CARLOS FAJARDO FAJARDO: DURO OFICIO DE VIVIR
UN DIÁLOGO A LO DIVINO Y A LO HUMANO
Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz
Si quieren saber del país que nos ha tocado, con sus quinientos años de soledad, del tiempo que nos devora, de la infancia y sus nostalgias reinventadas, de las ruinas generadas por las guerras primas y fratricidas, de cárceles, despojos y persecuciones, pero también de la esperanza y el amor, como última trinchera, preguntémosle al poeta Carlos Fajardo Fajardo, quien ha convocado en este poemario a un manojo de voces, que se entreveran con su propia voz, para reclamarle a Dios por sus espadas, tal vez como Damocles, en ese límite insondable entre su libertad y su condena.
Las palabras del poeta Fajardo Fajardo nos reflejan en una pantalla color sepia a Nazim Hikmet, encarcelado en Estambul, escribiendo sus poemas testimoniales en el cuero de su cinturón, a falta de papel; o nos hace encontrar en una calle de casas blancas, sin bufones, ni reinas, con Giovanni Quessep, para decirle, “poeta, algo nos falta”; y en otra calle, como si se tratara de una foto surrealista, con Alejandra Pizarnik, “vieja niña con su camisa en llamas”, y en algún recodo de un trópico perenne con Lêdo Ivo, para inventar el mar, con su palabra primigenia, antes de que regresen los murciélagos, a recordarnos que vamos ciegos, como ellos, chocando con las blancas paredes del desamor. Y así, sucesivamente, con otras voces, que nos marcaron la memoria a hierro candente: Cesare Pavese, Paul Éluard, Vladimir Holan, Ana Ajmátova, Paul Celan, navegante de un Sena sin retorno.
Creo que uno de los logros de este poemario es la constante invitación al diálogo: la mesa está servida para este ágape espiritual donde el pan y el vino, gracias a la alquimia poética, se transforman en versos punzantes, dolorosos, desesperanzados; algo así como denuncias proféticas frente a un mundo despedazado por guerras, catástrofes, migraciones, poderes desmedidos y deshumanizantes que han convertido al ser humano en un huérfano y solitario peregrino en exilio, oprobio y soledad. Poetas del Viejo y el Nuevo Continente enlazan sus palabras con las del poeta Carlos (soy un río y me llamo Carlos), para llevar esas aguas turbulentas al mar, que es el morir. Diálogo permanente frente a las cenizas de una tierra en agonía, diezmada por la avaricia y la misantropía de oscuros dirigentes.
Desde el título, uno piensa en otros memorables deicidas, como Nietzsche, como César Vallejo, equilibrista entre su fe cristiana ancestral y su marxismo militante. Y entonces uno siente el impulso de parafrasear la sentencia: Después de Auschwitz, ¿para qué poesía? y declarar, después de Auschwitz ¿para qué Dios con sus espadas flamígeras, como ausente, como indiferente al dolor de sus propias criaturas?
Duro oficio de vivir es un espejo de donde emerge la relectura seria, sobria, de algunos hermeneutas de nuestra precaria realidad, pero también, como si se tratara de un corifeo, lúcido y comprometido, donde se escucha la voz propia de Carlos Fajardo Fajardo, quien nos alerta del presente aciago y nos previene de un futuro, escaso de ilusión.
POEMA A NAZIM HIKMET
Hoy que llueve sobre Bogotá
leo tus poemas Nazim Hikmet, tus cartas desde las cuatro cárceles,
el recuerdo de los patios sonoros en Istambul,
el lento pero seguro avance de tu angina de pecho.
No me desilusiono ni lloro.
Tampoco soy un simple desesperanzado.
Sin embargo, Nazim, mi país es una cárcel mayor,
mayor que la de tu Ankara, más fría que la de Cankiri,
más insoportable que la de Bursa.
Todas tus cuatro cárceles reunidas son apenas recintos con jardín.
Como tú, turco naciente,
en el nombre de esta tierra tomo la palabra
y malas noticias me llegan con lluvia matutina,
malas noticias sobre un país cerrado donde nadie nos deja cantar.
