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04 Abr 2021 / 15:44 pm

 

Nota y selección por Jonathan Alexander España Eraso

 

 

Acercarse a la poética del escritor Julio César Goyes Narváez (Ipiales, Nariño, 1960) es transitar por los elementos que configuran el milagro. Su interiorización, entre los signos y las cosas, puebla y despuebla la memoria. La condición del poema adquiere hondura, más allá del símbolo, ya que es su trazo, su cosmos de la infancia, el que dice y calla.

En Goyes el yo poético es la biografía de las palabras, el recurso de la intensidad, que indaga en el subsuelo las raíces del ahora en las que «la poesía puede ser una casa al filo de los cerros / donde se ejecutan tambores mientras llueve, / o un balcón con geranios en el barrio antiguo / donde alguien hace gárgaras de sueño». Pensada así, esta escritura nos impregna de la fuerza que erige nuestra casa, se hace de la luz que la alumbró, deviene tierra con un temblor indefinido: la frontera llama «una y otra vez, a la herida del mundo». 

Cuando el pasado decanta el presente, agrieta el adentro, las entrañas del sujeto de la experiencia, para que, en los que leemos, el tiempo con sus aguaceros labre la profundidad del río que no es sino el vuelo del quinde. Si queremos descender en el verdadero territorio del que partimos, en lo que anuncia el sueño, en el espejo de los días, en la fugacidad que salta de espaldas al patio, entonces está ahí Guáitara, antología personal de Julio César Goyes, publicada por Caza de Libros Editores, bajo la dirección general de Pablo Pardo, que reúne 30 años de trasegar poético en el que la creación se expone en plena desnudez.

Un camino, el de Goyes, se sacude en el silencio y mientras se aleja hace posible todo pacto que señala que, en el fondo de lo escrito, la trama, hecha de torrentes y de transparencia, nombra «un dolor que no alcanza el vuelo». En esta dimensión, se convoca la nostalgia que lleva el rostro del conjuro. En su movimiento se registra la invención inagotable, una sustancia viva, donde los poemas de Guáitara permanecen suspendidos como piedras en el aire. 

«¿Qué rama se mueve en lo hondo de este delicado viaje de los dos sin nosotros?», se pregunta Goyes en uno de sus versos y es que en él están contenidas las cuatro palabras que se levantan como columnas de lo que aquí se agita: Rama, hondoviaje y otro. En torno a ellas, al movimiento que de esas palabras brota, es que gira la continuidad última del origen en las aguas del verso.

Dirigirnos hacia las orillas supone contemplar señales de espejo que se abisman en la fragilidad de lo que acontece, por eso «somos guáitara de ciudad honda y dolorida». Y es que mirar el Guáitara es atisbar el lugar de la página en blanco, excavar en él y desenterrar lo que lo habita: «un patio lloviendo y haciendo sol», «la tortuga asombrada por el alba», «los ojos de una esquiva estrella», «la Virgen de Las Lajas alumbrada por una veladora que no se acaba nunca», «los cuyes y la hierba de sus contados días» y «la casa (…) techo sin puertas / donde escampan las caricias, las ruinas / y el misterio».

La poesía de Julio César Goyes es la forma del Guáitara en el cuenco de las manos de su madre.

 

 

 

Guáitara

(Caza de Libros Editores; 2020)

 

 

III

 

 

Cuánto deseo llevan sus aguas esparcidas

en los senos más salvajes,

echando raíces para que árboles y hombres

crezcan en medio de la sed y el olvido.

 

A orillas de un vado claro juega el amor

y hunde en la noche su quejido clandestino.

 

Guáitara es palabra que mira,

son que cura, ojos que hablan,

voz trasnochada de silencio entre las ramas.

 

No se sabe dónde rasgan sus guitarras,

ni cómo retorna al origen de todos los días.

 

Imago silencio (1996).

 

 

Las máscaras del abuelo

 

El sol, la misma luna u otros astros jugaban en la

rejilla de la puerta al patio; allá, en la casa de amor y

de bareque, en tu barrio obrero, Gólgota de golondrinas

y de carnavales. El mismo sol, la misma luna jugaban

en las manos de un niño al filo de la sombra, de pronto

cruza seguido por su perro y no regresa, mas toca el

bombo en el umbral convocando a las nubes, fabula

a contraluz con las máscaras del abuelo, el hombre

que aprendió a conocer sin conocerlo. Es él, el que

toca y canta con la abuela en los predios del fogón, el

que rasga el yesquero para prender su tabaco debajo

de la sábila, a ras de la herradura. Es él, el que huye

en los caballos del sueño y se disuelve en los montes

del atardecer. Es él, el mismo que acaricia los cabellos

de una mujer cubierta con el día recién acabado de

tejer; la desconocida recoge retazos de silencio, pinzas

y manías, en vano intenta remediar las hilachas de

nuestra ropa temporal. La infancia avanza por el

corredor de retrato en retrato, sus manos se agitan pero

no sabes si te llaman o te dicen adiós.

