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27 Ago 2013 / 03:19 am

 

Nota y selección por Fredy Yezzed

 

Presentamos los poemas de Javier Alvarado (Santiago de Veraguas, Panamá, 1982), quien recientemente realizó en exclusiva para La Raíz Invertida la antología titulada Poetas panameños del nuevo milenio. Con respecto a su último libro Viaje solar de un tren hacia la noche de Matachín (la eternidad a lomo de tren), Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén 2012, los jurados Carlos Torres y Meztly Vianey Suárez tras haber analizado 751 poemarios decidieron otorgar la distinción por: “sus valores formales, su manejo espléndido de la metáfora, su hondura emotiva y la originalidad en el tratamiento de los temas expresados en un fluido verso libre de largo aliento”. Los poemas de Álvarado, además, funden los temas históricos con un vertiginoso aliento lírico: a través del cruento suicidio de los chinos que vinieron a construir el ferrocarril transcontinental de Panamá se teje la historia del trópico, las vicisitudes de la selva y el trabajo, la desesperanza y la enfermedad; los sentimientos de desarraigo y soledad se alzan en este conjunto de poemas que se pregunta: “¿Dónde está Uh Mei con su loto, con su estanque de páginas muertas?”.

 

 

 

Viaje solar de un tren hacia la noche de matachín

(la eternidad a lomo de tren)

 

 

A aquellos chinos colgados en su propio moño y que soñaron un tren.

 

A Roberto Echavarren, por remover esta historia tras ver un documental;

a Silvia Guerra, por su estremecimiento tras conocer este capítulo sobre el suicidio masivo de los chinos en Panamá; va mi poesía hasta Uruguay, donde se inició, tras esa conversación, con acordes de flauta mágica,  este Viaje Solar de un Tren hacia la noche de Matachín.

 

 

- Mary: “¿Cómo voy a olvidarlo?. El pasado es el presente, ¿no?. También es el futuro. Todos nos queremos engañar, pero la vida no nos lo permite.

- Tyrone: “No empieces a sacar cosas que están ya enterradas… Si empiezas a recordar un pasado tan lejano cuando sólo acaba de empezar la tarde, no sé qué va a pasar esta noche…

Eugene O´Neill, Viaje de un Largo Día hacia la noche

 

 

 

LAS AUSENCIAS SALVAJES

 

Nos levantamos con la noche escapada de la caja de viento

John Ashbery

 

 

Yo no puedo amordazar las hojas que acontecen en el patio

Bajo ese designio del sol y la lluvia permanentes.

Hay algo que mastico dentro de mí como un muro de ahorcados,

Rememorando esas escenas donde se fraguaron cálamos de aire

Donde siguen revoloteando las historias

mientras repico el cuero    mientras repico el cuero    mientras repico el cuero 

Y mis manos se vuelven          A---V---E---S

Sobre la piel sanguinolenta                                 de  la caja de viento

Mientras estamos solos en esta tierra que crece como una fruta de color compacto, ignorando la bóveda agrietada, el cuchillo que pendulea en la momificación de la carne.

La semilla estruja entonces el cántico de los jardines celestes,

Las metáforas cuelgan de las plumas de las águilas

Como una furiosa entrepierna que se abre camino,  como una iguana que encuentra su sendero en la corteza

Como un orgasmo concebido en los surcos, como un gesto de osadía y aprehensión

En el crecimiento espiritual, en la cruci-ficción de las estrellas donde la sangre dictamina su posición y evangelio, donde estas rocas me lapidan sin conmiseración ni sonido;

Multiplicándose a si mismas con esta sensibilidad en la que me aíslo, como un capullo orquestado en la combustión de la imagen, colmando la pureza de la muerte. (Ese sitio donde sólo hay huesos, donde sólo  hay banderas)

 

Es más que este designio de mirar las aguas divididas, dispuestas en Canal

Mas que el recuerdo de la nieve y de las locomotoras que versifican

Con su riel fantasma, ahora que estamos aquí, ¿Dónde están sus huellas

Sus esponsales, sus cuencas determinadas hacia el cielo de otra prontitud?

 

¿Dónde esta la guía de ferrocarriles ahora que arden los vagones energúmenos del tren?

 

Algún deseo permanecerá gravitando, así en el aire, aquí en el istmo de Panamá y en sus otros istmos;

Así en el viento, así como cualquier vestigio de que leímos junto a las aguas,

De que crecimos junto a alguna cicatrización, junto a alguna música

Que nos retorne al reino de las ausencias salvajes, mientras un animal vivo

Vuelve a habitar      - otra vez-        estas demencias y ausencias,    golpeadas en el cuero.

