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26 Mar 2016 / 11:44 am

 

LATENCIA NEVADA SOBRE LIENZO ROJO

 

Nota y selección por Yenny León

 

 

Hay una obra cuando en ella se compromete el alma. Con la poesía de Anna Ajmátova (1889, Bolshói Fontán, cerca de Odessa-1966, Domodédovo, cerca de Móscú)  nos encontramos entonces frente a una obra firme que en su tiempo arremetió con la fuerza imperiosa de un huracán nevado que hiere las entrañas de un sol rojo.


Como ondas húmedas que se abren desde el interior de la noche, los versos de Ajmátova nacen desde el estremecimiento que supone imprimir hasta la última gota de la voz en versos que abren mil puertas a pesar de la censura y la guerra.


Con la arrogancia y la dignidad inherentes de quien lucha por ser fiel a cada palabra escrita o pronunciada desde el centro de sí misma, la poeta rusa dejó en claro hasta sus últimos días que el terror y la abominación no pueden sobreponerse a un alma conectada hasta la médula con los gritos de su raíz. Así, escribió en los cuatro primeros versos de Réquiem, añadidos al libro en 1961:


“No, no bajo la bóveda de un cielo extranjero,/ no al amparo de unas alas extranjeras./ Yo estuve con mi gente entonces,/ allí, donde mi gente, por desgracia, estaba”.


Y es que esta conexión de fuego y sangre junto con un altísimo coraje fueron las que le permitieron a su voz erigirse sobre un mar de penumbras a pesar del aislamiento, la vigilancia, el asesinato de sus seres más queridos, los insultos, el veto al que fue sometida en Rusia durante dos décadas por no ceder ante los más oscuros delirios del régimen bolchevique, la tortura y la gangrena mental con la que la KGB infectó a su hijo, entre otros cientos de vejaciones que no pueden nombrarse. A este respecto, cabe citar los versos de la poeta norteamericana Muriel Rukeyser: “¿Qué ocurriría si una mujer contara la verdad acerca de su vida? El mundo se desintegraría”.


Puede afirmarse entonces que en los versos de Ajmátova hay una fecundidad terrible que siempre da más, como aquella curva de la inocencia que no se sella ante la intemperie y se continúa por fuera de lo abarcable.


Sin renunciar al tanteo y a la incertidumbre profunda que supone sobrevivir con las brasas de la injusticia punzando sobre cada tramo de la vida, la poesía de Anna Ajmátova, alejada de la doctrina y la invasión, posee un temblor que atraviesa todas las pruebas y busca limpiar la propia conciencia de los desechos impuestos por otros.


La necesidad ineludible de forjarse una identidad de acero que la salvaguardara del sometimiento fue, durante muchísimos años, el filo de la espada que le permitió abrirse paso en medio de un horror pétreo. Y es que su obra manifiesta siempre la supraconciencia de que el peor acto violento contra sí mismo es no atreverse a ser lo que uno es realmente, así esto suponga estar en contra de la vida misma.

 

 


Último brindis

Bebo por la casa destruida,
por mi vida terrible,
por la soledad entre los dos
y por ti yo bebo.
Por la mentira de los labios traicioneros,
por el frío mortal de los ojos,
por el mundo brutal y tosco,
por lo que Dios no salvó.

 

1934
(Del libro La caña)



Nosotros no aspiramos soñolientas amapolas
ni conocemos nuestra culpa.
¿Bajo qué signos estelares
hemos nacido para nuestra desgracia?
¿Y qué brebaje infernal
nos trajo la oscuridad de enero?
¿Y qué resplandor invisible
nos enloqueció antes que la luz?

 

11 de enero de 1946
(De Séptimo libro, ciclo Cinque)


En realidad

Y se marcha el tiempo, y se va el espacio,
una noche blanca me lo ha revelado todo:
y el narciso en el cristal sobre tu mesa,
y el humo azul del cigarrillo,
y aquel espejo, donde podrías reflejarte ahora
como en el agua limpia.
Y se marcha el tiempo, y se va el espacio…
pero ni tú puedes ayudarme.


