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12 Feb 2019 / 08:23 am

Identidades subalternas: La apuesta de Carlos Polo en Es de noche cuando los gatos son pardos

 

Por John William Archbold

En el año 1998, el escritor Juan Gabriel Vásquez subrayó en una reseña la escasa prominencia que el género negro había tenido en la tradición narrativa colombiana. Esta percepción, aunque generalizada, no es del todo exacta. Unos años después el crítico Hubert Poppel publicó su libro La novela negra en Colombia (2001), un estudio exhaustivo de la presencia del género en la literatura nacional, donde no sólo demostró que ya existía un importante catálogo de obras que exploraban sus características bajo las condiciones particulares de nuestros contextos, incluso antes del apogeo de la novela sicaresca, lo cual deja claro que el problema no era de producción, sino de estudio y sistematización por parte de la crítica especializada. Es interesante que, en su análisis, Poppel valora particularmente las propuestas de varios autores originarios del Caribe colombiano, tales como Oscar Collazos, Ramón Illán Bacca y Carmen Victoria Muñoz, quiénes en su concepto tomaron la historia de la región como principal insumo, en lugar de las desgastadas fórmulas que abusan del suspenso utilitario y forzoso.

Por estas razones, es imposible observar como un hecho aislado la aparición de Es de noche cuando los gatos son pardos (2018), la última novela del escritor barranquillero Carlos Polo, y la cual resultó ganadora del Premio distrital de novela “Estuario” en el año 2018. Esta obra, al igual que las de los autores antes mencionados, utiliza los recursos tradicionales de la novela negra para desnudar los ambientes sórdidos que se ocultan detrás del brillo del sol del Caribe, escenarios que acogen tragedias que saben mantenerse ocultas, bajo un silencio que también es parte de nuestro paisaje.

La historia es narrada por un poeta que finge ser periodista para ganarse la vida; este cubre la sección de judiciales del diario local “La gaceta”, el más destacado de la ciudad. El protagonista vive una progresiva decadencia personal, ya que, de ser un cronista prometedor, pasó a convertirse en un ente desanimado e incomprendido, hastiado por la sangre y la violencia que satura las páginas que se imprimen con sus escritos. Eso sumado a su alcoholismo incontrolable, el abandono de su mujer y la separación de su hija, termina por hundirlo en un derrotero indefinido y sin expectativa alguna, refugiado en uno de los sectores más deprimidos de la ciudad, por donde pululan prostitutas, jíbaros y peligrosos delincuentes. Su vida no parece tener sentido hasta que un asesino en serie empieza a atacar chicas jóvenes en un municipio cercano, cuyos cadáveres ultrajados va dejando dispersos sin rastro de vergüenza. Todo ante la incompetencia de un cuerpo policial que es un instrumento servil a los intereses de la clase política, y una comunidad indefensa ante la manipulación de los medios y sus vicisitudes cotidianas.

Quienes conocen la obra de este escritor tienen claramente identificado su interés por los contextos marginales y los personajes que allí confluyen, pero en este caso, llama mucho la atención la confección del protagonista desde el cual se enfoca la historia; un hombre que, al igual que muchas personas que lo rodean, estuvo cerca de lo que la sociedad conoce como éxito, pero que ante una mala jugada del destino, y quizá cierta dosis de repulsión, eligió la periferia como habitación permanente. El protagonista, sin embargo, mantiene cierta cercanía con las esferas del poder y sus herramientas, y desde ellas se opone tajantemente a sus propias dinámicas, lo cual vemos reflejado en una ocasión en la que desobedece las recomendaciones de la policía e invoca el estupor al insinuar que hay conexiones entre los asesinatos. Desde sus propias limitaciones intenta una y otra vez situarse por encima de las injusticias, de la tergiversación de la información y la desigualdad que encuentra en su propia condición de subordinado. En síntesis, el perfil del protagonista coincide plenamente en el concepto de “subalterno”.  

Los estudios subalternos son una herramienta de análisis en la crítica literaria que, a partir del estudio de Antonio Gramsci, así como muchos otros teóricos latinoamericanos y asiáticos, intenta analizar la posición de los subordinados ante los sistemas de dominación. El estudio de la subalternidad se interesa por determinar los mecanismos a través de los cuáles los individuos adquieren consciencia de su propia situación, y se enfrentan a ella a través de acciones simbólicas y negociaciones materiales que terminan por desestabilizar (y en algunos casos robustecer) la estructura tradicional del poder.

