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11 May 2021 / 12:33 pm

 

Compartimos cinco poemas del libro Mauritania es un país con nieve del poeta argentino Carlos J. Aldazábal (Salta, Argentina, 1974). “Cada lugar era otro territorio. Cada territorio recupera su naturaleza, sus pájaros y su nieve en el artificio de las palabras. Ahora Mauritania es siempre otra ciudad, donde “las muertes / no llegaban solas.” (p.41), una ciudad donde nieva en la palma de la mano”.

 

 

 

 

INVIERNO

No era la nieve

lo que inquietaba.

Era el lamento

de los gatos heridos.

Era la quebrada,

con sus mañanas frías,

el tiempo,

que nunca perdona

                  las esperas.

Era la nostalgia,

congelada en una copla,

el futuro burlón,

que no respeta las profecías.

No eran tus ojos

detrás de los visillos.

Tus ojos eran

una latencia en el paisaje,

la misma inquietud,

el mismo presagio de la arena y del mar.

Ese invierno

la pobreza servía de amenaza

                         y la espera

                         distraía la nieve.

Pero aun entonces

tus ojos se encendían

en la inevitable

                   inquietud

                       de lo que importa,

calor que rescata de la helada,

tibieza previsible

que se enciende

en el recuerdo

y en el porvenir.

 

 

 

 

 

ALBAHACA

Escuchábamos

el bullir de las ollas,

y era ese murmullo

lo que nos alegraba.

El misterio consistía

en descifrar el lenguaje,

la caligrafía

de los tallarines,

el dibujo

              sinuoso

                      de la sémola,

                                 la pulcritud

                                     de la harina.

 

El secreto era la albahaca:

en Mauritania

la albahaca

crece

en los caminos,

y poco importa

el sabor de las salsas.

Sólo se trata

del bullir de las ollas

acunando tu sueño,

flores de albahaca

durmiendo

en tu cabeza,

como un tocado

precioso y esplendente.          

 

 

 

  

 

PAÑUELO

En Mauritania

la nieve se arremolina

                         a tus pies,

                             y

si tus manos

están frías,

todo se enciende

cuando encuentro tu boca.

 

Muchas veces

sospecho que hay un manto,

indicio de la calma, sábana del deleite

donde tus pies

se acurrucan con los míos.

 

Pero estamos atentos

a las injusticias,

a las tragedias

que abundan en el mundo,

al nervioso marchar

de la muerte en la Tierra.

 

Estamos atentos,

aunque la música

                    te acune,

aunque tus manos

y tus pies, y tu pelo y tu boca

iluminen

en lo oscuro

las palabras:

 

Pañuelito de la noche

bordado por las estrellas,

campanitas del silencio,

cementerio de mis penas.

 

 

 

 

 

 

SOMBRAS

En Mauritania

las sombras

se parecen

             a la luz:

hacen nacer

la oscuridad

en el inicio del día.

 

A veces,

detrás de algunas sombras

se encuentran mis ojos,

                  y

a veces

mis ojos

se encuentran

con los tuyos,

                  y

de ese encuentro

se crea una esperanza,

otro tipo de sombra,

partícula de oscuridad,

soplo de algo

                       que

                            presagia

                       un nacimiento.

 

Lo inquietante de las sombras no son las tinieblas.

Lo inquietante es el terror de lo que duerme,

de lo que no despierta más

                                          ni atraviesa los velos, 

pulsión de una mirada que quiere ser luz

                                         para encontrar tus ojos,

manchas de sombras

que acuden a mi encuentro,

cuando la ceguera

                     es un destello

                                    de sol

                                           que no ilumina.

 

 

 

 

 

 

 

TINAJA

Qué oscuros son los recuerdos

cuando se mezclan con vino”, dijiste.

“Las coplas se vuelven penas

y el recordar puro olvido”, contesté,

y después brindamos

porque habíamos logrado

                                 capturar la luz.

No era difícil brindar

                        y luego

                             abrir las tinajas.

Las luciérnagas llegaban de todas partes,

atraídas por el vino

                                   y por el resplandor.

 

Las tinajas tenían

la forma de tu cuerpo,

y verlas iluminadas era

como verte desnuda,

                   probándote un manantial.

 

Ya no recuerdo el sabor del vino,

pero sí el gusto de tu boca:

recuerdo las tinajas

                      preñadas por tu luz

hasta amanecer danzando,

bailarina de Tastil en Mauritania,

con la tinaja de mi corazón en tu cabeza.

 

 

 

 

 

 

Carlos J. Aldazábal (Salta, Argentina, 1974). Sus últimos libros de poemas publicados son: Piedra al pecho (Valparaíso, 2013), Camerata carioca (Valparaíso, 2016) y Mauritania es un país con nieve (Algaida, 2019). Obtuvo, entre otros, el primer premio del II Concurso “Identidad, de las huellas a la palabra” organizado por Abuelas de Plaza de Mayo (2001), y el XLIII Premio Ciudad de Irún de poesía en castellano (País Vasco, España, 2019). Ha sido traducido a varios idiomas e incluido en diversas antologías de la Argentina y de otros países.


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