Un poeta y el espejismo de la posteridad
Por Andrés Pico Mayorga
Un hombre bajito y andrajoso, esparcido en una acera, gritando poemas en medio de una borrachera frente a un oyente a quien poco parece importarle. Esa fue la primera imagen que me persiguió de Un poeta (2025), la más reciente cinta del director colombiano Simón Mesa Soto, filmada en la aspereza del celuloide de dieciséis milímetros. E inferí de inmediato que contenía, a mi pesar, uno de los grandes miedos de todo poeta joven: verse viejo y sin reconocimiento, con la única posibilidad de aceptar la sentencia donde no obra juez, sino la propia sociedad: el olvido.
Si bien Un poeta explora una visión tragicómica de las desventuras de Óscar Restrepo (Ubeimar Ríos), aborda situaciones propias de quienes hemos buscado oportunidades en las letras más allá de escribir; es decir, ser leídos. Es en esa frustración donde el propio Mesa Soto, para bien o para mal, ha expresado que concibió la cinta por la necesidad imperiosa de reírse de sus propios dilemas como artista. Vemos a un Óscar que despluma a su madre y que, antes de aceptar cualquier empleo convencional, pide apoyo a sus colegas para dar clases en una escuela de poesía. Cuando le cierran esa puerta, se abre otra: una entrevista para promocionar sus poemarios. ¿Cómo no iba a marearse ante la promesa de semejante exposición? Pero se ve atrapado en un programa de farándula, entre un reggaetonero y una presentadora que le pide recitar poemas de amor. ¿Quién hoy escribe a conciencia un poema de amor? Alguien enamorado, podrían asegurar; aunque un poema de amor escrito con oficio, ante el escrutinio de un lector novato, no será un poema de amor. Habría que añadir entonces: alguien enamorado con nulo oficio de poeta.
Cuando Óscar intenta empujar a Yurlady (Rebeca Andrade) hacia un concurso literario, lo que vemos en pantalla dista de ser un acto de generosidad pedagógica. Se trata del esfuerzo desesperado de un hombre por redimir sus propios tropiezos, un intento velado de legitimar su existencia al colgarse de la genialidad ajena. Al atestiguar su decadencia, la pregunta surge sola: ¿en qué recodo exacto del camino caducan las promesas de la posteridad? El poeta novel opera durante la veintena bajo un espejismo casi narcisista: romper los moldes, acumular adeptos, merecer una exposición masiva, como si por el simple hecho de escribir debieran agotarse los tirajes. Lo alimenta una cultura literaria que premia la promesa antes que la obra, que celebra al joven talento mientras dura su juventud y luego mira hacia otro lado. Un día el poeta despierta sin el apelativo de "joven" y, con un duelo retenido cada mañana frente al espejo, descubre que su momento ha caducado sin que nadie le avisara.
Ese mal sabor lo maneja sublimemente Un poeta. Ha transcurrido tanto tiempo desde que Óscar escribió algo que debe recitar versos disonantes con su yo presente, versos que ya no le pertenecen del todo, firmados bajo otra piel. Sí, en definitiva, Óscar es un poema muy triste.
He leído reseñas negativas, en especial de poetas, que proclaman que la percepción que plasma la película es deplorable por una razón sencilla: la realidad del poeta latinoamericano no se desenvuelve de esa forma. Pero ¿no es esa la labor del cine?, ¿explorar los extremos para potenciar el argumento hacia niveles impensados? No hubo gremios de taxistas enardecidos cuando Martin Scorsese estrenó Taxi Driver (1976) —y si los hubiera habido, habrían confirmado precisamente que la película tocó un nervio real. El arte no se enfoca en retratar, sino en desestabilizar. No obstante, no se puede ignorar que los poetas rara vez hacen de la poesía su profesión a tiempo completo; es más, no sé si un poeta solo aspire a vivir de su poesía. Siempre navega: de la poesía a la prosa, a la crítica, a la opinión, a la traducción, a la edición, a los talleres, o a la polaridad de una profesión ajena y condenatoria —medicina, economía, leyes, psicología—. Y ese ciclo es invivible: de ocho a seis la mente se sitúa en la dependencia del dinero, mientras que por las noches se goza con el proceso de escritura y el anhelo de que eso que escribes en la soledad del ordenador te abra las puertas precisas para abandonar el trabajo convencional.
Después aparece esa flama por dar forma física a lo que estuvo meses, o años, en un cuaderno tachado o en la pantalla del ordenador. Quienes hemos transitado los catálogos de la edición independiente sabemos bien que la publicación de un poemario nace, en la gran mayoría de los casos, condenada a un tiraje que casi nunca supera los trescientos ejemplares. Y ni siquiera esos libros logran permear las rígidas barreras de distribución. Terminan por circular en un circuito cerrado, una especie de trueque melancólico entre los propios autores. Si el poeta supo construir un networking razonable con otros poetas, escritores, ensayistas y comunicadores, lo más probable es que el olvido no aparezca en un chasquido: publicará un par de poemarios, ese círculo lo respaldará, pero lo más seguro es que no haya segunda edición, ni se terminen vendiendo esas primeras trescientas copias. Solo entonces vendrá el olvido. Nos leemos entre nosotros para convencernos de que el batallón de lectores existe, cuando en realidad se reduce a un puñado de críticos de nicho y leales conocidos.
Un poeta triunfa precisamente porque dinamita la complacencia de este sistema. Lejos de encarnar al héroe trágico incomprendido, el protagonista se nos revela como un hombre acorralado por su propia mezquindad. Sabe que su capital cultural carece de demanda —aun cuando lo reniegue— en un mundo que exige voces nuevas que expresen el resentimiento personal de su periferia.
¿Qué le depara entonces a la poesía de hoy? Más poetas con menos espacio en las estanterías. No es una paradoja, en realidad, es el precio de una democratización que nadie quiso pagar. El final de la película ensaya una respuesta que contiene una revelación interesante. Óscar busca con la poesía redimirse, ya no mostrarse, ya no prolongar la ponderación del yo frente a las heridas propinadas a quienes ama. Por eso, cuando abrazaba a su hija mientras de fondo se recitaba el último poema que había escrito, no pude contener la emoción: en el fondo todos, en alguna ocasión, hemos estado tan tristes que hemos intentado escribir un poema feliz.