  

 

 

 

BITÁCORA FERROVIARIA

 

 

En vano recorro estas piedras acumulando historias,

Tocando fantasmas risibles a mi tacto.   En el Caribe y en el Pacífico

En esta noche, ¿Qué nos queda? ¿Qué prevalece?

¿Qué ancianos jóvenes

Siguen figurándose la hora diurna del tren

Ahora que sus muertes cuelgan, ahora que sus muertes

Están intactas en el coro de mi sangre?

Esta es la fatiga del mundo en cada letra,

En cada fecha que se desmorona ante los guácimos y los pájaros ausentes

Ante el fuego familiar y el dragón  que se arrojó en el lago

Para estertorear desde el fondo          su estela de leyenda.

Yo me quedaré           aquí en este pueblo     deletreando las cosas,

Redondeando las fechas y oyendo como las crisálidas abren sus alas con resplandor incierto,

Como regresan las huellas a su polvo, a su viento más originario,

Donde rebulle su fe,  a su agua más leve

Donde la vorágine

Se hace más clara y donde nos duran más los vocabularios

Que estos dioses,

Que estas ganas de llorar

Con los chinos que colorean la tierra

A estas ansias de verlos trabajar y caminar con soledad bullente,

Hacia todos los tiempos que se amortajan con la seda;

Ahora que fijo mis ojos a esta alucinación con la poesía

A este tren solar que se dirige hacia la noche

Mientras las saudades y las preguntas duermen

Resoplándonos y meditándonos a bordo:

¿Qué vagón ocupo? ¿Qué silencio invocamos

Para llegar hasta la mancha secreta del paisaje?

Mientras sigo recorriendo estas piedras,

Acumulando historias,

Tocando fantasmas risibles a mi tacto.

 

 

 

LOS HUESOS DEL TREN

 

 

Acaso, dijiste,
haya travesías por realizar en soledad

Hans van de Waarsenburg

 

 

Ese es el final, soltar el cordel y dar paso a las otras vidas,

Rayar en los espejos esos soplos de felicidad, esas lenguas que conjuran al rocío,

Esa agua que cambia, ese espejo disonante, ese bosque

Que bosteza y se marcha y abre los manglares

Con sus dotes; ese mar que desdibujamos con la tentación de las islas

Y que ya no volverá a existir, ahora que nadamos en exceso.

 

Ya podrás recordar ese Camino Real y ese Camino de Cruces

Cuando tomes un tren en suelo extranjero, cuando colmes las hojas

Y haya una nostalgia de árbol trepando un sueño dentro de otro sueño

Donde te sentirás más lejos, donde titubearás ante ese núcleo solitario

Ante esa desbandada de los que se conceden la automiseria,

La humillación de la música.

¿A dónde fueron a parar los huesos?

¿A dónde están los cráneos de aquellos obreros que excavaron Panamá

Y hallaron esa vez los minerales de la muerte?

¿A dónde están sus cadáveres y esqueletos conservados

Que nadie reclamó y que fueron a dar a la punta del escalpelo, a los recuerdos deforestados de la casa

A las escuelas de medicina donde las autopsias son un recuerdo monorrimo?

 ¿A dónde todo el dolor y la aventura de ese tren retórico?  Yo tomo una tibia y me voy a acurrucar en las piernas de mi madre y en las piernas de mi madre hay ese mismo sonido, esa misma música del hueso, ese hueso maternal y paternal de los rieles y de los durmientes que salen a acosarme, ese llanto del guayacán a oscuras, del tren que intermedia la noche, donde encontramos esa estación del miedo y del trópico bisbiseante; ese jadeo de los astros y de la ropa como letreros ahogados: Gorgona, Gamboa y Bas Obispo,

La Línea, Ahorca Lagarto, Gatún, Bujio, Barbacoas, Bailamonos, Matachin, y Summit,

Donde aún perduran la majestuosidad del hueso y la prontitud ajena del cardumen,

¿A dónde esta el llanto de los personajes y personajas de los pueblos perdidos?

¿A dónde este rayo de ser y el lugar que deconstruye?

Es inmediata la tarea de recolectar los huesos, esos huesos que principian

Los demonios y los ángeles que amamos,

Esos huesos carcomidos por el amor y el sexo

Y por las sandias que roemos con furia (aproximándonos a una temporada de marcha,

a un fuego de  estación).

Mientras mordemos la sandia con José Manuel Luna y escupimos las semillas

A Jack Oliver (que cae por el exceso de la bebida y vuelve a ser una soga más abandonada en el puerto)

Y la historia sigue sedienta

Como esa interminable tajada de sandía

Que sigue engordando,

Como la muerte en los huesos.

