Revista Latinoamericana de Poesía

Revista Latinoamericana de Poesía

post

Pedro Sánchez Ruiz



Pedro Sánchez Ruiz (Cumaral, Meta, 1956) es egresado de la Escuela Normal de Villavicencio y especialista en Literatura Colombiana de la Universidad Santo Tomás, con la tesis de grado Poesía en el aula. Durante veinticuatro años fue profesor de Lengua Castellana en la Institución Educativa Juan Pablo II de Villavicencio, y se ha desempeñado como docente de Literatura en la Universidad de los Llanos y en Uniminuto, sede Villavicencio. Es autor de los libros Poemas clandestinos (1982), Transparencias (2003) y Poemas y relatos (2020), así como de los himnos de la Asociación de Educadores del Meta y del Colegio José Antonio Galán de Cumaral. Es creador y director general del Concurso Nacional de Poesía Ambiental de Cumaral, Meta.

 

 

NO HUBO TIEMPO DE CONTARLOS

 

Esta vez

fueron cinco miembros de la guardia indígena

en el Cauca.

En Corinto y en Caloto

la muerte pasea oronda,

como pasea Pedro por su casa.

También hubo llanto en Tacueyó.

Y el pasado viernes

Toribío se vistió de luto desde el alba.

Allí cayó Dumar Mestizo,

el Muralista al que no dejó seguir pintando

la furia cruenta de las balas.

El desmovilizado Dimar Torres,

treinta y nueve años,

murió de seis disparos

(pudieron haber sido cuatro).

No hubo tiempo de contarlos.

 

 

FOTOGRAFÍAS

 

Con su mirada nerviosa e impaciente,


Francisco repasaba los detalles puestos en la carta.

En ella le contaban de Rogelio,

que varios días ya sumaba su tardanza.

No una

ni dos

sino muchas muertes se agolparon en su mente,

y su corazón pudo más que las palabras.

Enseguida partió tras de su hijo

indagando en las guaridas.

Lo buscó en el billar La Garza roja,

el único del pueblo.

Y caminó hasta el hospital

donde, uno a uno, cien heridos


le mostraron la gravedad de sus heridas.

Lo buscó por Calle larga.

Preguntó en la cárcel.

‘Negativo’, le dijeron.

Describió su talla y estatura,

su manera de hablar y de reírse.

En el muelle lo sorprendió el amanecer

esperando verlo bajar de una curiara.

Veinte días y otros veinte

sin más razones que el silencio.

Entonces alguien dijo que el fotógrafo del pueblo

hacía placas de todos los occisos: los del río,

los sospechosos de hablar con el contrario.

La del valiente profesor

que se negó a pagar la vacuna de la infamia.

La de los campesinos que no quisieron irse.

La de los ambulantes sin paz ni territorio.

Y fue hasta él

y le pidió todas las fotos.

Entonces el horror desfiló antes ojos

y se sentó a llorar entre los muertos.

 

 

INCENDIO

 

El fuego avanzó raudo entre la jungla

del Amazonas brasileño.

Una,

cien,

un millón,

no sé cuántas.

Diez millones, tal vez,

de hectáreas consumidas.

Y el río ardió a pesar de sus delfines.

Las ceiba centenaria

resistió

el primer embate de la candela,

y el roble gigantesco aguantó la repetida.

La anaconda, como un látigo caliente,

deslizó buscando una guarida.

Miles de aves se inmolaron en el aire

cuando el infierno

se apoderó de la espesura.

Entonces el cielo no fue cielo

sino humo.

Una mano criminal había prendido la natura.

 

 

INVIERNO

 

Llueve afuera. Llueve desde el cielo, desde el árbol,

desde el tejado que aguanta adormecido el golpe oscuro de las gotas.

Donde el viento anida el frío y la tormenta. (Conozco su silbido).

 

Arreciando sobre el mundo,

día día,

noche anoche,

la lluvia se convirtió en invierno,

y el río en un gigante tempestuoso.

De nuevo los hilos del cielo desbocados.

Otra vez la brisa turbulenta,

los desmanes del rayo,

el trueno que asusta de repente, la ráfaga que ensordece y que violenta.

 

Anoche supimos de avalanchas,

de cultivos inundados,

de camas mojadas,

de animales muriendo en los torrentes,

de mujeres tristes, sin nada en las cocinas,

de viviendas de pobres

(siempre de pobres)

destruidas, hacinadas en el barro y la ignominia.

 

Mañana será otro día.

Tal vez haya cielo azul y arcoíris

y trinos nuevos

y risas frescas

y haya sol en las rendijas.

 

 

SOBRA LA PREGUNTA

 

El taladro ha vuelto por sus fueros.

Pretende esta vez dar su golpe aleve y homicida

a la estrella hídrica donde nace el río

entre muchos ríos que se juntan.

 

El taladro, además de criminal es terco.

Él sabe que hay un puñado

de hombres y mujeres

dispuestos a la lucha.

Sabe también que alguna vez,

un pueblo entero,

votó NO en la Consulta,

y que dijo «vida» y no «muerte»,

aunque sobraba la pregunta.

 

Y aquí estamos:

grafiteando murales verdes en la esquina,

pintando consignas nuevas en columnas,

coreando en los parques: ¡Agua sí, petróleo no!

y NO es NO.

¡Porque aquí…

el NO es sinónimo de Nunca!

 

 

CHIMUELA

 

Aprendió del vecindario

su temor a las patadas,

y conoció del ‘chite, perra’

y del cubo de agua

acribillando sus costados.

 

De casa en casa anduvo leguas arrastrando el hambre y sus secuelas, husmeando desperdicios, merodeando algún bocado.

 

Atravesó el pueblo a pasos torpes

yendo de un lado a otro lado.

Volvió atrás,

fue delincuente,

y otros ‘chite, perra’

horadaron su corazón diezmado.

 

De repente fue feliz

cuando una mano extendió su palma y le ofreció un lugar en el espacio,

donde es reina y cuidandera,

donde lanza sus ladridos por costumbre,

retoza en los pasillos acuciosa

y responde ante el nombre de Chimuela.

 



Nuestras Redes