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09 Abr 2021 / 10:46 am

 

Compartimos una selección del poeta costarricense Daniel Araya Tortós (Pejibaye, 1998). Actualmente, es parte del equipo editorial de Nueva York Poetry Press, editorial con la cual publicó Reposo entre agujas, su ópera prima, en el año 2019.

 

 

 

 

 

ANTES DE LA TIERRA

Recuérdenme ir desnudo a mi funeral.
Sí. Desnudo, en pelotas.
Quiero ir allá y ver al muerto en todas sus edades:
el niño, el decepcionado, el de hace un segundo;
el enamorado, el roto, el que no tiene anclas
como para sostener una vida, esta vida.

Pongan 17 ladrillos en su nicho;
entiérrenle todo, menos las piernas;
no le quemen la cabeza.
Si le da la gana volver, que vuelva;
que crezca moho en los espacios vacíos;
maleza sobre su tumba o césped de sus ojos.

No le hagan ceremonias, protocolos ni nada.
Si alguien lo acompaña, que también vaya desnudo
al funeral.
Lo enterraremos, encerraremos y quemaremos
todos desnudos y nos iremos de fiesta,
a descansar, a echarnos a llorar un año, dos, mil.

Volverá, espero.
Volveré, espero.
Desnudo, con frío, sin ganas de vestirme;
puede que hasta sin ganas de vivir.

Que el alma muera y resucite
solo con su consentimiento
y se dé el derecho, al menos,
a una oportunidad.

 

 

 

 

 

RE-TORNARE

Los caminos a Patria del pez
siempre abrazan con bramidos de verde
y el uroboros de lo amado que nos desconoce.

Desconozco cual pacto con dios
o gota de sangre de Urano
dio parto a esta palabra cerámica
donde siempre está nublado.

Solo noto, al buscar un significado
a los tallos, que un niño observa
al mismo punto que yo
y pregunta.
Sí, las mismas preguntas que hice
y ahora me parecen estúpidas:
“¿Ya casi llegamos, mami?”.
“¿Cuál es ese árbol?”.
“¿Viste esa montaña tan alta?”.

Tenemos las mismas facciones.
Él tiene las manos más frescas
y yo la conciencia más cargada
y unos cuantos pies que no me llevaron
a sitio alguno más que a mi vientre.
Ahora, también tenemos las mismas preguntas.

Le pregunto por la mujer que no sabe que existo;
por qué algunos motociclistas tienen
la necesidad de hacer tanto ruido;
por qué a la poesía le va tan mal cotizando en bolsa
y desde cuándo se ve el otoño
en pleno centro de América.
Su mirada me dice nada.
Nada, la misma respuesta que tengo.

Sus pequeños dedos de percusionista
me recuerdan que quizás debería bajarme
de aquí bailando, con los pies de frente
y terminar con vuelta carnera.

No sé terminar un poema como no sé
cuál pie bajarme del autobús,
plantarme ante una audiencia
o pedir perdón.

El niño me mira a los ojos
y lo sé ahora.
Me bajaré saltando de la ventana,
sin pedir parada ni auxilio.
Apenas empiezo el viaje
y en una curva ciega podría terminarse.

Total.
Los poetas, los choferes de autobús
y los recién nacidos
andamos tan lejos para volver a nada.

 

 

 

 


DOMINÓ DE LÁPIDAS

En Pejibaye, la muerte
es un dominó.
Cuando muere alguien,
todos compran ataúd,
alistan el pan, el aguadulce
y los abrazos falsos necesarios.

Hay fosas que parieron selvas;
Nunca entran veinte ladrillos exactos
y tiran cemento para que las almas
permanezcan fugitivas y las mentiras sigan.
Verán niños correteando sobre los nichos,
bajando las gradas y
gritándonos que el llanto es monosílabo
e igual necesita cesuras.

Veinte ladrillos pueden cubrir un
nicho en el cementerio de Pejibaye;
una sola muerte basta para saber
que vendrá pronto el alud de cadáveres.
La gente cierra las ventanas,
abraza a sus enfermos,
cuida los fósforos de encenderse
demasiado pronto, demasiado tarde.
Cuando abren un ataúd, el recuerdo
se viste del viento que ondea las banderas
y los temores.

