12. Cindy Martínez. El plumaje del cóndor
Como parte de las acciones del Circuito literario ¨El Plumaje del cóndor¨, que adelanta la Red Departamental de Escritores de Cundinamarca y en apoyo a la difusión de las voces literarias de este territorio colombiano, la revista literaria La Raíz Invertida publica una autora o autor cundinamarqués, cada semana. Este circuito literario que recorre el departamento de Cundinamarca (Tierra del cóndor) desde abril hasta octubre de 2026, culminará en el mes de noviembre en el municipio de Cota con la instalación del Segundo Encuentro Departamental de Escritores. Continuamos esta muestra con una selección de poemas de Cindy Martínez, de Madrid Cundinamarca.
Cindy Catherine Martínez Martínez (Sogamoso, Boyacá, 1990) Reside en Madrid Cundinamarca. Realizó sus estudios en Gestión Cultural y Comunicativa y la Maestría en Escrituras Creativas en la Universidad Nacional de Colombia. Es autora del poemario “La niebla, el delirio” (2025) y coautora de “Pautas para la escritura académica” (2024). En 2014 participó en el Festival Internacional de Poesía de Medellín y 2010 fue Premio Nacional de Periodismo Orlando Sierra Hernández. Actualmente se desempeña como formadora en lectura, escritura y oralidad en colegios rurales de Colombia y como correctora de estilo en la Universidad de Cundinamarca.
La perra blanca
“Del seno izquierdo de la bruja emergió una perra blanca llamada Valiente”, te escuché decir mientras dormías ¿soñabas o tenías pesadillas? Quise despertarte, porque leí en tu rostro una señal de miedo, de angustia. En medio de las pocas arrugas que tenías en la frente, para tu edad, advertí un peligro o tal vez un delirio. No sabía si estabas nuevamente caminando durante días, cuando la Sabana de Bogotá no tenía calles, avenidas o asfalto, y la cruzabas descalzo o en la parte de atrás de la carreta de la que tiraban los caballos.
Lucero era el nombre para los caballos queridos ¿cuántos Luceros tuviste durante tu vida? Pensé mientras seguías en ese sueño en el que ahora estabas tocando la hierba, que se hacía grande y luego pequeña.
Me pregunto si de verdad conociste a esa perra, a la bruja y si fuiste tú quien le cortó el seno para liberar a ese animal. Como tu angustia se transformó en un quejido, te moví el brazo suavemente para sacarte de ese sueño que recordabas como tu vida, entonces despertaste y me contaste que tuviste un sueño, uno que fue muy vívido, en el que estabas peleando contra una bruja, en el que intentaste ayudar a unos niños, unos niños que se perdieron en el bosque, que fueron abandonados a su suerte, acechados por esa bruja, quien resbaló y se cortó el seno izquierdo y del que salió una perra llamada Valiente.
La esfinge
Mientras el telón se descorría suavemente, un vaho inundó el escenario y las cabezas de los espectadores. Entre el humo, se podía advertir la silueta de una esfinge. Algo tan bello como aterrador. Su aleteó lento y delicado hipnotizó al público, como si se tratara de un tiempo eterno. Cerré los ojos, bien es sabido que hay que resolver los enigmas que proyectan en los ojos de una esfinge y un ser humano puede perecer en el intento. Me concentré en la música, parecía un poema antiguo de oriente medio, un poema nocturno, de velos, bailes del vientre y de traiciones. No comprendía el idioma, pero sí podía sentir la arena y los sentimientos de los amantes. La esfinge siguió bailando, tenía un vestido largo, blanco, iridiscente, de mangas que largas y transparentes, giraba en un mismo punto, el espectáculo era una obra viva, ya estaba hechizada. De repente, la esfinge se elevó del suelo y salió volando del teatro, verifiqué que tuviera las gafas puestas, había presenciado algo imposible.
La obra de arte
Quisiste esculpir las patas y las alas,
las blancas crines ondeando por el lomo.
Quisiste que las yemas de tus dedos
pegajosa membrana que une a la tierra con el cielo.
Más el yeso, entre tus dedos, resbaló.
Una mueca impregnó la obra
Y no hubo rostro, no hubo forma,
Con el tiempo, una masa blanca se petrificó.
No fue tu cincel, ni tu habilidad para trazar
No fue la textura, ni la opacidad.
La mirada que apartaste de tu rostro
se coló por los hombros y resbaló hasta los codos,
se filtró por los nudillos, se impregnó en el yeso.
La ceniza que se alzó desde el subsuelo
Se hizo cuerpo de humo gris
y tomó la forma de jinete.
Algo de ese breve galope
Corrompió al aspirante a Pegaso.
A pesar de la mueca y las aspiraciones
La masa blanca conserva las alas,
El deseo del vuelo
Y la fatiga de haber cabalgado durante lechosos siglos
Sin un rostro verdadero,
Sin unas patas firmes,
Sin unas alas que rayen el firmamento,
Erguida en medio de la plaza.
Ceiba
De lo profundo del abismo,
Negra bastedad.
Como elásticos brazos,
Elásticos brazos y lenguas
Musgosa columna vertebral.
En la quietud, en el silencio
Tu mirada se tiene que afinar.
El tiempo que ha sido tu Demócrito
Aterrador e implacable,
También remoto brillo entre la hierba.
Inaccesible
La imposibilidad de nombrar el movimiento de los pájaros en el aire,
De traducir el perfume violáceo del océano
Dejó tu mano expuesta al frio del silencio.
Tus castillos adornados
Flotan en una tierra lejana, inaccesible
Grandes bibliotecas laberínticas
Terrazas rodeadas de montañas y volcanes
Existen para tus ojos.
Olvidaste las escaleras y las palabras,
Los puentes y las traducciones
Todo está puesto por ti y para ti.
Invaluable
No te quedes esperando por el rescate de ti misma.
No pongas en alguien
el terrible peso de la esperanza.
De tus pesadillas e inquietudes
Has una región en la que puedas cabalgar.
No permitas que, de tu juicio, otros tengan aval
Ni que lo vivido se distorsione
ante el rugido intenso de los que más gritan.
No ignores el filo y la sangre
Ni temas al devenir de tus decisiones
Todos pagan un precio
Que el tuyo sea invaluable.
Canción de ocaso
Cuando la hora del ocaso llegue
No temas al frío, al silencio o a las oscuras aguas
Recuerda el canto y la danza del fuego,
Los árboles de raíces profundas
La voz que proviene del centro de la tierra,
Ese grito, esa fuerza también habitan en ti;
Y todo lo salvaje que existe bajo el cielo y sobre él,
Cobijará tu corazón oscuro y luminoso
Para volverlo otra vez liviano
Y prepararlo para el retorno.
Alma mía que su canto evoca
Cuando temas, dudes u olvides,
La vieja canción en ti resonará;
fiel a tu naturaleza has sido
y tu senda encontrarás.