Revista Latinoamericana de Poesía

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17. Jimmy Alejandro Aldana. El plumaje del cóndor



Como parte de las acciones del circuito literario «El plumaje del cóndor», que adelanta la Red Departamental de Escritores de Cundinamarca en apoyo a la difusión de las voces literarias de este territorio colombiano, la revista literaria La Raíz Invertida publica, cada semana, a una autora o un autor cundinamarqués.

Este circuito literario, que recorre el departamento de Cundinamarca (Tierra del Cóndor) desde abril hasta octubre de 2026, culminará en noviembre, en el municipio de Cota, con la instalación del Segundo Encuentro Departamental de Escritores. Continuamos esta muestra con una selección de poemas de Jimmy Alejandro Aldana, de Sibaté.

Jimmy Alejandro Aldana. Poeta, docente y escritor nacido en el municipio de Sibaté (Cundinamarca). Es cofundador, desde 2022, del Ciclo de Poesía de Sibaté, una agrupación dedicada a la preservación y difusión de la literatura que se escribe en el territorio. Ha publicado en diferentes antologías a nivel nacional: Antología contra la dictadura (2021) y Cuerpos habitados: antología de poesía erótica (2021). Además, editó y publicó la antología poética De copas, arcanos y otros poemas: antología del Ciclo de Poesía de Sibaté (2024), así como la Antología de poesía RELATA (2025). En 2012 fue ganador del Concurso Nacional de Cuento RCN y Ministerio de Educación Nacional, y en 2025 obtuvo el Concurso Nacional de Poesía RELATA. Es integrante del Taller Literario Gramática de los Cielos, de Facatativá (RELATA), y de la Red Departamental de Escritores de Cundinamarca. Entre sus intereses y oficios están la docencia, la gestión cultural, la escritura creativa, la representación teatral y la locución radial.

 

 

 

Extravío

 

Los objetos cansinos de la mañana se abren

lo mismo que yo

con su dejadez de muerto viejo

herederos de un desorden

del que mis manos son augures borrachos.

 

Se dispersan

se parten en dos

se contraen

se dilatan al sol.

Traducen sobre su superficie

los colores que el ojo del trasnocho

no logra percibir

obcecado en su gris

viendo del revés

hijo del temblor.

 

Los gatos caminan entre ciudades

de libros, monedas, botellas y zapatos

curiosos testigos de una obra

hace tiempo empezada

hace tiempo olvidada

en las agonías de la noche.

 

Busco el centro de una mañana

repleta de esquirlas

que son mis pensamientos.

 

No lo encuentro.

 

El desayuno humea a lo lejos

como un vapor en espera de sus pasajeros.

 

Me separan las fronteras

 trazadas por las brumas

de un sueño sangriento.

 

Vuelvo a mi cama

como quien vuelve de una expedición

en tierra extranjera.

Sus tablas crujen como mis huesos.

Apago la mañana con una cobija.

La música lejana arrulla mis oídos.

 

Una súbita noche nace en mis costados.

 

 

Insomnio

 

Me late el cansancio como un ojo en la cara.

Mi cabello revuelto es un pensamiento sin empalizadas.

Censor y burlador de mi cansancio

el día es inminente sobre esta noche

que se escurre entre la lluvia

Y yo me le escurro a mi sombra

cuando la miro

desde el ojo visor de estas palabras.

 

Solo pido mil noches como esta.

 

Noches en que recuerdos

me desprendan rostros asoleados,

desleídos en el fulgor del tiempo.

Noches en que voces de años que se fueron

atadas de un cordel al traqueteo insomne de mis dedos

sepan revivir de su quietud de muñeco apolillado

para darme raros y tiernos consejos al oído.

 

 

 

Ante estos despeñaderos

 

Ante estos despeñaderos del pensamiento

que me impulsan a saltar a regiones subterráneas

donde supe bien morir

para regocijo de malquerientes

y amantes a medias tintas.

 

Desde estas alturas

donde águilas y chulos y cóndores de los andes

saben mirarme de reojo

como a un aparecido, un levantado,

un error vociferante y desplumado de Dios.

 

Ante estos despeñaderos,

con mi catadura de extraviado y mis pasos nuevos

voy diciendo:

 

“Es mejor quedarme.

 

Quiero provocarle una úlcera

a las señoras aves de carroña

con esta miradera mía que me conocen

los que la bebieron y la sufrieron.

 

Es mejor quedarme.

 

Quiero agitar de vez en cuando estos mis brazos

en la patria de las aves que enmaridan sus plumas con el viento.

Así contraeré, más temprano que tarde,

nupcias definitivas

con esa tierra conocida y polvorosa

que sabrá desarmarme la testa de un porrazo”.

 

 

 

Poema de amor 2

 

Yo sé que a veces soy borracho

hijo y nieto de borrachos de pueblo.

Que soy antojadizo y disipado.

Que me cuesta decir palabras

del régimen común de los amores.

Que regreso a casa al día siguiente.

Que soy aficionado a las plumas de la cama.

Que, a fin de cuentas, soy vulgar y malcomido,

malpensado y pendenciero.

Que me gusta el chisme como a los otros.

Pero si algo no soy, amor mío,

es ese hombre miserable y tonto que sería

de haber seguido por el mundo sin conocerte.

