su definitiva disolución en la nada bienhechora.
Ni la pulida superficie de las rocas, ni el helado espejo
de las aguas, guardan signo alguno de esa presencia innumerable.
Sólo la nielada estela del perpetuo navegar
del ave que vigila y recorre esas regiones, anuncia
cuáles son los poderes y quiénes los habitantes que pueblan
el ámbito sin designio ni evasión del que vengo a dar noticia.
Cada cual existe allí por obra de su propio y desolado
apartamiento. Sólo el cisne, en su tránsito sin pausa,
con breves giros de su albo cuello majestuoso,
nos reúne bajo el mismo gesto de un hierático despojo.
La brisa callada que baja a menudo de las cimas de granito
no basta para inquietar la superficie del lago. Nos llega
como una última llamada del mundo de los vivos,
de ese mundo en donde apuras, en distraído goce,
los dones que nosotros, allá, en nuestros parajes,
ya hemos olvidado. Observa cómo ninguna piedra es
muda en este tu mundo. Aquí te acogen voces, ecos y llamadas
todo te nombra, todo existe para tu protección y alivio.
Como presente no pedido y que no mereces vine a revelarte
lo que te espera. No saques apresuradas conclusiones,
nada de lo que puedas hacer se tendrá en cuenta
entre nosotros. La estancada y dura transparencia
de nuestro reino no es propicia a los recuerdos y esperanzas
que tejes y destejes en el tropel sin norte de tus días.
No creo que llegues a entender lo que he narrado.
Pertenece a una materia y a un tiempo que sólo los muertos
tenemos la lenta y gélida paciencia de habitar.
La huella del cisne sobre las aguas nos mantiene
a la espera de nada, apartados y ajenos, presos
en la neutra mirada del centinela de radiante blancura
en cuyos ojos se repite la teoría de los acantilados
que a trechos macula el óxido estéril de un liquen inmutable”.
Esto dijo y al extender la mano desde la tibia penumbra,
pareció iniciar un gesto ambiguo con el cual, al tiempo
que se despedía, me estaba indicando que, en alguna forma,
para mí indescifrable, yo me estaba iniciando en sus dominios.

 
 
 

De Diez Lieder (1984)

 
 
 

LIED MARINO
 
Vine a llamarte
a los acantilados.
Lancé tu nombre
y sólo el mar me respondió
desde la leche instantánea
y voraz de sus espumas.
Por el desorden recurrente
de las aguas cruza tu nombre
como un pez que se debate y huye
hacia la vasta lejanía.
Hacia un horizonte
de menta y sombra,
viaja tu nombre
rodando por el mar del vernao.
Con la noche que llega
regresan la soledad y su cortejo
de sueños funerales.

 
 
 

Álvaro Mutis (Bogotá, 25 de agosto de 1923). Poeta, novelista y periodista colombiano.

Cursa sus primeros estudios en Bruselas. Posteriormente se traslada a Bogotá y vive desde 1956 en México, donde alterna la escritura con trabajos en diversas empresas. Los recuerdos de su infancia en Bélgica marcan uno de los principales temas de su obra, el contraste entre Europa y América.

A principios de los 40 comienza a trabajar en la radio, donde dirige un programa dedicado a la literatura y ejerce como locutor de noticias. Inicia su carrera literaria, influenciado por los escritores surrealistas, publicando sus primeros poemas y críticas en la revista Vida y en los suplemento literarios de los diarios El Espectador yLa Razón. En 1947 publica su primer libro de poemas en colaboración con Carlos Patino, La Balanza.

Mutis se vincula con los jóvenes poetas que giran en torno a la revista Mito, fundada en 1955 y dirigida por Jorge Gaitán Durán, y continúa publicando libros de poemas como Los elementos del desastre (1953) - donde aparece por primera vez Maqroll el gaviero, el personaje que ya nunca ha abandonado a Mutis - o Memoria de los hospitales de ultramar (1959). Hacia 1960 comienza a operarse en él un viraje desde la poesía hacia la prosa. Publica el Diario de Lecumberri (1960) y Los trabajos perdidos (1961).

En 1973 publica su novela La mansión de Araucaíma y presenta en España su poesía Summa de Maqroll el gaviero. Al año siguiente obtiene el Premio Nacional de Letras de Colombia, que supone el primer reconocimiento importante a su obra. En años posteriores continúa compaginando la literatura y el periodismo, iniciando Bitácora del reaccionario, su columna semanal, y colaborando en revistas dirigidas por Octavio Paz. En televisión presenta el programa Encuentros, dedicado a entrevistas con escritores.

Sus siguientes libros son de poesía: Caravansary (1982), Los emisarios(1984), Crónica y alabanza del reino (1985), y Un homenaje y siete nocturnos(1987). En 1983 se le concede el Premio Nacional de Poesía de Colombia, y tres años después el Premio Médicis a la mejor novela extranjera en Francia por La nieve del almirante. La Universidad del Valle le nombra Doctor Honoris Causa en Letras en 1988, y posteriormente lo hace la Universidad de Antioquia. En estos años ven la luz sus novelas Ilona llega con la lluvia(1988), Un bel morir (1989), La última escala del Tramp Steamer (1990) - obra con la que recibió el Premio Javier Villa Urrutia -, Amirbar (1990) y Abdul Bashur, soñador de navíos (1991). Entre otros, recibe el Premio Roger Caillois, otorgado por la ciudad de Reims por el conjunto de su obra, la Orden de las Artes de Francia y el Águila Azteca de México.

Posteriormente publica obras como Tríptico de mar y tierra Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero, que recopila las distintas obras dedicadas a Maqroll. En 1997 recibe el premio Príncipe de Asturias de las Letras y gana la VI edición del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

En el año 2001 es galardonado con el Premio Cervantes por su aportación a la literatura en lengua española, y dos años después recibe la Legión de Honor en grado de oficial, la mayor distinción que otorga el gobierno francés.

 

 


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