Revista Latinoamericana de Poesía

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3. Fabio Andrés Delgado Micán. El plumaje del cóndor



Como parte de las acciones del Circuito literario ¨El Plumaje del cóndor¨, que adelanta la Red Departamental de Escritores de Cundinamarca y en apoyo a la difusión de las voces literarias de este territorio colombiano, la revista La Raíz Invertida publica un autor o autora cundinamarqués, cada semana. Este circuito literario que recorre el departamento de Cundinamarca (Tierra de cóndor) desde abril hasta octubre, culminará en el mes de noviembre en el municipio de Cota con la instalación del Segundo Encuentro Departamental de Escritores y la Creación de la colección de autores cundinamarqueses. Continuamos esta muestra departamental con una selección de poemas de Fabio Delgado.

Fabio Andrés Delgado Micán (Soacha, Cundinamarca, Colombia, 1985). Licenciado en Ciencias Sociales. Magister en Educación con Énfasis en Investigación de las Ciencias Sociales y Candidato a doctor en Educación. Ha publicado en diversas revistas de poesía (Chile, Colombia, España, Argentina, México, Bolivia, Estados Unidos, Italia) varios de sus trabajos. Participó en diversos encuentros de escritores (México, Argentina, Colombia, Bolivia, Estados Unidos e Italia) Publicó en el año 2015 Asma, con la editorial Piedra de toque (Colombia). Lógicas Vitales año 2018, primera edición Editorial Babilonia (Colombia). Segunda edición con Literatelia (México). Dios o el asesino 2022, primera edición Quillango editores (Colombia). Segunda edición Formarti ediciones, edición bilingüe 2026 (Italia).

Ha sido promotor cultural del municipio de Soacha (Cundinamarca) en el que ha realizado diversos de sus trabajos en gestión cultural, además de esto ha participado y apoyado diversos encuentros departamentales de cultura. Promoviendo espacios cundinamarqueses para la literatura.

 

 

Las madres del agobio

 

Qué importa si pierdo mañana

Si gané libertad para mis hijos.

Ayer no es el hoy ni el mañana

Que es tiempo pasado.

TRIANA.

 

 

El festín de las sirenas,

pasó la noche.

En que las noches se iban con el sueño,

después de eso:

 

El miedo,

se prende en las paredes,

en las cacerolas,

donde el fondo del hambre,

roba ironías,

debate injusticias.

 

La luna confesó haber asesinado

el duende pobre que se había acostumbrado

a luchar por lo inalcanzable.

¡Los peones se sacrifican primero!

 

¿Quién nos dijo que lo éramos?

Somos sonetos,

ilusiones,

la canción triste de Amelita,

las sombras de Suacha,

las lágrimas todas,

las esperanzas pocas.

 

Bajan en filas mudas,

en el frío oscuro

aúllan los perros callejeros.

 

Los muertos que caminan desde los pasados

tiempos

posan su desdichado final en el parque,

recorren como espejismos a San Nicolás

consolando aquellas que gimen en cama de tierra

piso de barro

techo improvisado.

Luego le besan la frente,

los labios,

las mejillas.

Y prometen regresar mañana

cuando lleguen de Ocaña.

 

 

 *** 

 

 

A mis abuelos que fueron desplazados por la violencia política

 

 

Tras la espesa niebla del páramo,

unas siluetas campesinas

deambularon sin norte

intentando abrazar la mañana

entre el moral y el canto.

Viejas canciones se sujetaron

a sus ruanas con historias

de guerra y destierro.

 

El hambre se agarró a sus cuerpos,

los ojos en todo el camino

buscaron comida,

pues de qué sirve el destino

cuando no hay violencia más feroz

que andar sin alimento.

 

 

***

 

 

A mi familia Micán Huertas que su casona familiar de León XIII se convirtió en una bodega

 

La voz de la radio

voló entre el vapor del chocolate,

pasó por el divino niño de la cocina

y el molino de maíz empotrado en la despensa,

después de eso

todo fue movimiento.

 

El afán de las autopistas,

la psicosis de las máquinas,

las ansias por el aroma del dinero y el sexo.

Sin escucharse

gritaron casi todo el tiempo.

 

La vieja casa como un faro solitario

no encontró el mar y sus orillas,

solo naufragó entre un montón

de discursos modernos.

 

***

 

A las noches de cantina

 

Suacha es un solo de trompeta,

un aliento de Chet Baker en el minuto 3:07

de su versión de I´m a fool to want you,

un cigarrillo espeso en la boca de un hombre llorando

en la taberna

una canción de Juan Gabriel.

 

Desde dentro todo se derrumba

y afuera todos los cuerpos se acumulan. 

 

 

***

 

 

A las historias que me cuentan en el barrio

 

Un corazón que arde

con crueldad en el pecho

esta pegado al andén

repleto de sangre.