 

 

 

 MATACHÍN *

 

 

Siempre anduve de paso, mirando la vida que corre

en algún tren opuesto al mío. 

Eugenio Montejo

 

 

Despierto ahora que no quedan destellos en el pueblo

Cuando no quedan restos de manos

Acariciando el lomo de las puertas,

Alguna vela desterrada (si es que podemos descifrarla)

Alguna sombra colgando de un árbol (si es que el tiempo la ha dejado

Tejer una guirnalda, un légamo de trenza).

 

Escribo con el temblor de las palabras

Mientras el invierno

Teje una corona de sí mismo;

Mientras los pájaros dormitan

En otro silencio, en otro bosque, en otra selva,

Cuando todos desertamos de esa oscuridad

Que ya viene, que ya se fue  y que llama a nuestros rituales con voz ronca

Como una llama de sangre que incuba las parcelas

Cuando raspamos una piedra contra otra,

Buscando el albur de nuestro tedio.

 

Es una hora en que todos se han marchado

En que partimos hacia épocas añejas

Con zapatos nuevos y ojos advocados al misterio

Con  un dragón de escamas gualdas,

Con nuestras familias arrancadas de raíz,

Con el último intento del gallo de asir la tierra,

De alejarla de su cresta y rotar la muerte en su plumaje:

Cuando ya no me escucho, cuando ya no me oyen

Cuando en vano trato de  plantar los rieles y durmientes

Y sobrevive un cántaro roto a las cuentas de la lluvia y los dictámenes del día

Cuando nos embarcaron desde Cantón para alborear la esfera

Para vislumbrar alguna pagoda en el paisaje.

 

Dejamos atrás nuestra ciudad,

El aroma lirico que transcurre en nuestro tiempo,

Algunas brazadas hacia el loto abierto del estanque,

Hacia nuestros sueños, algo de nuestras vidas inconclusas, fragmentarias,

Algo de nuestros dioses

Que en esta parte de Panamá aún respiran, prevalecen,

Mientras me devora un sol

Para llenar mis pupilas con los colores asaetados por el trópico;

Cuando un tren enmudecía en el pecho

Y se rumoraba

Que entristecíamos por falta de opio, que el opio no habitaba nuestros huesos

Como las oscuras voces que se debatían por ser grullas en la montaña sagrada.

 

Pero aun así, vestimos con sedas preciosas

Y amamos a nuestros hijos y mujeres

Condensando una huella que viene de tan lejos

Que se esfuma, que retorna, que muere contigo;

Era como recordar la siembra

Y la evocación empapada de nuestro padre,

Disputando las espigas de arroz

Y el monzón que se adviene -como hálito tardío-

Mientras el corazón se nos repliega

Con ese ruido de locomotoras que pasan

Y cada una de nuestras vidas es un durmiente

Y cada una de nuestras muertes es un riel demenciado entre las piedras.

 

Algunos se amarran guijarros

Y deletrean el curso sanguíneo de los ríos,

Otros empiezan a tallar lanzas de palo y luego hunden

Esa inocencia de árboles al cuello,

Algunos pagan por decapitaciones

O se sientan amordazados en el borde lastimero de la playa

Para que el mar los resida con sus pies de tentáculos

Y sus lágrimas de  espuma

O toman sus trenzas

Y se anudan a las ramas y estallan sobre la tierra como frutos

Y cuelgan con sus grandes pantalones al viento

Como aguardando al eco,

Al aluvión que atesora lo parsimonioso de sus pasos,

A sus tés medicinales que desborda la tormenta.

 

Yo no puedo recordar el llanto de esa gente

Y la desolación que corre por sus ojos.

El istmo cuelga de un moño chino

Cuando no quedan restos de manos

Acariciando el lomo de las puertas;

Mientras recorro las historias de Matachin página por página;

Ahora que parto en tren

Y que ya no quedan destellos

De ahorcamientos

En el pueblo.

 

  • Pueblo donde se dio una gran ola de suicidios por parte de asiáticos durante la construcción del ferrocarril transcontinental y transistmico por el istmo de Panamá.

 

 

 

RECUERDO DE MATACHÍN*

 

 

Matachín reverbera bajo las aguas

Con su voz ahorcada y  su dialecto

Con su rostro de músico y sus dedos embadurnados por azogue;

Es una franja de tierra que no puedo olvidar.  No la ignoro

Y la acaricio,

La huelo como el primer milagro

Que brotó tras el diluvio

Con sus hojas graduales.

