Revista Latinoamericana de Poesía

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CUERPOS SOBRE CAMPOS DE TRIGO O LA ESTIRPE DE VAN GOGH



CUERPOS SOBRE CAMPOS DE TRIGO O LA ESTIRPE DE VAN GOGH

(PREMIO NACIONAL DE POESÍA EDUARDO COTE LAMUS 2014)

 

 

Por Miyer Pineda

 

 

La obra del poeta Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz constituye la evidencia de una cartografía existencial. Sus poemas obligan a que el lector establezca un diálogo con referentes culturales prodigiosos. Su escritura es línea de tiempo en la que el humanismo, a la vera, guarda silencio. Esa contradicción, esa conversación silenciosa, es el nicho en el que lo humano se oculta, se protege, descansa. El poeta lo sabe. Kafka, Blake, Cervantes, Borges, Dostoievski, Chaplin, Kurosawa, José Alfredo o Vincent van Gogh, sea cual sea el reino elegido, termina siendo parte de una visión de mundo que hunde su origen en esa furia antigua con la que algunos seres, manifestaron a través de obras excepcionales, una poderosa crítica. Todos ellos comprendieron que el tiempo que les tocó en suerte, fue demoledor con las nociones de bondad, virtud y futuro. Por ello es genial leer a este poeta y comprender que ha consolidado su poética entre el sur y el pasado, o entre Kafka y van Gogh; es como si su propósito, desde el comienzo, hubiera sido dar cuenta de los escombros de la belleza aún latiendo entre los restos de un mundo ya orgulloso de su infamia.

Por estas razones, no nos sorprendió que obtuviera en el 2014, los premios de la UIS y el Eduardo Cote Lamus, ¡y tan solo con algunos minutos de diferencia! De hecho, lo que nos sorprendió, a decir verdad, fue que se le ninguneara el premio del Ministerio de Cultura (o bueno, no mucho en realidad, a estas alturas, ya sabemos cómo funciona el mecanismo en estos casos, cuando filtros y jurados, tienen frente a ellos, obras potentes que pondrían en entredicho, la exaltación del marketing y el autobombo de los poetas oficiales del reino). Sin embargo, y por las dudas, busquen y lean los libros del poeta; lo peor que puede pasar es que el lector se reencuentre con esa idea antigua de pensar la poesía como ungüento para la saudade; él mismo lo dice en uno de sus versos: “los poetas no saben hablar de los hombres felices”.

La conversación del poeta con Vincent van Gogh, ya había comenzado antes en los laberintos de La casa amarilla (2011). Allí la carga poética descifra la sabiduría fraterna que sintetiza un mundo que detesta la sensibilidad, la compasión y la belleza. Tiempos que hacen de la crueldad el único ritual posible de comunión entre los hombres. Sin embargo, el poeta continúa el diálogo, “A veces, en el más crudo invierno/ brota un girasol sobre la nieve”, “Quien pinta un caballo puede pintar el universo”.

Ahora, luz y noche retornan por un viejo camino hasta desembocar en el libro Cuerpos sobre campos de trigo (2014), obra premiada con el Eduardo Cote Lamus ese mismo año. Entre cuervos y trigales, los cuerpos velados por una simbólica que ha sido abordada por Luis Caballero y Álvaro Mutis, o por Débora Arango y Jesús Abad Colorado, o por José Eustasio Rivera y María Victoria Uribe, pasando por Eduardo Caballero Calderón, se nutre de una savia contenida y atenta a la ilación del artesano capaz de descubrir ciertos vestigios que arden en la piel, es decir, en el espíritu. Es fascinante adentrarse en la forma cómo el poeta construye sus versos, las imágenes, la síntesis de un algoritmo capaz de permitir que el poema descanse luego de los hallazgos que permiten las palabras. No de otra suerte se advierte que la etimología de la palabra cuerpo, en alemán y en inglés, por ejemplo, haga referencia a observar, a estar despierto, y, entonces, esa fusión, esa amalgama que se da entre cuerpo y cuervo, mientras la luz que alivia el hambre hace posible la comprensión de la sombra, sirva de atmósfera para que el lector se adentre en las salas del museo que viene siendo este libro.