Prisionero, exiliado eterno,
con quince heridas, según decías,
escribo en torno a estas paredes deseando ver una luz.
Escucha Hikmet este poema compuesto por varias manos
con despedazadas uñas de tanto escarbar.
También estamos incomunicados como lo estuviste en Ankara
donde te prohibían ver el cielo azul
y un árbol silvestre plantado en algún sitio.
También hablamos con nosotros mismos
en siniestras ciudades
y nos dan ganas de llorar sobre algún seno
llorar o insultar temblando en la lluvia.
Destrozados, solos con el vaivén de lentas horas,
vigilados desde los cuatro costados,
se abre nuestra ira como una gran verdad
y en las torres del aire
lanzamos gritos por oscuras ventanas.
Nazim Hikmet, llueve sobre Bogotá.
Yo releo tu poema a Taranta-babu
pero no puedo hacer un himno para beberme el sol,
no puedo estrechar mi pecho y darme alegría.
¿Cuándo cesará esta llama que a todos calcina?
A PESAR DE LA MUERTE
Escúchame Giovanni Quessep,
seguiré feliz a pesar de la muerte
que me acecha desde las araucarias,
seguiremos felices,
nadie nos quitará la gratitud de ver un nuevo día
tan mísero y sin jardín.
Aquí la alegría no alcanza para todos.
Estamos cansados.
Hemos habitado por años casas de gran oscuridad,
fornicado en sus estrechos espacios,
bebido en las noches íntimas,
no ha sido suficiente.
Algo nos falta.
Se ha podido gritar y callar,
crear momentos de silencio,
poblar la vida con palabras.
Pero no. Algo nos falta.
La muerte vigila desde las araucarias
y en sus largos dedos
enreda hilos de una madeja siniestra.
Alguien susurra:
Carlos, Carlos,
estos malos tiempos pasarán.
EL POETA NO OLVIDA
He contado las estrellas contigo, Yannis Ritsos
y he jugado con la luna.
He sido encadenado también en islas malditas,
oído las alas de mariposas en verano,
olfateado la fatalidad en una mujer desnuda.
Ahora recorro tus tierras calcinadas,
pequeñas cruces negras en la frente de los muertos
sin que nadie acompañe ese silencio en el crepúsculo.
Con tu historia de mitos
hoy vierto un poco de sal en la lentitud del día
para tomármelo a grandes sorbos sin ocultar el asco.
Porque el poeta no olvida.
Acurrucado en mi pequeña cámara
escribo por tantos poetas tomados en prisión,
veo salir tu sueño por los barrotes de Yaros
hacia planicies sin fin
donde coroneles incineran libros llenos de epitafios.
Yannis Ritsos,
todo adquiere un nuevo color cuando te leemos:
los presos y las niñas caminan bajo árboles de luz,
las mujeres se tornan tristes y hermosas.
Así te vemos poeta
entre estatuas que ríen o lloran sobre las ruinas.
OFICIO DE VIVIR
Tú ya no esperas nada,
sino esa palabra que brotará del fondo
Cesare Pavese
La soledad es nuestra marca,
Cesare Pavese.
Triste destino
para los que vivimos calcinados
ante el malecón de la muerte.
Son tantas tus promesas desechas,
angustias por un sueño imposible.
Hay aquí un diario íntimo
y poemas escritos frente al mar que no amas.
Hay también una mujer
mirando la iluminada silueta de su cuerpo,
tan enamorada de sí
que huye de tus rotas banderas.
Y está ese día de agosto
cuando oculto en el hotel
te marchas al fin con todos tus misterios.
Manías de soledad, dirías,
manías de un hambriento frente a provocativos bocados,
espíritu que duele como un huracán.
Trabajar cansa, lo sabemos.
Tú decidiste descansar en medio de la fragua
y nos has dejado soportando este duro oficio de vivir,
reclamando a gritos algún amoroso navío.
Basta de palabras. Ni un gesto.
No escribirás más.