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08 Jul 2013 / 06:06 am

Prólogo por Xavier Oquendo Troncoso

Vi a Gelman por primera vez en Oaxaca, México, en algún día de octubre de 1999.

Me habían invitado al “Primer Encuentro de Poetas del Mundo Latino” (1)y en la magnífica lista de invitados figuraba, obviamente, como estrella, la figura de Juan Gelman. No llegó con todos los invitados en el bus que nos transportó hasta la bella ciudad. Decían que llegaría directamente al hotel, con su mujer. Y así lo hizo.

Ya para la tarde de aquel día crucial, la poeta boliviana Vilma Tapia Anaya(2) y yo divisamos al ya emblemático poeta a lo lejos y pensamos lo mismo: “Necesitamos un libro de Gelman para que nos lo firme”.Coincidencialmente, para esa época, ya teníamos el corazón gelmanizado. Para mí fue crucial la lectura de Cólera Buey (3) en un momento de mis veintidós años y también el haberlo sentido como atmósfera en la hermosa película de Eliseo Subiela, El lado oscuro del corazón (4). Para Vilma había sido parte intrínseca de sus obligadas estaciones. Aunque suenen obvias las respuestas, ¿qué poeta contemporáneo no visita y revisita a Gelman?

Lo vimos pasar, mientras en una mesita, fuera del Convento de Santo domingo, en Oaxaca, un vendedor informal de libros alistaba un stand improvisado con títulos de los poetas que estaban en el encuentro. Ni el mío, ni el de Vilma estaban. Y no tenían por qué estar. Éramos apenas unos principiantes, de no más de 25 o 30 años, a los que nos sobraban las ansias y nos hacía falta la experiencia. Yo compré Incompletamente (5) en una bella y sencilla edición mexicana; Vilma se fue por un libro más bello, voluminoso y caro: era una antología del maestro. Ahora nuestra misión tenía tintes casi de espionaje: debíamos pescar a Gelman sin que él se diera cuenta de que teníamos levantadas las alas únicamente para que nos firme el libro y, una vez con su firma, llegar a nuestros respectivos países a presumirla.

En el mencionado convento hay un bellísimo museo de arte pictórico colonial y renacentista. Gelman paseaba de pared en pared por la muestra, tomado de la mano de Mara La Madrid, su compañera, a la que le ha dedicado muchos de sus más bellos poemas. Debíamos encarar a Gelman en alguna esquina del museo, entonces comenzamos una persecución muy prudente, íbamos de pared en pared. Lo veíamos posarse frente a cuadros de imágenes espléndidas, mientras nosotros, a pocos metros, tratábamos de hallar ese momento luminoso en que las miradas se choquen y lo podamos llamar, “maestro, me firma por favor, yo lo admiro mucho, lo he leído tanto…”A la final, todo fue tan fácil. A la salida del museo, Vilma se acercó, le acercó su libro y Gelman lo firmó con un halo de humildad legítima. En seguida firmó el mío, me dio la mano, me sonrió. Debimos haberle dicho algo, debió también decirnos algo. Pero eso no importa ya, no recordamos las palabras. Solo el gesto, solo la atmósfera, solo el momento. Era, para mí, como estar frente a Las Meninas de Velásquez, y sentirme pequeñito frente a la grandeza.

En ese mismo encuentro circuló una carta (6) que firmamos todos los poetas invitados al cónclave poético, en donde se pedía al presidente de Uruguay, en ese tiempo, Julio María Sanguinetti, que apoyara la búsqueda del nieto de Juan Gelman en su país. Yo no sabía bien lo que a Gelman le había pasado en su vida y por qué tenía, junto a esa humildad tan fresca y hermosa, esa tristeza en los ojos, cuando, incluso, sonríe, esa luminosidad triste que salta por esos ojos saltones que tiene. Un poeta mexicano me contó la historia de Gelman y de su dolor. Comprendí menos: tuve rabia, ira, no entendía como Gelman estaba de pie, luego de tanto golpe y tanta herida. Luego fui superando mi ignorancia y me di cuenta de que el dolor hizo en Gelman el milagro: lo volvió un ser purísimo, el dolor lo convirtió, lo limpió, lo purificó. Pero, con todo ello, le accionó la rabia, que es lo que, sin duda, hace a la poesía, como lo dice el cantautor cubano Silvio Rodríguez: “La rabia es mi vocación” (7).

Desde que conocí la historia de Gelman, conocí lo que era una dictadura de verdad. Hasta ya grande solo había escuchado hablar sobre la historia ilógica y temiblemente trágica de Federico García Lorca siendo fusilado en Viznar, cerca de su huerta, en su natal Granada, por una guerra absurda. Y luego de este crimen macabro y célebre me entero del destierro de Gelman. Y luego de la muerte y desaparición de sus familiares. Y luego de su vida, que es continua, luchadora y resistente. Y luego de todas las muertes y de todas las vidas que hacen falta en el (su) mundo.