He utilizado la palabra amalgama para describir la alquimia que realiza el poeta con las palabras cuerpos y cuervos, y, sin embargo, queda el problema de pensar si en verdad son tan distintos esos dos universos simbólicos. El cuervo se asocia a la memoria, a la sabiduría, al pensamiento, a la profecía, a la oscuridad, a la muerte, e, incluso, desde su voz, al graznido y a la crepitación, si pensamos en la voz del fuego. Estos elementos retoman la insignificancia pregonada sobre el cuerpo, como cadáver posible o como pulsión atravesada por la mirada deseante, imantada por el cauce poderoso que se adentra debajo de la piel. Se trata de la exploración de un río cuyo fondo es el cuerpo que arde envuelto en el deseo, en la ausencia, en el abandono, o bien, hecho pedazos y oculto en la corriente del lenguaje. Si la carne es el espíritu como ha dicho el profeta, nuestra historia no es más que negación; empantanados en la nada, solo dolor residual la poesía, y, el arte, testimonio vano en un país salvaje, cruel, inhumano.  

Desde el título, el libro propone una oscilación que dignifica la piel: la tempestad y la noche frente a la luz, el hambre y el deseo, la ceniza purificada por la lumbre. El milagro convertido en el cuerpo del delito, mientras pasa por ahí o se posa entre el tiempo y la muerte.

Estructurado en diez estaciones, en diez puertos, el libro abre con cuerpos soñados y culmina con el cuerpo que te amó, porque “cuando tu cuerpo tiene sed, el alma se convierte en cántaro”, dice el poeta, luego de recorrer los caminos del reino desde la mirada de ángel de van Gogh; “como Dios, condenado a repetirse en la fugacidad de sus criaturas”, se sumerge en los senderos y en las calles de este país condenado, y, tal vez, hasta detestado por los dioses.

Al final, al lector le queda la impresión de que ha logrado rozar rabia y saudade. Esa voz en la radio, la casualidad, el extrañamiento que permite sentir que lo humano es prescindible; nada más que brizna en un devenir tomado a la fuerza, por seres comunes y corrientes, que nos vendieron como a monstruos. Cuerpos sobre campos de trigo, poemas que terminan siendo pinceladas de un artista que logra que veamos a un país en el que, a pesar de estar en un trigal, es destrozado por un hambre planificada, calculada y forjada para que los habitantes dejen de sentirse dignos de la belleza que los rodea; al final, y con Kant ya dejado de lado, les puede el instinto de destrozarse unos a otros. El poeta lo señala, todo cuerpo no es más que una señal, cumplimiento de las profecías. Estaban en lo cierto los precursores de la rabia que emerge entre las líneas, como la maleza entre las piedras del camino que es la vida; los cuervos en las planicies luminosas (la estirpe de van Gogh) no han dejado nunca de tener razón.  

 

El libro que tengo en mis manos es una bella edición de Rosa Blindada y cuenta con un prólogo genial de Eleazar Plaza, uno de los últimos magos que deambulan por la ciudad de Cali. Así que, amigos de la Raíz Invertida, vale la pena conseguirlo. 

 

 

I

 

Entonces entendí que el mundo es un cuchillo,

que las formas son apariencia de las cosas

y que las cosas, cuando así lo quieren,

disparan sus flechas envenenadas, no para destruirnos,

sino para hacernos crecer entre los juncos

cuerpos sobre campos de trigo,

espantapájaros espantando el amor,

que se deshace igual a un columpio en el abismo

no hagas nada que cuando más se emprende

hay más propensión a la derrota

corre, déjate detener, oh castor laborioso, como el río,

que, sin piedad, ni premura galopa sobre piedras grandes,

hasta que entiendas, como aquel

que has construido tu propia represa prisionera

 

 

VI

 

Cuerpo de mujer, deshilachado

vuelto a zurcir como una manta india

en su frente ondean los cabellos,

su nariz, su boca, sus mejillas

son un pozo profundo donde se mira el hijo

hacia adentro, cual raíz de un árbol frutoabajo

de la misma aljaba disparados:

demiurgos a la orilla de un bosque de bambúes

 

 

V

 

