Revista Latinoamericana de Poesía

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El incendio del que venimos



El incendio del que venimos

Sobre Gramática de los cielos de Jorge Valbuena

 

Por Samuel D. Martínez

 

Las palabras se queman hasta sus cimientos y las cenizas dispersas forman una sola pregunta: ¿existe algo entre el cielo y la tierra? No es casual que haya dudas sobre ese punto exacto que es difícil no solo de imaginar, sino de experimentar. Ese algo tal vez sea un lenguaje que agarre con fuerza al cielo pero que no desprenda los pies de la tierra. Se puede entender como una cuestión de equilibrio. Pero parece más práctico dejarse llevar por el fuego y hacer que a los restos se los lleve el viento. En esos casos, se ve cómo un texto sube tan lejos por las llamaradas y el humo que al final no dice nada.

Gramática de los cielos, de Jorge Valbuena, es el acto de recoger las cenizas, juntarlas. Son suaves al tacto y no sobran ninguno de los verbos que contienen. Son directas, incitan a quien las junta, al lector, a una cercanía y así consigue mantener ese punto medio en el lenguaje. No hay miedo de quemarse, el incendio ya pasó. Se colocan en el lugar preciso para estar y no estar al mismo tiempo, de la misma manera en que se observa a las hojas arrastrarse por el piso. La mirada va hacia ese algo, lo que se eleva y no deja de estar en el suelo:

 

“Mi abuelo veía barcos donde yo veía orugas. “Una nube puede ser muchas cosas –me decía– quizá mi barco sea tu oruga, si de repente a la nube le crecen alas el mío ya entonces será un avión y el tuyo una mariposa” Coleccioné así mis primeras lecturas siendo niño”.

 

El incendio es una excusa dentro de la poesía. Implica una violencia, una pérdida repentina de lo corporal, de lo físico, para alcanzar algo que se supone es superior y que por ello se encuentra en lo alto: algo que no se podría describir con palabras comunes. Estos casos de incendios controlados son el resultado de una búsqueda forzada en aquello que sólo los pájaros parecen tocar y si para alcanzarlos se tiene que carbonizar la imagen y dejar que sus restos se deshagan con las corrientes, pues que así sea.

Esa violencia provoca un desprendimiento. Se arranca la posibilidad de la cercanía con la realidad: nadie quiere estar cerca de las llamas, nadie quiere combatir el fuego con fuego. Impide que las palabras se sientan más íntimas y aterrizadas. Es un pretexto para quedarse en el cielo, en las nubes, y perder de vista lo que queda debajo, olvidarse de que alguna vez existió. Es tan práctico que se ha convertido en un cliché, y Valbuena es consciente del daño que algo así provoca, incluso se burla de ese lugar común:

 

“La poesía es una dimensión que nos desconecta 

de los asuntos importantes de la vida 

Que nos distrae y hace que vivamos en otro sitio

                                             /lejano a la realidad

que un tal Platón desterró a un montón

    /de los nuestros por andar creyéndose pájaros

que solo es una disculpa para no hacer lo que 

                                                     /debemos hacer”.

 

Pero los poemas de Valbuena no se quedan en esa dimensión desconectada, hacen lo que deben hacer porque responden a la necesidad de estar y no estar al mismo tiempo, sus imágenes van de un lugar a otro, de una persona a otra, sin la necesidad de moverse. Como esas cenizas son delicadas, no molestan ni calcinan cuando llegan. Encuentra lo poético en lo que desapareció dejando apenas una mancha temporal en el cielo, en lo que se olvidó cuando las llamas dejaron de interrumpir el paso de las nubes. Ese algo puede ser el contacto de la ceniza con lo olvidado, con eso que no parece superior en un principio pero que resuenan por doquiera, como ese jardín construido más por voces y cantos que por plantas, el jardín de la abuela:

 

“Supe tarde

ya cuando era un colibrí

que era un jardín 

lo que ibas entregando a mi canto

(...)

El jardín se había hecho todo

inmenso, en silencio y lejos

ya cabía hasta en los bolsillos

(...)

me fueron creciendo unas alas 

parecidas a tu voz, abuela

con las cuales puedo sobrevolar

                                         y sobrevivir”.

 

Existe dentro del poemario una multiplicidad, el impulso de arrastrarse como las hojas en todas partes. No es algo gratuito, es la demostración de la necesidad de estar presente, no dejar que la gente se esfume en el paso constante de la realidad. Estas personas, sus vidas se mueven con un ritmo fantasmal, responden a ese algo. Muestra que los cuerpos parecen deshacerse, con quemaduras de tercer grado, pero recubiertas por una capa de lenguaje: las palabras se hacen igual de ligeras en comparación. 

Lo poético aparece de repente en las casas de gente desconocida, se entra en ellas y conoce por unos instantes a aquellos que están todavía ahí. Hay un acto constante de escucha hacia el otro, sus preocupaciones, sus deseos de permanecer en la tierra porque la cercanía se les ha negado:

 

“Ercilia escucha noticias

para no sentirse sola

(...)

inventa

una ciudad de voces que le aleje

tantos recuerdos hacinados

Presiente el mundo

entre nadies

vociferan que aquí y allá

pasa el tiempo importado”.

 

Es un desafío encontrar todas las cenizas que se esparcieron por el incendio, implica retroceder hacia un pasado sin dejar de estar en el presente. Se refuerza todo el tiempo el lenguaje en su punto de equilibrio. Así es que regresan nombres como fantasmas a los que pareciera normal tenerles miedo o dejarlos encerrados en casas olvidadas:

 

“Todas las casas tienen frío

 

Sin sus fantasmas haría más frío en los tejados

las alacenas

los focos de las sábanas

    y acaso en las hogueras que dejan los espejos

         morirían de frío las edades

(...)

pero son fantasmas los que habitan en ellas

       como hacinados en las voces de sus tardes

                 se pasean por las cuencas vacías 

             del amor desenterrado

            tejen un misterio cautivo

     que protege a las casas 

     de los mismos soñadores”.

 

Gramática de los cielos demuestra tener entonces un propósito con este montón de cenizas, uno que solo empieza a existir cuando se va el vicio de la poesía de provocar incendios. Valbuena no demuestra estar lejos del suelo, ni creerse un pájaro. Hace lo único que pocos se atreven a hacer, para estar más cerca que nunca de quien lo lee, de quien permite que cada verbo escrito en la humareda atraviese sin violencia los extremos del cuerpo: se puede conocer de cerca lo que parecía haberse ido, inalcanzable.

 

“y al cielo acudimos 

              para ver

algún trozo de memoria”.




Jorge Valbuena: (Facatativá, Cundinamarca, 1985) Escritor, profesor, promotor de lectura y gestor cultural. Magister en Estudios de la cultura con mención en Literatura Hispanoamericana en la Universidad Andina Simón Bolívar; Especialista en Creación Narrativa en la Universidad Central; Licenciado en Humanidades y Lengua Castellana en la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Ganador del Premio Departamental de Poesía de Cundinamarca (2008); Concurso Bonaventuriano de Poesía (2010); Concurso Nacional de Poesía “Palabra de la Memoria” (2011); Premio Distrital de Cuento Ciudad de Bogotá (2014) y del Concurso Nacional “La poesía, pintura que habla” de la Casa de Poesía Silva (2017). Autor de libros como La danza del caído (2012), Pasajera de agua (2014), Árbol de navío (2016), Gramática de los cielos (2020), Cambio de agujas (2022), Canción en llamas (2024).


Samuel D. Martínez: (Bogotá, D. C., 2005) Estudiante del pregrado en Creación literaria de la Universidad Central.

 

 



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