Revista Latinoamericana de Poesía

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Mariana Manrique



Mariana Manrique 

 

 

 

Sirenas



Vivimos apenas
como bestias que se ahogan
            —El tiempo es un río.

Canta alguien en la orilla
                        con voz de sirena.

            Bestias,
no marineros,
            nos hundimos indiferentes,
con los miembros rígidos
            y el hocico
                        lleno de bruma. 

 

 

 

Aguas claras

 

Es imposible, me dijiste,
            y el cielo se puso gris
y salvaje como un poema.

            Puedo hacer
de mis palabras un revólver
, dije.
Y puedo volverme mar:
                        ser salobre
            y agua oscura.

Pero no puedo volverme
un ópalo negro y brillante
            para habitar tus pupilas
                        sin apagarlas.

No puedo hacer mi rostro
            a tu medida.
Solo puedo tocar
            tu reflejo en el agua.

Tampoco
me hago música,
mariposa, ni cielo abierto.

Tampoco son mis palabras
            pájaros que vuelan al mediodía.

Me es imposible tocarte,
            como es imposible volver
a los años en el que el mundo
                        era un tramo de luz.

Me es imposible mirarte despertar
            en mañanas largas y frías,
como me es inverosímil
     olvidar los lugares
            en los que he sido muerte.

Es posible, te digo.

Y te muestro la cierva muerta
            que colorea las aguas del río
del escarlata más puro.

 

 

Luz y agua

 

Fue mi infancia:
recorrer las orillas
de abismos luminosos.

La luz solo era interrumpida
            por atardeceres terribles
que devoraban el sol.

La oscuridad se derramaba,
            marina,
                        sobre el cielo.

Y parecía hablar
la lengua del agua oscura.

Yo buscaba,
            sumergida,
—en sueños que me soñaban—,
la blanca mano de mi madre.

Y no conocía el dolor.

No tenía palabras
que me separaran de mí.

Sabía de la alegría únicamente
porque el sol se alzaba de nuevo
            y la oscuridad retrocedía
                para que entrara la luz.

 

 

Beso

 
La tarde encendida
            se apaga hacia adentro
como un vástago de fuego,
            que vuelve a la nada.

La única estrella visible
tiene la vida de las cosas azules.

            Yo la atrapo con los ojos
y la encierro en la memoria
            de los astros brillantes.

Un deseo pido
antes de que la noche
            se precipite.

Es indiferente la estrella,
pero mis labios sostienen la plegaria
                        y la humedecen.

La luz ciega
            se aferra más allá del sol
a frágiles novas
incongruentes con lo oscuro
            sideral y cósmico del tiempo
resumido en el espacio contemplado.

Y si digo palabras profundas,
             mis labios se fruncen
para darle un beso
                        al infinito.

 

 

 

Agua fresca

 

¡Una visión terrible!

Cuerpo sobre cuerpo apilado;
            fetos de carne y de roca,
en la tierra hundida.

Cuerpos nacidos nuevos,
            amamantados por ríos
de leche blanca.

Todos muertos antes de tiempo.

Cráneos marmóreos;
            carnes sufrientes.

Se hicieron verso las bocas
                        y luego tierra.

Lo humano: tan vasto,
                  tan solo, tan triste
…solo similar al mundo
en su capacidad de sufrir.

Y yo…
carne, piedra, leche.

Mi cuerpo que tiembla,
            y que no mira atrás
a las ruinas sangrantes,
            a la tierra fría y dulce.

El alma mía
enlagunada en el ojo derecho,
            se hace visión:
El mundo, que me abandona,
corre como agua clara y fresca
                        hacia el sol.
 

 

 

Sepultura

 

Mi cuerpo,
            donde nunca amanece,
 se empoza en charcos de tierra.

 No se hace verde.
            Tan solo se estremece
                          y busca la luz.

Trago tierra seca.
            Traga mi cuerpo abierto
 arena negra. Y nada nace.

    Miro a Dios,
al cielo enlodado
            en el que vive.

Lo observo
para ser vista.

            Le muestro
 el estómago
            lleno de piedras.

Todo tiene peso,
le digo y le muestro
            mis uñas negras.

El mundo
de las cosas con nombre
               es mi sepultura.

Si soy huesos blancos y limpios
¿por qué no se me cae la carne?

Me vuelvo
una espera amarga,
            una espera triste.

 Mis palabras son
 lo único que puede irse.

 

 

 

Mariana Manrique. Poeta y académica colombiana (1993). Magíster en Literatura por la Universidad Nacional de Taiwán. Sus intereses intelectuales y creativos giran en torno a los diálogos entre la escritura y la naturaleza. Algunos de sus poemas han aparecido en reconocidas revistas internacionales y han sido traducidos al francés. Nocturnos, crepusculares y solares (Editorial Toská, 2025), prologado por Arturo Hernández González, es su libro más reciente.



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