Umbral de los comercios, en la quietud de las vitrinas,

donde los maniquíes congelan sus miradas,

los cines vespertinos, llenos de ojos

que observan la perfección de otros cuerpos

cabalgando en potros vigorosos o cayendo como

/hojas

de otoño sobre el heno mullido de un idilio

al salir a la calle, de piedra y de ceniza

la ciega del bandoneón, con sus notas brumosas y

/malevas

envuelve con su tango la nostalgia de estos cuerpos

oscurecidos y cansados por el éxodo de la niebla

la noche es un cofre entreabierto con una llave

/trabada en el cerrojo

las manos y los miembros, simples peones en el

/tablero de un juego desolado

 

 

II

 

Vuelan pájaros grises a la plaza mayor

en pleno mediodía, a picotear sus falanges

que tiemblan al señalar la opaca fuente

ya son cuerpos curvados, maltratados

asidos de un bastón, entre adoquines

y las aves visitan sus rodillas endebles,

se arremolinan a su paso en confuso ajetreo

esperando una gracia del torpe movimiento

en el pórtico la plegaria coronada de incienso

sube por las llagas de un cuerpo torturado

 

 

II

 

Jesús era el abuelo, rodeado siempre de sus gatos,

en la hora vespertina de los rezos.

Una mañana de verano salió, inquieta su alma de

/pionero,

con un fardo vacío a la estación del tren,

en su diestra, las instrucciones de encontrar un tesoro

/enguacado

para su sangre, viajar era un mandato, como tomar

/el vino

o chasquear los dedos antes de pespuntar el rayo

dicen que llevaba un sombrero blanco

y un bordón de chonta para espantar el sueño

en sus rosarios de atardecer con la abuela María

-zamba más criolla que el guarapo- se adormilaba

/con los dedos

en el regazo, para después, en mitad de las letanías

despertarse asustado por el estruendo de un carnaval

/lejano

debió subir al tren, atravesar puentes infinitos

y llegar a una ciudad grande, de soles poderosos,

que le volvieron las cosas invisibles

desde entonces nadie supo de él, se lo tragó

la jauría de la gran ciudad y todos quedamos

/suspendidos

de su voz aramea que ahora habita entre las piedras

 

 

V

 

Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos

Pablo Neruda

 

 

He escuchado su voz después del tiempo,

en una emisora nacional, su voz pausada,

la misma que bajo los almendros de una vieja casona

dijo una tarde, en ascuas de verano, ya te quiero

porque duro es querer cuando la espera tiene forma de

/armisticio

entonces bajaban las brisas frescas de los Farallones

y su voz de adolescente con uniforme a cuadros

se anclaba en mis terrores como un navío lleno de

/primicias

era una flauta para encantar mis faunos,

sus ojos almendrados, un oasis sereno en medio del

/desierto

toda perfume era, cántaro de escondidas esencias,

su cuerpo como un salmo o dije entre los pechos

 

 

VI

 

Después vino la magia, de tan real, inesperada,

la boda, con su canto de sirenas en el acantilado,

el camino, las piedras del camino, con filudos

/colmillos,

y, ante todo, Saudade, esa isla perdida, con nombre

/de nostalgia,

en su vientre de luna, en nuestras vidas que se fueron

/gastando

como el sol con su rayo final en las piedras del río

 

 

VII

 

Ahora, cinco lustros después escucho su voz a

cuatro vientos:

el del norte, obstinado, el del sur, con su cuerda de

cometa fugitiva

el del este, tarde de ciervo y de pantera

en las sendas agrestes del zoológico

y el final, como un zarpazo certero en mi memoria,

el de occidente, nuestras tierras amadas y perdidas

he escuchado su voz y he concluido

que Penélope nunca destejió su manto

silencian de nuevo los sauces y la pena

el designio de saber que nada es nuestro

 

 

V

 

