Revista Latinoamericana de Poesía

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"Temporada de Moluscos"



"Temporada de Moluscos" de Sara Fernández y Alejo Morales

 

Por Jaime Tzompantzi

 

 ¿De qué se trata escribir? Quizá se trata de una forma de preparar los caracoles que encuentras en lo que queda del jardín después del desastre tras un día de tormenta en el año más lluvioso de la Ciudad de México desde 1968.

Podría ser una forma de rescatar un pulpo que yace congelado, triste y plastificado en el fondo de un congelador en el supermercado de tu subconsciente.

O quizá es como preparar un arroz con almejas en las playas de Varadero, en Cuba, la playa favorita de Alejo Morales, después de que Godzilla decidiera comerse tu trabajo y tu universidad.

O, en todo caso, escribir es como nadar en el abismo: la cabeza y el rostro se convierten en una flecha viscosa que apunta hacia la penumbra, mientras se palpa el ambiente con tentación, a la espera de que emerja el cachalote... Sin saber si surgirá una dinámica binaria de depredador y presa entre nuestro ser calamarino y esa otredad de dientes gigantescos; o si en cambio, un tercer factor misterioso—de garras metálicas— descenderá desde las alturas para tomar como botín los pensamientos más tiernos y lujuriosos de ambos.

Pero un momento… en todas estas imágenes delirantes que buscan evocar el proceso de escribir como una confrontación con la propia oscuridad y la locura, hay algo que falta... Sí… eso es lo que falta… se llama… amigos.

Escribir es un acto que canónicamente hacemos solos. Esto según las reglas del cronista oficial de la realidad. Pero incluso cuando lo hacemos encerrados en una habitación como Emily Dickinson, o en una celda como la chica lesbiana cuyas cartas en papel de baño encuentra Natalie Portman en V for Vendetta, en realidad nunca estamos del todo solos al escribir.

Pareciera que escribimos a dos manos, con una sola mirada y una columna vertebral que se endereza y encorva al ritmo de la página. Pero la verdad es otra: escribimos con cuatro, con ocho, con un cardumen de voces y tentáculos que han dejado su baba y sus mordiscos en nuestro lenguaje, y cuya influencia se activa, inevitablemente, aún en la más estricta soledad.

Escribir es una conversación. Es habitar un espacio público que es la lengua: jamás es un área privatizada aunque existan arquitecturas que quieran hacérnoslo creer. Es un territorio lleno de bacterias, virus, levaduras, ácaros, protozoarios, piel muerta o super viva, etcétera; esa es la realidad de los espacios comunes que usamos como las palabras: están perpetuamente intricados en la lógica de la coexistencia, la mutación y la influencia mutua.

¿Tiene algo de fantasmal esta microbiota colectiva? ¿Poseen una consistencia como de materia blanda, o espuma traslucida el pensamiento y la intuición? ¿De qué sirve tanta cercanía invisible con el lenguaje de otros, tanto contacto infinito y permanente por todos lados, si no podemos, de vez en cuando… palparlo?

Afortunadamente, existen las travesuras y los derrames. Y a veces, el intercambio de fluidos es deliberado.

Escribir junto con otra persona es una de las prácticas más vitales que han cambiado mi manera de entender la literatura. De concebir a ésta como una institución sagrada que te pone a prueba en tu disciplinamiento y autocontrol, a convertirse en un juego de palomitas quemadas, robo de carne y bombones, y sangre escurriendo sobre el teclado, compartido entre tres.

He escrito varias cosas en colaboración. Isla de encantos fue un experimento en el que tres amigues —o novies—, Marina Camargo, Xristo Delmar y yo, nos encerramos doce horas en mi casa como si afuera azotara una plaga de peste negra o dorada. El método consistía en que uno escribía mientras los otros dos cantaban lo que se les ocurriera… y así, nos íbamos rolando, hasta concluir el libro con frases sacada al azar de libros de Andrés Caicedo y Allen Ginsberg.

