Paula Simonetti
Recientemente, la editorial El Pez Soluble de El Salvador publicó el libro En deuda de la poeta uruguaya Paula Simonetti. A continuación, compartimos una reseña de este interesante libro de prosa poética realizada por la escritora María Paz Guerrero junto con algunos de sus fragmentos:
“En deuda” de Paula Simonetti avanza con la fuerza de un mordedura. Los poemas son párrafos compactos de frases puntiagudas cargados de una tensión narrativa que va desplegando las fases del abandono del padre: “Y si tu voz áspera hubiera dicho que no […]. No me hubiera roto bajo el peso de un hermano”. Este poemario también es una carta, la voz de la hija que se dirige al padre ausente y lo perfila en cada gesto, lo increpa: “Sí. Te necesitaba”. La segunda persona es una constante, las palabras quedan a la espera de una respuesta. Este padre es todos los padres que han abandonado a sus hijas y todos los hombres que han abandonado a las mujeres y todas las formas del vacío que ha dejado el abandono en todos los seres humanos.
La voz de la hija despliega, con las palabras más afiladas, la construcción del vínculo, agarra con pinzas el hilo de la relación, ausculta lo que los une y los prolonga en el tiempo: la ausencia. Entonces construye la distancia que le permite instalarse en el lugar que ha sido arrasado por el desafecto y dice con precisión lo dañado: “Veo cómo me soltás, mucho antes de desear que me sostengas. Y esa imagen inaugura esta obediencia”. Cuando tiene la edad de desear el sostén encuentra el vacío, así queda atada a ese vacío, obediente. Esta hija se vincula con la nada, para ella el amor es carencia. Acá aparece la pregunta: ¿acaso es posible cortar el vínculo con el padre que se negó a dar cobijo?: “Ya sabemos: nada va a crecer entre nosotros, pero quién soy yo para cortar el lazo”.
Las formas del abandono son variadas: “No avisaste que me ibas a soltar” y sostenidas. El vacío adquiere una forma que opera a nivel corpóreo: “Nadie me toca. Pero me muevo”. Se trata de una presencia que es un hueco que, más adelante, será mancha. En este lugar invisible aparece un deseo: el de haber sido “tocada” para que otra cosa hubiera nacido. Todo lo que hubiera podido crecer en ese lugar.
La poética de la herida aparece como un lugar de intensidad. Dice, con frases cortas, latigazos, descarnada, todo lo que rompió el padre. Afirma el dolor con una violencia fructífera: “No es posible ser justa sin ser al mismo tiempo criminal”. Cantar el abandono es hacerse inmensa, cantar la ausencia es, entonces elevarse con la fuerza de la lengua criminal que corta y hiere: “Dijiste que pasarías a buscarme. Estoy acá, ¿me oís? Estoy acá”.
María Paz Guerrero
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Es cierto. Nunca te pedí que no me sueltes. Ni que fueras el vaivén. El viento lento que engrandece hasta el yuyo del jardín que descuidaste. Así fue, no fue maldad, solo descuido. Me soltaste. Creció de pronto una tierra desolada. Esa cosa que caía sin remedio, una filtración incontrolable, algo menor. Pero el daño igual que el agua se ensancha de manera imprevisible. Se aprende, ¿sabés?, a caer. El cuerpo se acomoda a esa presión. No avisaste que me ibas a soltar. Eso está ahí. Esa es mi voz que se repliega. Ese es mi pie que retrocede. Esa, mi cabeza que se agacha. Esa, mi piel, la que se enrolla. No sé cómo pero sé que estoy en deuda. Veo cómo me soltás, mucho antes de desear que me sostengas. Y esa imagen inaugura esta obediencia.
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¿Te acordás de aquella medallita? Flotaba en mi pecho contra todos los peligros. Me vería crecer. Me alentaría. Un dios secreto que colgaba en mi centro y suturaba mis heridas. Casi una compensación. Era mi responsabilidad. Me entretenía cuando te esperaba. De un lado a otro de mi boca. Un pedazo de metal era mi espera. ¿Y cuando la perdí? ¿Te acordás que en el medio de mi pecho no había nada? ¿Un hueco? ¿Supiste que detrás del hueco había crecido una mujer sin que la vieras?