Me llaman Cauchera los compañeros de la civil

porque de muchacho salía a cazar pájaros en el

/bosque,

muy cerquita de la laguna verde,

subiendo las faldas, en trigo y lasca, del volcán

/Galeras

mi cuerpo se hizo fuerte en la milicia,

era lancero, atleta, futbolista, rezandero,

buen madrugador y amigo de la caza,

al igual que Alonso Quesada, el bueno,

ese soñador, que según cuentan

hizo de su cuerpo una batalla

que lo llevó por países legendarios,

donde fue presa de azotes y molinos,

maltratos y multitud de encantamientos

mi relato es tan cierto como estas llagas

que me despiertan en la madrugada,

y tengo que curarme con ceniza,

gotas de limón y zumo de caléndula

a veces mi cuerpo me abandona

y vuela como los pájaros que escaparon de mis

/manos

en los bosques tupidos de la laguna verde

miro la lejanía donde el profundo bramido de la

/noche

se agazapa en mis miembros fatigados

 

 

III

 

Y en medio de la lluvia,

como papelillo picado que bajara del cosmos,

el hombre y la mujer, tomados de la mano,

se han lanzado desde la oscura torre de septiembre

con un séquito de humo y llamarada,

se han lanzado a la muerte, su porción de instante,

y es una danza su piedra de caída, una danza sin sol,

sin voz, sin amapolas, a los ojos del mundo, tras las

/máscaras

 

 

V

 

Eran doce los hombres

como aquellos de la red y la túnica

doce mundos, doce tribus

esperando conquistar su tierra prometida,

doce destinos en un lance de dados

(qué más da si en el cosmos falta una sola rosa

si se atasca una ballena o se lanza una piedra)

eran doce los hombres

con doce casas tocadas por la lluvia,

doce mujeres que repartían el trigo en doce cestas

(qué más da si los aviones siguen volando a las

/ciudades

y se llena el estadio y mañana es domingo)

eran doce los vivos

con el agua en el cuello,

la garganta del arma en sus arterias,

un olor a manigua, el frío glacial de la babosa

reptando por la espalda

(qué más da si el payaso se enjabona la tinta,

si se cumple el horario,

si otra vez, como siempre, retomamos la piedra,

y llenamos las calles en procesión

de enjundiosas hormigas)

qué más da

eran doce los hombres

antes de volver a la ceniza

 

 

VI

 

La joven maestra de Hiroshima

con sus doce niños pasando la vereda,

sólo una mancha gris sobre el asfalto,

cuerpos evaporados en el aire

más arriba, el hongo de la infamia,

con su puño de fuego sobre el mar Pacífico

llueve en mi país con tanta fuerza

que es en toda la tierra su avalancha

llueve en todo mi ser, llueve despacio, con truenos,

/sin sosiego

cuando vuelva a escampar, una bandada de cuervos

ha de esperar su turno entre despojos:

cuerpos abandonados sobre campos de trigo

 

*** 

 

Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz (Cali, 1951). Licenciado en Filología Española, Uptc, Tunja. Magister en Litera- tura Hispanoamericana del Instituto Caro y Cuervo, Bogotá. Miembro fundador de la Corporación Literaria Si Mañana Despierto, y de las revistas literarias Rosa Blindada, Calipoema, Cántiga y Ocarina. Docente durante 20 años de la Uptc en Artes y Ciencias del Lenguaje. Ha publicado los libros de poesía: Ciudad Menguante (1991 y 1996); Vuelta  de  campana  (1994);  Brújula  insomne (1997); Farallones (2000); El puente de la luna (Antología, 2004); Exiliados del Arca (2009); Palabras Migratorias (Antología, 2010); La Casa Amarilla (2011); Manuscrito de Sísifo (2013), Premio Nacional de Poesía de la UIS; Cuerpos Sobre Campos de Trigo (2014), Premio Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus; La Tarde No Cae (Poesía reunida, 2008-2014). Las antologías de poesía colombiana Desde El Umbral, poesía colombiana en transición (Tomo I, 2005, y Tomo II, 2009), y La Fábula Poética en Giovanni Quessep (1998), Premio Jorge Isaacs en Crítica Literaria. Novelas Colombianas Desde la Heterodoxia (2015), Luz de Invierno (2019), Canto Nevado (2020), Los Murciélagos Tienen su Pro- pio Sol (2022), Agosto es Mañana (2023), Desamar es mi Oficio (2024). La casa de los ecos (2025). En 2024 la Uptc publicó su novela Portada al Mar.



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