Donde la poesía tramita la vida
Donde la poesía tramita la vida:
Formas blandas de habitar el lenguaje en Algo blando en cada trámite
Por María Camila Bauer Múnera
Hay algo profundamente extraño y, sin embargo, íntimo en descubrir que la poesía puede habitar los mismos espacios donde se tramita la vida. Los formularios, turnos, lecturas de contador o reglamentos: todo aquello que parece diseñado para eliminar cualquier rastro de singularidad se convierte, en Algo blando en cada trámite de Juan Afanador, en una superficie sensible, como si el lenguaje, incluso en su forma más práctica y funcional, no pudiera evitar dejar pasar algo de lo humano.
La obra no propone una huida de lo burocrático, sino una inmersión. Se instala en la lógica del trámite (en su repetición, su lentitud y su aparente inutilidad) y desde allí comienza a desestabilizarla. El libro inicia desde la página legal [1]convertido en poema que nos construye la imagen de una sala de espera y un turno que no llega; y que funciona no solo como apertura, sino como declaración poética:
SALA DE ESPERA
un lugar para no estar
ahí
para tener la imaginación
en otra la siguiente
habitación
donde sí ocurre algo.
Al menos no está en blanco.
Se ubican plantas
revistas
unas pocas sillas.
El miedo al vacío
y un espacio de control
en el ingreso
donde el tiempo se alarga.
Una voz seca
pide papeleos previos
como este:
Nombre: Algo blando en cada trámite
ISBN: 978-958-53067-4-5
Año de nacimiento: 2023
Lo lee: _______________________________
Lo escriben: Juan Afanador Villarreal y lenguaje encontrado
Lo edita: Astrid Ávila Castro
Le dibuja los poemas visuales: María Rosario Villarreal Ruiz
Lo ilustra: Ana fino
Los diagraman: Julián Camilo Castro y Santiago Mojica
Le asesora el rostro: Pamela Loaiza Pérez
Le dan nacimiento: La jaula publicaciones
Lo imprime: Torre Bata Manufactura Gráfica
y asigna un turno
que se demora
en llegar
En ese pequeño retraso, en esa dilación mínima, ocurre algo fundamental: el tiempo deja de ser funcional y se vuelve experiencia. La espera ya no es un vacío que debe llenarse, sino un espacio donde el lenguaje comienza a expandirse y a desobedecer su propósito original.
Tal vez por eso la lectura no avanza: se queda. Se queda en los bordes de las frases, en los cortes, en los espacios en blanco, incluso en las ilustraciones. Hay algo en la estructura del poemario que obliga a una lectura no lineal, casi errante, como si cada poema fuera un punto de acceso a una misma red subterránea y no se tratase de seguir un hilo, sino de perderlo.
En ese perderse aparece uno de los recursos más potentes del libro: el uso del lenguaje encontrado. Afanador recoge frases del mundo que nos rodea como de la calle, de la administración, de lo doméstico, entre otros y las desplaza. Pero ese desplazamiento no es violento; es mínimo. Basta con cambiar el contexto para que la frase se vuelva otra cosa, para que suene de otra manera.
En “Lectura”, por ejemplo, el gesto más cotidiano de tocar la puerta para leer un contador de luz, se transforma en una escena que bordea lo ritual.

Hay algo profundamente íntimo en esa instrucción impersonal. La cortesía automatizada del “por favor” convive con una invasión mínima del “para abrirles”, y en esa tensión aparece una forma de proximidad que incomoda y, al mismo tiempo, conmueve. El poema no añade nada; solo revela.
Esa revelación se repite, con variaciones, en otros textos del libro. En “Sala de espera”, por ejemplo, el espacio se construye a partir de elementos mínimos como sillas, plantas y revistas, pero lo que realmente se instala es una atmósfera: el miedo al vacío, el control en el ingreso, la extensión del tiempo. No se describe una sala; se construye una experiencia de espera que cualquiera reconoce, pero que rara vez alguien se detiene a pensar.
Lo mismo ocurre en poemas como “Dos postes sujetados” o “Este lote”, donde la ciudad deja de ser un fondo y se convierte en un sistema de relaciones. Los postes no son solo objetos; son puntos de tensión, líneas que sostienen algo invisible. El lote no es solo un espacio vacío, es una promesa, una interrupción, incluso una posibilidad suspendida. La ciudad aparece entonces como un archivo: un conjunto de signos que pueden ser leídos de otra manera.