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No pude amar sin quitarme las manos de la cara, por si acaso. Era una cara distinta, un poco ajada, que recordaba la tierra y nunca el mar. Nació después de ese verano. Tenías la tarea de cuidar, es decir, de interrumpir una cadena de pequeñas distracciones que pudiera matar esa inocencia. No hiciste bien ni hiciste mal. Fue así, como un animal que no especula. Al verano no lo rige la moral. Un poco de aire nos ganamos después de sumergirnos tan profundo. Mirá, ahí está el sol, no te distraigas. Ese invierno me entretuve sacando uno a uno los pellejos. Los puse encima de la mesa, me divertía apilarlos, me esforzaba. Iba mejorando, cada vez uno más grande. Como vos, no busqué nada. Sin darme cuenta me quité la cara.
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De esa habitación solo retengo el asunto de las dimensiones. Mi hermano entraba todo en aquel baño. Pensé trancar la puerta y dejarlo solo hasta que pidiera perdón. Pero no teníamos tanta confianza. Vos cabías por entero en la camilla. Estabas blanco, prolijo, recortado. Me espantó dimensionar tu pequeñez. Te miré desde arriba, como nunca te había visto. Esa perspectiva te dejaba inofensivo y dócil. Observé la distancia que nos separaba. Por primera vez eras un hombre, como cualquiera.
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Yo te miro desde el vidrio y ensayo un gesto de bondad. Sé que hubo una herida. De mirarla tanto me volví mujer. Mi tarea de siempre fue ignorarla. Es preciso cruzar este desierto de tu mano. Ya sabemos: nada va a crecer entre nosotros, pero quién soy yo para cortar el lazo
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Sos ese submarino del que apenas hay noticias. Vas a demorarte como una mancha de óxido o de sangre. Esas manchas que vuelven a las playas para espanto de los veraneantes. Las madres auxilian a sus niñas vírgenes. Les quitan la sal que no las hiere. No puede arder. Lo que duele es una suma, una acumulación, casi un reflejo. No hay un punto cero del dolor. Un día el mar se va a imponer sobre esas manchas. Las va a engullir. No te das cuenta, pero así se impone la belleza sobre el mundo. A fuerza de insistir. Solo hay calma y silencio en el ahogo. Y yo voy a gritar porque estoy viva.
Paula Simonetti. Nació y se formó en Montevideo y Paysandú, Uruguay. Es licenciada en Letras (UdelaR), especialista en Gestión Cultural (UdelaR), Doctora en Sociología (IDAESUNSAM-CONICET). Es poeta, investigadora y docente, integra organizaciones sociales y comunitarias, da clases en universidades, coordina talleres de escritura en Uruguay y Argentina. Publicó el poemario En la boca de los tristes (Lo que vendrá, 2013), El conocimiento y la ignorancia (Ed. La Coqueta, 2018), que tuvieron reediciones en Brasil (Istoé, 2023) y Argentina (elandamio, 2020), Provocaciones para desarmar la escritura (2023), En deuda (El Pez Soluble, 2026). Obtuvo en el 2012 el Primer Premio de Poesía Joven Pablo Neruda; en el 2017 el Tercer premio nacional de poesía en la categoría Poesía Inédita de los Premios Anuales de Literatura del MEC (Uruguay) por su libro El conocimiento y la ignorancia. En el 2019 obtuvo la primera mención en el concurso Juan Carlos Onetti por su libro Pertenencia (inédito).
María Paz Guerrero (Bogotá, 1982). Literata de la Universidad de los Andes, Máster en Literatura Comparada de la Universidad de la Sorbona Nueva, París y doctora en Teoría de la Literatura en la Universidad de Zaragoza. Entre sus obras se encuentran: Dios también es una perra (Editorial Cajón de Sastre, 2018), Los analfabetas (La jaula de las publicaciones, 2020), Lengua rosa afuera, gata ciega (Himpar Editores, 2021).