Cierro mis puños y los abro tratando de bracear

Sobre este lago

La vendimia del dolor;

Las letras paganas que compusieron su bitácora de viaje;

Sus maletas llenas de suicidios, y de muertes.

De auroras y de pueblos perdidos

Matachín regresa a mis salomas

Como una constelación que se recoge,

Como una estrella calcada,

Como un grito hechizado a la intemperie.

 

Aún albergo las ansias de montarme en tren,

De seguir los caminos y los rieles,

Los campos donde se disemina la faena

Donde está Uh Mei con su loto,

Con su estanque de páginas muertas.

 

Me apresuro a llegar hasta la iglesia de La Línea

Donde la campana sigue tañendo

A pesar del peso salobre de las aguas, me apresuro

A dar cuerda a un gran reloj que sigue andando

Nadie sabe la razón, la hora ni el por qué;

En sus péndulos veo parpadear un mundo

Con su cola de tucán, con sus páramos ausentes.

 

En Matachín hay una estación.  Móntate.

Algún día llegaremos a la eternidad

En lomo de tren. Aquí yacen los chinos dormidos

Con sus colores y canciones.   El tren inició

Con los colores del suicidio.  Ahora todo es el sabor

Del olvido con su locomotora

Y su hierro oxidado

 

Móntate.

Algún día llegaremos a la eternidad

En lomo de tren

 

 

 

LING FEN, EL INMOLADO DE MATACHIN *

 

Sucede, que en algún momento, uno se pone a narrar historias, a llenar páginas de diario,

A llevar bitácoras de viaje y de empresas solitarias y colectivas,

Que uno se pone a llorar en la quilla de un navío y no sabe descifrar las cabalgatas del viento que preceden a la tempestad,

El ritmo acompasado de las estrellas, las constelaciones más rielantes y más cínicas,

La inclinación de cabeza, las ruinas de alguna embarcación y las gotas que se apresuran a delinear un rostro

Y uno termina por perderse en todo el mar que convoca nuestra fábula,

Ante ese mar que marca y desdibuja el destino brumoso de los hombres

Cuando me vi obligado a partir desde Cantón hacia una tierra desconocida

En medio de un fuego estructural, en donde un ferrocarril se abría paso como una mano por un muslo de mujer

Mientras mi joven esposa, se quedó tendida en el piso de nuestra casa invocando que volviese,

No sin antes haber envuelto algunas ofrendas de arroz para mi boca hambrienta

No sin antes haberme tomado de las manos y dejarme todo su perfume de hibisco y de naranjas separadas.

Ahora solo conservo su larga trenza para que la huela y la acaricie y una flor de loto –ya seca, ya semipodrida-

Para que la tierra se me haga presente como sus ojos, terrígenos y terráqueos que ondulan como el resplandor de la cosecha,

Cuando fuimos exuberantes y nos casamos con el primer monzón que bajó de la montaña

Y ella lucía un traje de infinitos colores y yo varias prendas de color rojo para parecerme al dragón que fraguaba las bodas en nuestra familia,

 

Ahora todo eso es recuerdo, todo eso es una pausa lógica

Y sigo escribiendo mi llegada al istmo de Panamá, la fragata del calor, la contradicción de unirnos todos en un tren y dispersarnos en campamentos, según nuestra raza, según nuestras creencias y nuestro lugar de origen.

 

A nuestro lado se entonan algunos cánticos a un dios que no conozco,

Algunas palabras en inglés y miradas con ojos azules que son como el mar cuando se bate con nuevas naves ante su imperante desconfianza;

En otros sitios hay gente de color que no se atreven a mirarnos a los ojos;

Yo empecé a entristecer y mi comunidad no tenía más nada que decir, mientras nos íbamos secando, mientras nuestras ropas parecían que vistiesen virutas de bambú para embarcaciones pobres.

Nos dieron porciones limitadas de opio, éramos los nuevos fumadores de lotos en esta tierra,

La muerte se nos hacia humo y empezábamos a cantar, a cantar y a negarnos todo el silencio

Que nos pateaba las vértebras y la sangre, con toda esa realidad.

Pero resulta que a mí, Ling Fen, me llamaba mi esposa.

Pero resulta que a Lian Tung lo llamaban sus hijos y su madre viuda.

Pero resulta que a Hung Mei le marcaban un sitio hasta el mar para que se sentase y esperase a que las olas vinieran por él y lo llevasen a Cantón:

Pero resulta que a Lian Tung le estaban esperando otro puñado de asiáticos para cumplir su deseo,

Por unas cuantas monedas: troncharle la cabeza e ir a arrojarla al arroyuelo para que se convirtiera en loto danzante.