 

 

 

Monólogo del envenenado

 

 

Fumigué mi cuarto para vengar

tanta afrenta sonrosada en mi piel.

Tanto desvelo vano.

Tanto pensamiento sustentado

en alas zumbadoras.

La cabeza me dio de trompicones.

Un genio enemistado con mi haber

se levantó, presto de humo,

para sofrenar mi mal enquistes.

No me dejó pedir mis tres deseos.

Vine por poco a dar

en el maligno sueño de Morfeo.

Al fin logré zafarme

de sus manos abstrusas, invisibles.

Me alejé como pude

y pronto di en mandar

con todo y sus demonios

al demonio acechante del veneno

y a sus víctimas solícitas

otrora victimarias

de mis muchos desvelos:  

eternas zumbadoras

tras el cortinaje de las lluvias primeras

del primer invierno en este trópico.

 

 

 

Crónica de una disección

 

Hay un país inmenso que aparece en las noticias del mediodía

con sus retumbantes últimas horas que reemplazan

bachatas, merengues, dialectos multiformes.

Con sus presentadores de rostros cerrados

como carreteras cortadas por un alud de tierra

en épocas invernales del trópico.

Con sus estafas enormes como tarántulas malsanas

que trituran con sus quelíceros las alas multicolores

de las mariposas invisibles de los discursos.

 

Hay un país inmenso dividido en comarcas

que son países que se quieren y se odian entre sí.

Con sus montañas como murallas, apenas salvadas

por la vertiginosa habilidad de los choferes de autobús

y las piernas flacas, morenas, fuertes, aceradas,

movidas por isotónicos de aguapanela

de los ciclistas que ganan vueltas en España

o son atropellados por tractomulas

en las cumbres donde los cóndores se disputan la carroña

y la podredumbre dulzona de las raíces de los árboles.

Con sus llanuras salpicadas de ciénagas humeantes

junto de las cuales amores, matanzas, hazañas, bajezas

florecen lo mismo que nuestras orgullosas catleyas

azules, amarillas, verdes, rojas, violetas

resplandor en el ojo de los gringos

que saben clasificarlas, disecarlas, venderlas, matarlas

mejor que nosotros mismos.

 

Hay un país inmenso que no conocemos.

Sus bellezas relampaguean en los marcos de paquetes turísticos

y casi siempre son un mar, unas palmeras ondulantes,

un viento que imaginamos lleno de sal,

libre de mercurio y de mariscos putrefactos.

Hay un país inmenso que no conocemos.

No sabemos cómo llegar.

Sus indios nos hablan en las montañas

confundiendo nuestros puntos cardinales

con el rumor desconocido de sus lenguas.

A cambio les devolvemos una sonrisa atolondrada,

rica de dientes, enferma de exotismo.

 

Los vendedores se asoman a las ventanas

de los autos rodantes y las casas enterradas.

Nos ofrecen tónicos para el cabello,

elixires de resucitación sexual e intelectual,

licores infalibles para bajar calzones ajenos,

caldos de chulo para curar el cáncer,

minutos a celular con cobertura intergaláctica.

Entonces nos sentimos confundidos

con el restallido seráfico de sus lenguas

con el movimiento caudillista de sus manos

 con el aroma cebolliento de sus axilas

con la fauna colorida y exuberante de sus objetos.

Queremos huir.

Las casas enterradas se cierran de estupor.

Queremos huir.

Los autos rodantes hacen girar el mundo con sus llantas.

Las flotas intermunicipales nos narcotizan con sus pipetas de gasolina

y nos dejan a medio camino

entre lo conocido y lo insinuado,

entre una ciudad de paredes rotas por los cabezazos del tiempo

y los verdes follajes de una selva de confines inciertos

donde nuestros huesos fungen como termómetros de humedad,

nuestras cabezas como totumas donde beben los pájaros,

nuestros ojos como simuladores de espejos que añoran y repelen

 la caricia quemante del sol,

la invasión bandolera y afilada de la noche.

 

Hay un país inmenso que relampaguea en las noticias del mediodía.

Queremos cercarlo, definirlo.

Abrimos el televisor.

Disponemos de sus órganos en una bandeja.

Los vamos seccionando uno a uno, en un orden simétrico dispuesto

por nuestro deseo fervoroso y terrible de encontrar

esa corriente marítima, terrestre, eléctrica, equinoccial

que le da sentido divisorio y confuso a nuestros cerebros tercermundistas.

Como científicos del medioevo,

queremos encontrar afanosamente la fuente de tanta belleza.

Apretamos sus órganos con olor a chamusquina

como quien aprieta las ubres de una vaca vieja y desnutrida

o el queso amarillo y rancio de una salsamentaria atendida

por un dependiente desalentado.

No vemos tu espíritu por ninguna parte.

Circuitos muertos. Bombillas sin lumbre.

¿A dónde fue tu hermosura tantas veces cantada

 en los covers eternos de nuestras mejores canciones?

¿Por qué nos encontramos con tus resfriados que duran quince días,

con tus hombres cual cacharros de feria olvidados en un cuartucho

con tus innumerables lunes festivos que de semana en semana

nos acortan la existencia?

Mientras tanto hemos comprado un nuevo televisor

para seguirte sospechando en las noticias del mediodía,

en el otro país, país inmenso.



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