 

 

El eco y la mirada (2001).

 

 

 

 

 

 

No vemos la realidad

 

 

Vemos a una mujer desnuda cubierta de ojos,

a un toro en la pradera con soles en los cuernos.

Vemos un trigal manchado de cuervos

y espejos amarillos que cuelgan de la noche.

La realidad fluye sólo cuando la miramos,

cuando nos inclinamos para asirla con los dedos.

Van Gogh y Picasso la aman, la destruyen,

la manchan, la delinean, la sugieren.

Hay colores que van con nosotros,

viven a perpetuidad en la mirada;

a veces son flechas que sangran

o colibríes que jamás asientan su vuelo.

No vemos la realidad sino al pintor que la pinta,

al que la venera en su sacrificio de fauno

para que surja de la agonía el poema.

 

 

Imaginario postal (2010).

 

 

 

 

 

 

XVI

 

 

Bajo el treno de la memoria y la intermitencia de las

pupilas apenas si vuelas entre geranios y rosas. Un gladiolo

cree salvarte de una ausencia de luna, rescoldos de luz caen

en las montañas donde el horizonte rasga.

El aguacero se avecina y las calles de la tarde, desprovistas

de jardines, no podrán cubrir tu inmenso corazón de dios

diminuto.

 

 

El quinde y los geranios (2013).

 

 

 

 

Tan lejos para decir y tan cerca para el mar,

para volver amar el cuerpo nocturno

que la luz ahoga.

 

Los dioses continúan derribados en la arena,

sus ojos calcinados, sus bocas que en otros veranos

pronunciaron palabras de amor hoy las inmolan,

sus oídos niegan la marea.

 

Yo vuelvo a cabalgar la ciudad, su lomo que suda

y refriego mis amanecidos ojos,

porque leve y testarudo es el son

y sordos están

los que no escuchan.

 

Pausada percusión y otras memorias (2019).

 

 

 

***

 

 

JULIO CÉSAR GOYES (Ipiales, Nariño, Colombia). Poeta, ensayista y realizador audiovisual. Actualmente es profesor e investigador del Instituto de Estudios en Comunicación y Cultura –IECO– de la Universidad Nacional de Colombia. Es autor de numerosos artículos publicados en revistas especializadas y de los libros de poesía: «Fugaz y Perdurable» (Exedra, 1988); «Tejedor de instantes» (SMD, 1992); «Imago silencio» (Fondo Mixto de Cultura de Nariño, 1997); «El eco y la mirada» (Trilce, 2001); «Imaginario postal» (SMD, 2010); «Nubes verdes para una ciudad gris» (Caza de libros, 2010). «Arrayán: El quinde y los geranios, El eco y la mirada» (Colección Los Conjurados, 2013); «Pausada percusión y otras memorias» (Galáctica, 2019). Libros de ensayo: «El Rumor de la otra orilla, la poesía de Aurelio Arturo» (SMD,1995); «La imaginación poética» (Caza de libros, 2012); «La escena secreta» (2011) y «La mirada espejeante, el cine de Andréi Tarkovski» (2016), Colección Obra Selecta, Editorial Universidad Nacional de Colombia; «Memorias LEM Guaviare» (IECO-Fundalectura, 2018). Director de Quinde audiovisuales: «Morada al sur» (1999), «El pacto» (2003), «Carros alegóricos» (2009), «La semana del diablo» (2011), «Viaje a la claridad» (2012), «Guaviarí» (2016), «El retorno de la memoria» (2018). Ha recibido diversos premios y reconocimientos nacionales e internacionales. En 1990, junto a otros escritores, fundó y fue director de la corporación «Si mañana despierto» para la creación e investigación de la literatura y el arte. Actualmente es miembro de la junta directiva de la asociación cultural «Trama y Fondo» de España.

 

 

JONATHAN ALEXANDER ESPAÑA ERASO (Pasto, Nariño, Colombia). Escritor, editor y gestor cultural nariñense. Ha publicado cuentos, poemas y ensayos en diversas revistas impresas y virtuales, tanto colombianas como internacionales. Ha sido incluido en diversas antologías de poesía y minificción. Fundador y coordinador editorial de «Alebrijes | Revista Nariñense de Minificción». Cofundador de «Editorial Avatares». «Travesías», su primera novela, tiene dos ediciones (una colombiana y la otra española). Con el poema «Descienden de las ramas», resultó finalista en el «XIII Concurso Literario Internacional Ángel Ganivet» (2019). Con el poema «Escritura y origen», presentado bajo el seudónimo de Juan del Páramo, fue finalista del Concurso Nacional de Poesía «Decir es mostrar», organizado por la Casa de Poesía Silva (2020). Columnista de los periódicos colombianos «Diario del Sur», «El Quindiano» y del periódico mexicano «Exilio Periódico Binacional».

 


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