Es curioso que el mismo Gramsci entendía la importancia que tenía la novela policíaca, y por ende la novela negra, en la reproducción de las nociones y estructuras del poder. En sus Cuadernos de la cárcel (1941) este filosofo explica que el enfoque que se proyecte en este tipo de género condiciona unos arquetipos que tienen una poderosa influencia en el espectador. Por ejemplo, la novela que idealiza al policía, su inteligencia y sagacidad en la solución de un misterio, repercutirá en una mayor admiración del lector ante su clase. Siendo el policía un representante del poder oficial, esta imagen también repercute en la visión que tiene el lector de los estamentos que lo preceden. Por otro lado, aquellas obras que resaltan estos valores en la figura del ladrón o el delincuente, ensalzan la rebeldía y la oposición ante la ley y las instituciones.

En esta novela podemos observar una perspectiva muy auténtica, por lo menos en lo que a literatura colombiana se refiere, y es que la idealización recae sobre el periodista, una figura externa a la actividad criminal, pero que se convierte en el verdadero afectado por la misma, ya que no la ve desde la distancia morbosa que conserva el espectador, ni como una cifra incómoda que debe combatir, como es el caso del policía. El periodista toca la tragedia de cerca, es testigo de la misma por dentro y por fuera, tanto en el horror del cuerpo masacrado, como en el dolor de sus parientes. Crimen a crimen, la novela nos muestra a un sujeto que sufre la tragedia de un modo personal, al punto que empieza a sentirse acosado por los espectros de las víctimas; por eso abraza como suya la obligación de contribuir a la resolución del misterio. Al aterrizar la figura del héroe, Polo combate su consonancia como una entidad superlativa y la reduce a una situación de conciencia y responsabilidad ante la sociedad. Esto también se ve reflejado al final de la novela, donde el protagonista reconoce sus propias limitaciones para intervenir en la resolución del caso, por lo que termina encontrando en la literatura un arma que le brinda sus únicas posibilidades de acción, de reflexión, y especialmente un mecanismo para preservar la memoria. Esta conclusión también se convierte en un reconocimiento al carácter subalterno de la literatura, y como esta se proyecta como un medio de poder, capaz de desafiar al poder mismo.  

En cuanto a los aspectos técnicos, es ya conocido el estilo narrativo y especialmente la configuración de lenguaje que Carlos Polo ha seguido en sus escritos. Si comparamos su estructura con La suerte del perdedor, su novela anterior, esta narración tiene un marco más accesible, coordinado y uniforme. En cuanto a ese lenguaje cargado, que se vale constantemente de la adjetivación y que recurre continuamente a la pirotecnia lingüística, Polo encontró un camino interesante para equilibrar las críticas que su estilo ha suscitado en muchas ocasiones. Ya Polo había demostrado en su libro de relatos Las malas noticias llegan primero, que puede hacer uso de un lenguaje más austero y sosegado, pero en esta ocasión logra un equilibrio que se suma a los focos de interés de la obra. La novela se vale de dos narradores, uno en tercera persona, completamente omnisciente que nos acerca a la intimidad de las víctimas antes de su muerte, y por supuesto, la voz directa del narrador, que desde su subjetividad y particularidad de poeta frustrado justifica plenamente el uso de ese lenguaje tan característico. La evolución de este dispositivo de lenguaje será uno de los grandes retos para este escritor en sus próximos trabajos.   

Para concluir, es importante destacar que Es de noche cuando los gatos son pardos tiene un gran mérito, y es la introducción de un discurso subalterno en el desarrollo de la novela negra, una configuración que, a pesar de ser frecuente en este género, nunca había estado presente en las obras producidas en la región, y probablemente en el país. Ello implica una perspectiva enriquecedora para la definición y discusión de las identidades subalternas en nuestro medio, lo cual sin duda es una posibilidad significativa para nuevos estudios y enfoques epistemológicos de la subalternidad. Esta es, sin duda, una razón para interesarnos por este trabajo, y convertirlo desde ya referencia de un género que parece estar experimentando un nuevo florecimiento en la literatura nacional.   

 


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