La muerte aquí tiene el pelo rugoso
y las manos de adolescente.
Camina con cinco mil identidades
y un nombre tibio, cotidiano:
Juana, Mario, Eduardo.
Poco importa su rostro, su andar
o la estúpida idea de temerle.
En Pejibaye, la muerte
es un dominó y huir de ella
es tan inútil como dudar más
de la navaja, de la casa propia
que del grito de los niños.

 

 

 

 

 

TUERCA AUSENTE

Hay una tuerca faltante en un edificio.
Quedan segundos para que caiga
entero, desde los cimientos.
Cuando pase, una casa se destruirá
bajo el peso de la torre.
Habrá una empresa con un edificio caído,
una denuncia en su contra y otra por hacer.
Perderá los tres pleitos y cae en bancarrota.
Sus inversionistas también quiebran.
Empiezan las dudas en todas las constructoras
y en todas las empresas.
Las bolsas de valores caerán.
Habrán cierres y caerán empleos.
Los gobiernos (y esto no cambia)
buscarán antes salvar a los empresarios
que a la gente.
Habrá movilización, caos, rabia,
crueldad policial, saqueos, más hambre,
más pobres, más caos, más rabia, más...
Caen otras industrias, todo se quiebra
en los cristales de la multitud ciega.
Muertes masivas. Suicidios, crueldad, hambres,
idealistas que no toman el acto,
actantes sin ideales reales más que una cuenta llena.
Entre heridos y enfermos, la sanidad colapsa.
Muertos en las calles, ante el garrote de una
esfera que se niega a morir.
Las revoluciones fracasan, aún sabe matar
ese garrote.
El uroboros muerde su propio ojo.
No quedan recursos y solo viven quienes
nunca supieron hacer algo, sino explotar.
La sangre pavimenta el paso de los truenos;
muere de hambre la naranja con melena.
El canto del grillo es la última bala disparada
sobre la tierra
y nadie le sabrá echar la culpa
a una tuerca que tengo en mi bolsillo.

 

 

 

 

 

REMODELAR EN MALA HORA

Amanecí en la sala;
no… bueno, sí, sobre la cama.
Había que desalojar la habitación.
Desnudo, pero debo empezar.
Desde el desabrigo se nace,
se muere y se renace.

Hay que correr la basura:
mesas, cajas, escritorio, muebles;
la cama estuvo fuera desde siempre.
Sobra el polvo, hay que barrer una hora,
sacudir los relojes para que haya tiempo.
Atrapo monedas; una alergia, dos alergias;
poemas en llamas y cenizas en blanco.
Un muñeco mal vestido y el gato de la infancia.

Veo un rodapié tan estorboso como una planta.
Urge arrancarlo. Duermo con comején entre los dientes.
Saco barrenillo, más polvo, otras cinco alergias.
Donde estuvo una cama encuentro lágrimas
Para las noches en que sean necesarias.
Hay paredes rotas, un juguete con frío;
Libros desechados y cartas de febrero sin destinatario.

Caras para ocasiones imposibles,
un hoyo que llega a otras diez habitaciones
y silencios que se filtraron hasta la prensa.
Aquí todo está roto.

¿Y con la habitación?
No, aún no empezado.
Sigo desnudo en la cama.

 

 

 

 

 

Daniel Araya Tortós (Pejibaye, Costa Rica, 1998). Es estudiante de la carrera de Filología Española en la Universidad de Costa Rica. Ha formado parte de varios talleres literarios y participado en varios recitales de poesía a lo largo del país. En el año 2019, con el poema “Sobre una última caminata en el mar”, apareció publicado en la Antología Y2K de poesía y microcuento, organizada por la Editorial de la Universidad de Costa Rica. Asimismo, varios de sus textos fueron publicados en las revistas Altazor, Norte/Sur y Campos de plumas. Actualmente, es parte del equipo editorial de Nueva York Poetry Press, editorial con la cual publicó Reposo entre agujas, su ópera prima, en el año 2019.

 

 


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