Otros personajes, más pintorescos que nosotros, se pusieron toda una tarde a sacarle punta

A varias ramas y a varios brazos de especies verdes de estos lados del trópico

Y fueron hundiendo aquella lanza, amelcochada con savia

Hasta que con sangre de garganta, se hicieron de uno de los mejores ritos de suicidio, aplicados en este caserío, engrandeciendo una leyenda.

Hará varias lunas que estas desgracias que hoy ocurren fueron marcadas por el nombre de   este pueblo hace muchos años, algunos siglos antes.

Matachin atrajo la muerte de los chinos y yo observo como el cartel que anuncia

Este fatídico intento, nos hace colgar como mangos de colores en los árboles, sujetados por nuestros moños.

Yo, cansado de tanta nostalgia y de tanto trabajo por el tren, me acerco a mi humilde morral y allí está, solícita, la trenza de mi esposa,

Su obsequio de bodas, allá en Cantón, donde seguro me espera en la puerta, con la cabeza inclinada, sollozando.

Hay una vorágine de cisnes de cuellos largos entre mis piernas, productos de la zona

Y algunos pedazos de pan danzando con las hormigas de la heredad nefasta.

Ya no más lágrimas para Ling Fen, el chinito de los rieles y durmientes.

Tomo la trenza de bodas y la amarro a mi moño inconcluso, cortado a comienzos del verano.

Subo a un corotú corpulento y alto y me enrosco la mata de hebras que libera mi cuello.

Y me dejo colgar y me convierto en un fruto más de Matachin, el gran pueblo del suicidio y de la matanza de los chinos.

Hoy el pueblo yace bajo el agua, bajo la quimera esperanzadora de un Gran Lago.

¿A dónde se quedaron aquellos habitantes de Asia después de aquel lastimero viaje por el Caribe?

¿Qué es lo que sobrevuela por debajo del agua como un ave fénix chino?

Alguien de seguro, al atravesar el Canal o dar una ojeada por la ventana del moderno tren verá el humo que asciende desde la profundidad

Donde están los fumadores de lotos, los que ansiaron un ferrocarril y quedaron siendo hollín de estrellas subterráneas.

El poblado de Matachin fue una de las muchas estaciones intermedias, vecina de Gorgona, Gamboa y Blas Obispo, que se establecieron a lo largo de la línea del Ferrocarril de Panamá.  El nombre había estado en uso desde 1678, cuando apareció en un mapa que luego fue reimpreso en 1684, o sea más de dos siglos anteriores, al dantesco cuadro del suicidio masivo de chinos, que tomó lugar en ese mismo lugar durante la construcción del Ferrocarril.

 

 

Del libro: Viaje solar de un tren hacia la noche de Matachín

(la eternidad a lomo de tren), 2012.

 

 

 

***

 

 

JAVIER ALVARADO. Nació en Santiago de Veraguas, Panamá, en 1982. Licenciado en Lengua y Literatura Españolas por la Universidad de Panamá en el año 2005. Candidato al Master en Bellas Artes en Teatro por la Universidad de Panamá. Ha sido galardonado con el Premio Nacional de Poesía Joven de Panamá Gustavo Batista Cedeño en los años 2000, 2004 y 2007, Premio de Poesía Pablo Neruda 2004 y Premio de Poesía Stella Sierra en el 2007. Poeta residente por la Fundación Cove Park, Escocia, Reino Unido 2009. Mención de Honor del Premio Literario Casa de las Américas de Cuba 2010 con su obra Carta Natal al país de los Locos (Poeta en Escocia). Primer Premio de los X Juegos Florales Belice y Panamá, León Nicaragua con Ojos Parlantes para estaciones de cegueraPremio Centroamericano de Literatura Rogelio Sinán 2011 en poesía con el libroBalada sin ovejas para un pastor de huesos.  Premio Internacional de Poesía Rubén Darío de Nicaragua por su libro El mar que me habitaPremio Internacional de Poesía Nicolás Guillén 2012 por su libro Viaje Solar de un tren hacia la noche de Matachín. Ha escrito a la fecha doce poemarios.

Obra Publicada  Tiempos de Vida y Muerte (2001), Caminos Errabundos y otras Ciudades (2002); Poemas para caminar bajo un paraguas (2003); Aquí, todo tu cuerpo escrito, 2005, segunda edición 2006; Por  ti no pasa nunca el Tiempo (y otros poemas al espejo) (2005); No me cubre de edad la Primavera (2008), Soy mi Desconocido (2008), Carta Natal al País de los Locos, (México, 2011), Ojos Parlantes para estaciones de ceguera (Nicaragua, 2011),  Balada sin ovejas para un pastor de huesos (2011).

 


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