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29 Dic 2020 / 14:37 pm

 

Un poeta llamado Byron con un libro que se titula Adamar podrían hacernos creer que otra vez un amante se lanzará al fuego para que el mundo sepa que murió de amor. Pero no. Este poemario, a pesar de que se quema la lengua a la orilla del deseo, esquiva bien los clichés de lo amatorio.

Adamar es un sitio que existe más allá del mar y la memoria de las aguas. Al igual que en el mítico Altazor de Vicente Huidobro aquí el poeta se lanza al vacío. Bucea en lo profundo de sí mismo, toca la pared del Hades y regresa sano y salvo a tierra firme.  

Adamar es, en resumen, un viaje de aventuras: una expedición poética que degusta las geografías del cuerpo humano y el universo que lo circunda.

Byron Ramírez sabe bien el oficio de conjuntar ideas de la tradición literaria para usufructo de lo estético. Según sus palabras: “Todo lo une/ el poema/ y todo lo separa”. Así es. El descamino es el camino que sigue la poesía cuando entiende su misión irreverente. Esto y más encontrará el lector en el periplo que propone este libro.

                                                           Carlos Manuel Villalobos-Escritor

 

 

 

 

III (DECLARACIÓN DE RUTA)

Como tortuga que retorna
me tambaleo,
me arrastro en línea recta
rumbo al vientre de los años.
No tengo alas que me pesen.
No tengo raíz sobre esta tierra.

Reafirmo lo que mi cuerpo clama,
la boca semiabierta
de esa mujer que me conoce,
reafirmo todos los libros transitados,
la ciudad que me persigue.

Como tortuga que retorna
me dispongo a la marea.
Tocado por el agua, me vinculo a la caricia:
soy un hijo nuevo que perdona
su conciencia solitaria, el absurdo.

La última ola llora sal sobre mi abdomen.
La ola siguiente bautiza mi pecho sin dudarlo.

Como tortuga que retorna
me abro el caparazón. Suspiro,
resguardo en mis pulmones el caos primigenio,
la razón del huracán que desahoga a Dios
en su colapso.

Tocado por el agua,
como tortuga que retorna,
me declaro en pie sobre este mundo.

Reconozco que esta voz
necesita del aire, como el fuego.
Reconozco que estos huesos
son tan solo un soplo de destino
sobre el barro.

 

 

 

 

 

IV (RETRATO)

Todo lo une
el poema
y todo lo separa.

 

 

 

 


VI (BUSCANDO)

naufrago por los siete mares
buscando voces solitarias
Idoia Fradejas

Que nadie pague esta condena
que nos crece entre el pecho y la garganta,
tan real como la sed un día de amares,
tan natural como la boca buscando al seno.

 

 

 

  

 

 


LA MUERTE LLAMA

Adán atiende. Ha intentado antes
deshacer el vínculo que lo condena al polvo.
Esta vez es distinto.
Se descobija del temor -maldita lucha-
suplicando a la noche un instante,
para configurar el gusto de su propia tierra
en otro mundo,
a imagen y semejanza de lo ahora concebido:
las raíces del pecado, la montaña sin ojos,
el sabor de esos lunares; el origen,
la creación que, consciente de su propia sangre,
se declara santa en la caricia ajena.
La muerte llama. Adán atiende.
La reconoce en la lejanía más íntima.
La espera, desarmado, junto al río,
saboreando un último fruto, enfermo de preguntas.
La muerte llega. No saluda.
Adán tiende la mano a su sombra
-alguien observa-
             y la sombra lo reclama como suyo.

 

 

 

 

DESAMPARADOS

I
Son estas calles prohibidas
las que recorrí dormido alguna vez,
de norte a sur,
las que aguardaron los secretos
de mi infancia, los juguetes rotos,
los libros de más y mil retratos.

Todo se ha perdido.
Aquí donde estamos ahora,
(estatuas de cal bajo la lluvia),
alguna vez surgieron otros huesos,
otras palabras con mayor sentido
y se izaron campanadas en señal de libertad.

Alguien habló de tiempo.
Mañana existirá otro pueblo.
Mañana nos sentaremos a beber del pasado
sin tanta desidia
taladrando nuestras sienes.

II
Pero yo no hablo de esperanzas,
pues la poesía nada sabe
de esa luz que se desvive
por no apagarse en nuestro aliento
y que se aferra con las uñas
a un horizonte nuevo, tan lejano.
La poesía solo sabe del dolor,
de ese barrio que nunca descansa
pues no puede cerrar sus ojos
un segundo, sin presentir la bala saliendo de la boca
como una boa entre los árboles,
el cuerpo tendido de un estudiante sobre el asfalto,
el policía lavándose la sangre en casa ajena
repitiendo de memoria sus excusas,
mientras el ruido de las sirenas
rompe el silencio en azulejos.

La poesía solo sabe del dolor
cuando el escalofrío se apropia del oxígeno
y no se puede mirar al cielo
sin sentir el calor amargo de esa daga
perforando el esternón
o la amenaza de ser arrebatado del mundo
por el mundo,
o el desequilibrio
que supone ser humano
a mitad de un destino sin memoria.

Y no tenemos manos enormes
para arrancar las fronteras, una a una.
Y no tenemos mejor forma de gritar.
Y no tenemos más armas
que el simple acto de escribir hasta la sangre
lo que nos asfixia,
lo que nos ofrecen y nos quitan,
lo que nos obliga a desconfiar del vecino
con tanta rabia y necedad.

III
Son estas calles prohibidas
las que ahora regresan a nosotros
en forma de buitres o de sueños
y se abren para nosotros como avenidas,
sin que podamos caminarlas
con estos pies empapados de sangre.

 

 

 

 

Byron Ramírez (San José, Costa Rica, en 1997). Cursa la licenciatura de Filología española en la Universidad de Costa Rica, donde también realizó estudios en Filosofía. Se ha desempeñado como editor literario y articulista en diversas instituciones. En el 2017 fue ganador del Certamen de Poesía joven organizado por la embajada de Estados Unidos en Costa Rica y finalista en el Certamen Emilio Prados, en España. En el 2018 obtuvo el primer lugar en el Certamen Nacional Brunca organizado por la Universidad Nacional Autónoma de Costa Rica (UNA) en la rama de poesía, con su libro Principio de Incertidumbre. Ha publicado Entropías (2018), en Estados Unidos. Gran cantidad de sus poemas han sido publicado en diversas revistas y antologías alrededor del mundo. Fue coordinador y editor general de la Antología de Nueva Poesía Costarricense (2020). Su segundo libro, Adamar, fue publicado recientemente por la editorial Poiesis, en Costa Rica.

 

 

 


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