En otra ocasión, yo y mi difunta amiga Sofía Ochola estábamos tristes. Ella acababa de mudarse a un tapanco, y yo aún no encontraba a dónde arrimarme. Desde la altura de su tabla suspendida, y yo abajo en el tapanco inferior, nos pasábamos la laptop como si fuera un porro mientras un poema llamado Tabiques de sangre sobre la frustración de estar atrapados en laberintos de cemento y emociones se iba deshilachando. Pensábamos en ese momento que el poema no había sido bueno, pero ahora pienso diferente.

¿Cuál fue el proceso de Sara Fernández y Alejo Morales para escribir su libro Temporada de Moluscos? Durante 4 años ellos se dedicaron a compartir sus tentáculos. “Mi deseo es un demonio triste que no tiene pulmones para tragar mi oscuridad” dice uno de los poemas que presiento fue escrito a 4 manos y que me habla de simbiosis entre moluscos interiores que nos revuelven las emociones y a la vez nos devuelven la gracia de poder decir la verdad jugando.

“Todo poema de amor es una barbarie”, comentan Sara y Alejo, más enamorados que nunca del continuo que conforman los cuerpos con las nubes, y que bien podrían ser las ostras de un trueno-perla que lloverá sus amigues y excitara nuestro deseo de indagar y sorprendernos. De ser violentos con lo que no queremos para nadie como el pulpo que arroja su tinta y escapa de la jaula.

Temporada de moluscos es un cuerpo dúctil, como el sistema digestivo de un caracol que deshecha su propia mierda en su cabeza para enfrentarse a ello con una máscara ritual incómoda pero potente. El padre, el falo rompedor, la ley de las clases y los estados nación. La imaginación como parte de las verrugas del cuerpo que nos hacen únicos y similares. La tintura de la tristeza que escurre entre veinte pares de dedos que se sostienen cariñosamente por años y deletrean telepáticamente versos que exprimen perlas de baba y expulsan de la tráquea al mineral más duro contenido por la respiración.

Trauma y colonización son esas maquinarias caras que las babosas eyectadas por la poesía cruzan una y otra vez, repetitivamente, por años, en círculos, óvalos, burbujas, rehiletes, helicoides... hasta que su suave cuerpo logra hacerle raspones a esa herencia maldita, o bien… pulverizarlas. Devolverlas a la tierra junto con los descomponedores.

Por eso necesitamos amigos, no podemos hacerlo solos. Y al mismo tiempo, debemos hacerlo solos. Por eso escribimos en colectivo, porque tarde o temprano quedamos lógicamente solos, físicamente aislados, pacíficamente en nuestros espacios de retiro. Pero la experiencia me dice, que siempre se escribe y se sueña mejor, después de haber entrelazado nuestras vísceras con quienes amamos. Luego de intercambiar la droga y la leche en llamas de nuestros lenguajes, que nos crece a cada uno en nuestros páncreas y arrecifes de moluscos y consciencia.

“Porque al igual que los delfines/ que lanzan su sonido a través del agua/ proyectarás tu ira/ a través del lenguaje”

“Tú eres el poema de la fiesta / el que no lograba escribir”

“Me brillan las manos de quererte”

Temporada de moluscos significa tomarnos muy en serio el juego de mancharnos unos a otros con la tintura de nuestro corazón, para así salir transformados de cada nueva aventura que es la amistad desmedida.

 

 

esto no es un simulacro

 

/para la filóloga

que mira el idioma extraído de mis molares/

 

la postura de mi cuerpo

al abrirse en una discoteca

significa

arma

 

un arma no cargada

precisamente

de futuro

 

un arma capaz de desplegar

su arsenal

de 32 bayas rojas

sobre una superficie

semirosa

semisólida

semitubular

 

alguna vez dijiste

que mi cara

tenía bordes

más definidos

y brillantes

que cualquier estanque

importado

de la india

 

alguna vez

dibujaste una línea métrica de rimbaud

en la parte inferior de mi rostro

y la llamaste labio

reímos

como si no nos quedaran

dientes en la boca

con 32 pedazos de ponqué

bañados en una explosión

de bayas rojas

pa’ alimentar

mi lado ying

 

y tarareamos

alguna de fruko

pa’ no sentirnos tan solos

en la pista de baile

pa’ no ver la deformidad

de una lengua

del color de mis pantalones

pidiendo permiso

pa’ ingresar a la tuya

 

tengo apenas dos manos

veinte dedos solo

para apretar

la dimensión húmeda

en que duerme

una garganta rota

 

