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25 Mar 2016 / 08:48 am

 

LOS DÍAS Y EL TRABAJO

Mi padre volvió por estos maderos.
Estuvieron sepultados muchos años;
soportaron tablas, lluvias, oscurana.
Estos maderos flotaron en golfos de humedad;
sobrevivieron a generaciones de nombres y de insectos,
a los dominios del polvo,
pero mi padre volvió por ellos.
Cuando los desenterró,
apartando cajas, muebles,
materiales del olvido,
brillaron igual que espadas en la oscuridad.
Pronto el golpe del martillo nos llegaba desde el patio
hasta la cocina,
desde donde observábamos a mi padre
trabajar sin prisa;
yo veía sus manos sostener
ese nuevo cuerpo hecho de sudor, clavos y aire.
Algo tienen de infancia y de sueños,
de olvido y sol de mayo,
de viaje a través del tiempo, estos maderos.
Instalada en medio de la sala
como un antiguo trono recuperado,
los días pasaron otra vez con la silla
mientras imaginaba a su primer dueño:
ese abuelo que no conocí
leía el periódico,
igual que ahora mi padre,
quien recuerda cómo años atrás
su padre
le acariciaba el pelo,
y tranquilas pasaban las tardes
alrededor de esta silla.

Audomaro Hidalgo


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