1946
(De Séptimo libro, ciclo El escaramujo florece)


Tú me has inventado. No existe en el mundo
alguien así. No podría existir.
Ni los médicos curan ni los poetas alivian,
la sombra de un fantasma te perturba día y noche.
Nos encontramos en un año monstruoso,
cuando las fuerzas del mundo se habían agotado,
todo estaba marchito y enlutado por la desgracia,
y sólo las tumbas eran frescas.
El talud del Neva, sin faroles, era negro azabache.
La noche sorda se erguía alrededor, como un muro.
¡Entonces mi voz te llamó!
¡Qué hice! Yo misma aún no lo entiendo.
Y tú llegaste a mí como una estrella conocida,
huyendo del trágico otoño,
hacia aquella casa desolada para siempre,
de donde salió una bandada de poemas incinerado.


1956
(De Séptimo libro, ciclo El escaramujo florece)

 



Trece versos

Y finalmente pronunciaste una palabra,
no así, como aquellos… de rodillas,
sino como el prófugo que mira
la copa sagrada de los abedules
a través de un arcoíris de lágrimas involuntarias.
Y a tu alrededor cantó el silencio
y se llenó de sol la oscuridad,
y por un instante se transfiguró el mundo
y extrañamente cambió el sabor del vino.
E incluso yo, que debía ser asesina
de la divina palabra
callé casi con piedad
para prolongar la vida bendita.


8-12 de agosto de 1963
(De Séptimo libro, ciclo Poemas de medianoche)


Visita nocturna


  Todos se fueron y nadie regresó

 

En la calle cubierta de otoño
no esperarás.
Tú y yo volveremos a encontrarnos
en un adagio de Vivaldi.
Las velas, de nuevo pálidamente amarillas,
serán exorcizadas por el sueño,
mas, el arco del violín no preguntará
cómo entraste en mi casa nocturna.
En mudo y mortal gemido
pasarán las medias horas,
leerás en mi mano
los mismos milagros.
Y entonces, tu angustia
convertida en destino
te llevará de mi umbral
hacia mares glaciares.


Komarovo, 10-13 de septiembre de 1963
(De Séptimo libro, ciclo Poemas de medianoche)



Aunque la tierra no sea entrañable,
es inolvidable para siempre,
y el agua del mar
tiernamente helada y dulce.

La arena del fondo es más blanca que la cal,
el aire embriaga como el vino,
y el cuerpo rosado de los pinos
se desnuda a la hora del crepúsculo.

Y el mismo crepúsculo en las ondas del espacio
es tal, que no distingo si es
el final del día o el final del mundo,
o acaso el misterio de los misterios en mí nuevamente.


1964
(De Séptimo libro)

 



Nochebuena (24 de diciembre)


ÚLTIMO DÍA EN ROMA

 

El cierre de un ciclo reciente
es tan difícil para el corazón,
he abandonado muchos hábitos en la vida
y ya casi nada me hace falta.

Creo que los pinos de Komarovo
hablan en su propia lengua
y como primaveras aisladas
se yerguen en los charcos, bebiéndose el cielo.


1964
(De Poemas no incluidos en libros)

 

 

***



Referencias bibliográficas:


Ajmátova, Anna (2009). Algo acerca de mí. Traducción directa del ruso: Belén Ojeda. Caracas: bid & co. Editor.
Prado, Benjamín (2001). “Anna Ajmátova, la emperatriz errante”. Los nombres de Antígona. Madrid: Aguilar, p. 17-62.

 

***

 

ANNA AJMÁTOVA - Poeta rusa nacida en Odessa el 23 de junio de 1889. Hija de una noble familia de origen tártaro, estudió latín, historia y literatura en Kiev y en San Petersburgo.  Se casó con Nikolái Gumiliov en 1910, el más sobresaliente escritor del grupo acmeista, con quien viajó por Italia y Francia. Lectora incansable, leía en sus lenguas originales a Baudelaire, Dante, Horacio y Shakespeare. Durante muchos años fue silenciada por el régimen soviético. Sus poemas se prohibieron, fue acusada de traición y deportada. A su regreso a Leningrado, en 1944,  produjo su obra más importante, "Requiem",  publicada apenas en 1963. En 1965 fue nombrada Doctor Honoris Causa por la Universidad de Oxford. "El correr del tiempo", su última obra, es un balance de su trayectoria de 1910 a 1965.  Falleció en Moscú eL 5 de marzo de 1966.


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