tengo 14 huesos rojos

abriéndose como cáscaras

de manzana dulce

desafinando

con la cuarta fase

de tu respiración tao

amo cada vértebra que no puedo nombrar de ti

y tu cabello como sexto elemento de la naturaleza

durmiendo en la plasticidad nula

de mi aparato óseo

de mi musculatura de lémur

de cobaya de elefante azul

 

de programa de televisión

 

amo las líneas suaves que forman nuestras caderas

en la pantalla de un celular

y como de tus encías crecen cables transatlánticos

pintados con jugo de baya roja

cuando me besas

y aliviamos por 30 segundos

el dolor

de ser un lugar

descampado

y sin música

 

el dolor de intentar

imaginar

un cuerpo

junto a otro

y no solo yo

una lengua sin hablantes

con su dentadura intacta

y su cara bien definida

de programa de televisión

 

y no solo yo

emitiendo señas

a una pantalla

intentando ser dulce

ante un cuadro vacío

y sin más diálogo

que el de mis dos manos

dándole significado

a un emoji de corazón negro

junto a un:

 

me encanta la música que escuchas

 

bailamos?

 

 

 

Sara Fernández (Bogotá, 1994) ha ejercido oficios varios. Estudió cine en la Universidad Nacional, donde compartió clase de 7 am con las vacas. Codirigió tres cortos sobre niños y adolescentes melancólicos en la década pasada. Ha trabajado como sonidista y compositora sonora en varias películas. Hace ruidos y sonidos con amigas y desconocidas, y se ha presentado en ciudades cercanas y lejanas con sus aparatos. Hace parte de Nuube, plataforma de mujeres en la música experimental en México. Ha publicado dos poemarios: Ya no siento rencor aunque ahora tenga más razones (Tristes Trópicos, 2018), en coautoría con Natalia Martínez, y Corte invisible (Lectores Secretos, 2022). Poemas suyos aparecen en antologías y revistas digitales. En sus ratos libres dibuja moluscos y pinta cerámica. A los 9 años le enseñó a su hermano a leer. Al día de hoy, es maestra de primaria. Le gusta cocinar y caminar.

 

Alejo Morales​​ (Bogotá, 1993)​​ Poeta de colorimetría veraniega e historiador de moluscos. Su discreto hit ​​Labios que están por abrirse ​​ (Bogotá, 2021), fue provocado por ganar el Concurso Universitario Nacional de Poesía de la Universidad Externado de Colombia con el poemario ​​Abandonados en la puerta de la historia​​. También se ganó en 2021 el Premio Distrital de Poesía Ciudad de Bogotá con​​ Voces del Bajo Cauca, publicado por Abisinia Editorial en 2022, y el Premio Nacional Casa de Poesía Silva en 2025. Ese mismo año publicó junto a Sara Fernández y Nuestra Casa en Llamas Temporada de Moluscos. Sus poemas han aparecido en diferentes antologías, bodas, testamentos, carnicerías, así como en publicaciones impresas y digitales. Además, es traductor de poetas norteamericanos en @lengua_dos y miembro de la ofensiva sensible @amorffada. Actualmente es codirector del Festival de Poesía de Bogotá “Las cosas son iguales a las cosas”, investiga la electricidad de las hadas en parques nacionales y elabora un dossier de poesía joven colombiana titulado La poesía te quiere vivo para la revista Círculo de Poesía.

 

 

Jaime Tzompantzi (México, CDMX, 1994)​​ además de poeta es​​ editor y artista visual. Publicó los libros​​ Fantasmophilia​​ (2018),​​ Isla de Encantos​​ (2019) y​​ Semblanza​​ (2022) en Súper Ediciones Prisma, proyecto editorial multidisciplinario del cual fue coeditor y diseñador de acontecimientos hasta 2023.​​ También es autor de​​ Milagro 401​​ (Nuevos Clásicos),​​ Tres Poemas​​ (Niño Down Editorial, 2021),​​ Mora​​ (Red de Apoyo Diverso, 2024)​​ Libro de Historia de los Animales​​ (Juan Malasuerte, 2024), y su más reciente​​ Geología daimónica​​ (Awita de chale, 2025).

 



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