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27 Ene 2017 / 08:13 am

 

CONSEJOS PARA LOS AMIGOS

 

No temor guíe tus pasos, amigo de tardes, no ansia de voces a lo lejos, ni ese habitar el espacio que nos deja tan vacíos y llenos de espanto, no un vuelo de hojas en otoño, ni el brillo del sol, ni tus descubrimientos, ni los olvidos que a todos nos son dados, el agua lustral o las espadas de los guerreros, que el amor, el odio y la desdicha sean tuyos. Semeje tu rostro una bandera atravesada por lanzazos, una estampilla perdida en el basurero, un cuchillo lleno de muescas, sucio y bueno para nada, un anhelo de cercanía no completa. La grulla sea el ave y tu árbol el roble blanco y tu montura el caballo (el de los frescos y retablos, no el del corral) y tu sudor la tinta del papel jadeante y tus pies el soporte del mundo y tu voz un registro de las vacilaciones de los hombres y quiera el Hado ofrecerte una postal cada vez que desees un rostro y tu letra parezca un mal juego de los dioses, balbucea cuando cantes en la ducha y no te sea dado terminar cada frase y sea candil tu mirada y seca estopa tu alma, y haya marcas en tu lengua y los ojos se acostumbren al giro intérmino y a pedirle excusas a las cosas y todo tenga para ti un sabor a sopa de cebolla rancia y pan de estaño. No atrevas tus sueños por grutas o alto cielo, no desciendas o vueles, quédate quieto y tócate las puntas de los pies, golpea a la niña que está a tu lado y luego regálale un oso inmenso, date espacio para palabras turbias y el vuelo de sucias avutardas se te haga imagen intérmina en el caletre, masca ruidosamente tu arepa y llena de pedazos blancos y negros el piso, recuerda –el ceño alerta y los brillante ojos– la dicha de haber soñado en un baño tu no existencia, y conserva en las venas una cosa pesada, como si te hubieran inyectado leche o sopa y mírate en las copas y pasea tu lengua por la hendija, la que corta, y desea el sabor del jabalí y de sangre que te gotee de las manos y la definitiva alegría de estar muerto, no esperes trabajar y llenarte de billetes y papeles, no ames el tañido agorero de la campana, sáltate las escalas, no uses comas o puntos o paréntesis, patea las paredes y espera a que te duelan los pies, no seas tan hierático y muérdele la oreja a tus amigas, abraza a tus amigos, omite espacios y lecturas y asunciones, juega al dislate con la manera caballerosa de estar aquí y luego allí, deja de preguntar por los hermanos y los sitios y los números, exige a los que te quieren su presencia justa –nunca extraños, nunca tan cerca como para alejarte de la mesa–, salda tus deudas con la historia y atrévete a reconocer tu ceguera e insultante forma de pisotear a los que sufren, condena tu sonrisa y tu rostro y la manera como caminan tus pies y tanta esquiva endecha y atrévete a desafiar el Leteo y paséate por entre papagayos y aves del paraíso y ruiseñores y hazte un sancocho con sus huesos y sus plumas y no invoques a Prometeo. Aprende del rasgar de las ramas en las ventanas, del sonido de tacones sobre el cemento, salmodia una fórmula química y siéntate entre dos tabernas a amarrarte los cordones, para dejarlos luego volver a su centelleante libertad. No olvides ningún nombre, ya que todos han sido menos que nada para ti, espera –cantos de sirena– las voces del cariño y hazte extraño y doloroso y no quieras conocer el sentido de tus acciones y maldice el olor de tu boca al levantarte y contémplate con gazmoñería y no desees escribir la Obra y no te sea reservado el conocer a profundidad nada para que todo te parezca perfectamente idéntico y comparte viejos odios y prejuicios con tus amigos y atré- vete a selvas cinabrio, a deliciosas huríes paseando sus dedos por pavorosas montañas de azúcar, toma malteadas, por cientos y millares, sé esperpéntico y volcánico y locuaz, condena y ensalza, muda tu opinión con cada acento, simula hablar lenguas que no conoces, tómate el día y también la noche, acostumbra tus tardes al desasosiego, recuerda el espacio bajo las alcantarillas, rompe promesas y luego reanúdalas, no seas eterno frente a los bordes, ama el completo abandono y el dolor para dos, no seas tan miserable como para creer en las palabras y tan inmenso como para no usarlas, sáltate el tercio y la cuarta y los diezmos y primicias, oye los carminae a todo volumen, créele a los niños, mánchate y esparce al aire semillas de esparto, no vaciles más. 

 

Juan Felipe Robledo


Fundación La Raíz Invertida
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