El hombre cada vez más

pierde el aliento.

 

Piensa mientras tanto:

que bailó muy poco por andar ebrio,

que no conoció otros destinos

ni tuvo miedo por una historia aprendida en un libro,

no pudo decirle a una mujer que la quería

porque no encontraba el perico en su bolsillo.

No lloró por una decepción

pues le enseñaron a ser hombre,

a defender sus ideas a los golpes.

No sabe cómo lo mataron.

Solo cerró los ojos cansados.

Tampoco lo sabe su madre,

esta noche frente a la ventana,

repitiendo súplicas entre los labios.

 

 

Lógicas vitales

 

El tronco se destroza,

sobre su corteza el musgo,

y un camino de hormigas sobre este.

Es ver nacer a dios del gemido de un árbol,

ver la voracidad de la hormiga

al devastar la hierba.

 

  

Hábitos despreciables

 

He intentado dibujar los caminos en el polvo que muerde mi boca,

caminarlos despacio, con los amigos,

hablando sobre el negro vapor de las alcantarillas

que nos llega a los pies.

 

He intentado esquivar los buses afanados,

libélulas desesperadas que confunden el pan con la codicia,

llegar a dónde estás, verte lavar el cabello y los ojos,

tenderme en tu piel como sábana blanca en día domingo.

 

He intentado rastrear en libros

por qué nos quedamos acá,

pariendo todos la misma desdicha,

quebrándonos entre cuerpos de barro.

 

He intentado todo lo que sabe a posible para mi lengua,

no mirar el sol y huirle a la noche,

ver películas gastadas para esconderme del ruido del progreso,

que tiene silueta de máquina sin alma.

 

He intentado todo, amor mío,

pero nada que he podido llegar a tu casa.

 

  

Lugar de origen

 

El eucalipto se cuelga de los amaneceres

a dónde van los pájaros.

El campesino desanda los caminos,

silba entre la cebada una canción para sus hijos.

Su mujer se acomoda los cabellos

con esas manos de pan

que llevan consigo la esperanza.

 

La vaca lame al ternero.

Él mama la leche con los ojos cerrados.

Una tropa de gallinas escarba la tierra,

mueve sus alas como intentando un vuelo.

La plaza tiene el olor del jengibre.

 

Las abuelas desgranan arvejas, mazorcas y habas,

sonríen en el rostro la evidencia de los años,

algo ya cansadas.

Un río de mariposas oscuras

como un río de cenizas

espera ese perfume de las flores mojadas,

estallar en los parpados de la brisa,

esa que es mensajera de las albas.

 

Es aquí mi lugar de origen,

en estos arbustos parieron mis raíces.

Las piernas de mi madre se abrieron

al compás de la luz de mis ojos.

Nacieron mis sueños en los labios de mi abuela

recitando universos de palabras.

Luego la arena cubrió los pinos,

el barro penetró las aguas.

 

La herida es ahora una llaga,

sangra en el rostro de las máscaras.

Mi lugar de origen se ha marchado,

sus huellas las atrapó el asfalto.

Yo recojo las semillas de los años,

con las manos moribundas,

ásperas y rasgadas.

 

  

Lógicas vitales II

 

La sal del mar se aferra con angustia a la roca

donde va a morir de sed.

Bajo el sol incandescente,

antes de expirar,

intenta regresar en vano a las aguas.

 

Como la sal,

nos abandonamos a esas rocas

que nos dicen qué es la vida,

deseando temerosos

mientras vamos muriendo.

 

 

Pactos para intentar un sueño

 

La paz más desventajosa es mejor que la guerra más justa

Erasmo de Rotterdam

 

Hemos caminado hastiados

durante media historia

entre huellas de mentiras y de miedo,

nuestras familias en pantanos de sangre.

 

Alabar la muerte como un santo patrón de todos los días

en el infinito cielo inalcanzable.

Entonces dejemos a los campos cumplir su función

de sonreírnos las mañanas.

 

Veamos nacer los amaneceres en los ojos de nuestros hijos

y correr los ríos entre las montañas sin que viajen los gemidos.

Nuestras abuelas y su olor a tierra mojada,

soñar las plazas llenas de manos que labran la fruta

en la boca de las mujeres saciadas

de amor y esperanza

Cantar, cantar a viva voz desde el vientre fértil.

No vamos a parir desdichas.

 

Mirar a los amantes

dormir la siesta de la tarde

sin que lloren despedidas.

Tomar el café en silencio dibujando el horizonte.

 

No hay duda de que la huella queda

y que la memoria es un reloj que nos suena en la cabeza,

punzando el corazón cansado de tristezas.

Pero aún prefiero besar mil veces esta ilusión romántica,

antes que ver empuñar

a otra generación valientemente sus fusiles.



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