Esa lectura, sin embargo, no es inocente. Hay en el libro una conciencia clara de las estructuras que organizan la vida cotidiana: normas, códigos y reglamentos. Pero en lugar de confrontarlas directamente, el poemario las atraviesa y las habita desde dentro. En “En el código civil del alimento” y “Reglamento interno”, el lenguaje jurídico se expone en su propia lógica, pero algo en su ritmo y en su disposición, lo vuelve inestable.
Es ahí donde lo blando revela su verdadera dimensión: no como una oposición frontal a lo rígido, sino como una forma de insistencia que lo atraviesa y lo desgasta desde adentro. Lo blando no irrumpe ni quiebra, se filtra y no contradice, permanece.
En ese sentido, el libro puede leerse también como una reflexión sobre el lenguaje mismo. ¿Qué significa escribir poesía en un mundo saturado de discursos funcionales? ¿Cómo recuperar una dimensión sensible del lenguaje cuando este está diseñado para ser claro, eficiente y neutro? Afanador no responde a estas preguntas de manera teórica, pero su escritura las encarna.
Cada poema parece operar bajo una lógica de mínima intervención. No hay grandes imágenes ni metáforas desbordadas; hay, en cambio, una atención extrema a lo que ya está ahí. A lo que se dice todos los días, lo que se repite, lo que se olvida y en esa atención aparece algo que no estaba antes: una especie de temblor.
Ese temblor se intensifica cuando la lectura comienza a reconocer patrones, repeticiones y ecos. Un tono que se mantiene, una forma de cortar el verso y una manera de disponer el espacio en la página. Todo contribuye a construir una experiencia que no es acumulativa, sino envolvente. El libro no se entiende al final; se siente en el proceso.
Hay, además, una dimensión afectiva que atraviesa todo el poemario, aunque nunca se nombre de manera directa. No hay confesión, no hay relato íntimo en el sentido tradicional, y, sin embargo, hay una cercanía constante. Como si el lenguaje, incluso en su forma más impersonal, no pudiera evitar dejar rastros de quien lo usa.
Esa cercanía se percibe con especial claridad en los poemas que trabajan con instrucciones o reglamentos. Allí donde el lenguaje debería ser más frío, más distante, aparece una especie de calidez involuntaria. Un “por favor”, un gesto de apertura, una pausa. Pequeños indicios de humanidad en medio de la norma.
Tal vez por eso la lectura deja una sensación persistente: la de haber atravesado algo familiar pero extraño al mismo tiempo. Como sí lo cotidiano, al ser mirado de cerca, revelara una dimensión que siempre estuvo ahí, pero que no había sido nombrada.
Lo experimental, entonces, no aparece como un gesto de ruptura radical, sino como una forma de atención al entorno, una manera de mirar y leer distinto. De habitar el lenguaje de otra forma. Y en esa forma, lenta, fragmentaria e insistente hay también una invitación a detenerse, a escuchar y a leer incluso aquello que no parece digno de ser leído.
Porque si algo demuestra Algo blando en cada trámite es que la poesía no está en otro lugar. Está aquí en lo cotidiano, en el turno que no llega, en el timbre que se presiona, en la frase que se repite, incluso en el reglamento que se firma sin leer.
Y, sin embargo, basta un pequeño desplazamiento para que todo eso comience a vibrar.
Para que algo, incluso ahí, se ablande.
Referencia:
- Afanador, J. (2023). Algo blando en cada trámite. La Jaula Publicaciones.
Biografías:
Juan Afanador Villareal: (Bogotá, 1992) es poeta y antropólogo colombiano. Su obra se inscribe en la poesía contemporánea, explorando la relación entre lenguaje, cotidianidad y espacio urbano, con especial atención al uso del lenguaje encontrado y las estructuras de lo burocrático. Es autor del poemario Algo blando en cada trámite (2023) y actualmente es coordinador del Programa Escrituras de Bogotá en IDARTES.
María Camila Bauer Munera (Bogotá, 2000) es estudiante de Creación Literaria de la Universidad Central, co-creadora de la colectiva Manifiesto trifásico e integrante del semillero Puntos Cardinales. Ha participado en diferentes recitales de poesía y en espacios de la FilBo.
[1] La página legal es la página que muchos ignoran del libro donde todo queda fijado: nombres, fechas, números, permisos, etc. Un espacio de control que organiza la vida del texto antes de que este sea leído y, aun así, incluso ahí entre códigos, registros e identificaciones persiste una huella humana: una red de manos que hicieron posible el libro o, mejor dicho, es la página donde están los datos jurídicos y editoriales de la obra.