Cuando llegué de México visité, a los pocos días, al gran poeta ecuatoriano Jorge Enrique Adoum, al que Gelman tanto quería, y tanto admiraba, y tanto recordaba, y tanto gelmaneaba… Y tanto. Le conté que conocí a Gelman, su amigo, y que leí unos poemas junto a él, en la misma mesa de la sala de un convento en Oaxaca. Y que era tan sencillo, y que no lo podía creer. Que parecía que no era ni poeta, ni argentino, ni tan grande, ni tan famoso, ni tan querido, ni tan nada. Y que cuando le dije: “Maestro, es un honor el haber leído en esta mesa con usted, y haberle escuchado y blablablá…”,  el también me dijo algo así como “para mí fue un honor”.Esto sí que no lo podía creer. Que un verdaderamente gran poeta tenga semejante porte para decirle a un verdadero e insignificante advenedizo esas palabras que podían afectar significativamente su ego.

Jorgenrique me dijo que Gelman siempre fue así. Pero que es en realidad un luchador, que gracias a su lucha y a su consigna en contra del olvido ha podido dignificar una época, un país, una poética.

En su libro De cerca y de memoria –lecturas, autores, lugares– (8) dice:

Dije una vez, varias veces, que en mi opinión –y en la de muchos– Gelman era uno de los más grandes poetas vivos de la lengua castellana. Eso fue cuando aún vivían otros que compartían con él esa responsabilidad. Hoy es el más grande. Pero él no lo sabe. Además, aquello de la lengua es un decir, en el sentido de que el habla de Buenos Aires y de Gelman se incorpora, con derecho adquirido por la escritura, al español del mundo /…/.

Luego leí Dibaxu (9), en el mismo México. Me fascinó el mundo de sus pájaros, de los trinos, de las aves que crean los árboles que Gelman necesita para que su alfabeto suene en sefardí en honor al fonema, en honor al honor.

En el año 2008, José Ángel Leyva y María Luisa Martínez Passarge publican Los otros (10), en la editorial La Cabra, de México DF., donde descubro a los heterónimos del poeta. Su parentesco con Pessoa era un hecho. Al igual que su parentesco con Vallejo. Los claros heterónimos de Gelman que dicen lo que su poesía vertida a la transfiguración de la lengua no podía decir.

Porque Gelman le tiene rabia a la lengua, también. Y entonces comienza a inventarse otra sintaxis, le saca otro corazón a las palabras. Le cambia al masculino el femenino y viceversa. Le da espacio al sonido, sobre el significante. Le rompe el sentido común a los vocablos, le da nuevas alternativas a la academia de la lengua de su corazón. Diminutiza al sustantivo, en fin, se significa encima del lenguaje. Es un Gelman que asume el dolor con la poesía. Es un Gelman que purifica el dolor en la poesía.

Desde el 22 de diciembre del año 2012 hasta el 19 de febrero del año 2013 me propuse (y así lo cumplí) leer la obra completa de Gelman para trabajar una antología de su poesía para el lector del Ecuador, en vista de que el maestro nunca ha sido publicado en el país. Pasé revista seria, con ojo de antólogo, por los veintinueve libros de Gelman, que leí en los dos tomos(11) de su obra completa publicados por el Fondo de Cultura Económica de México, en el 2012. En estos dos meses no leí nada más que Gelman. Llevé los voluminosos libros de su obra a todas partes. Y tampoco escribí nada. Tenía miedo que su fuerza, que su estilo único borraran mi incipiente intromisión en la poesía, definitivamente. Su obra me acercó al vértigo.

En sus primeros libros hay un ser dolido por la vida, por esa temperatura que da la poesía al poeta, por ese estado que hizo temblar a la República de Platón (Gelman nunca hubiese podido vivir en la República platoniana, sobretodo él, no… Otro poeta tal vez, pero él, nunca). En esta primera etapa, aparecen las claves que definirán su estilo: versos largos, cortados con un caprichoso ritmo, por una novedosa ortografía, por una sintaxis renovada y una lógica verbal estudiada y redirigida al ambiente de unos nuevos versos. Y con el contenido irónico y sesudo, con la risa y dolor por el mismo lado, con la muerte y la vida por el mismo camino, con el blanco y el negro por el mismo delta. Nada de dividir su corazón, nada de volverlo de vidas distintas, nada de hacerlo uno de cal y otro de arena. Eso no es para Gelman. Gelman no, otros sí, pero él no.

Él, por la sombra del árbol, con los pájaros gelmanianos, con la muerte a cuestas, con los huesitos del dolor, en el mismo poema. Allí desemboca el frío del miedo, el grito desesperanzador, la furia histriónica. Allí mismo va llegando el nuevo lenguaje, el nuevo sonido, los nuevos vocablos. Por allí mismo va cayendo la nueva ortografía, las comas invisibles, los puntos disminuidos, las minúsculas de los sustantivos propios. Allí mismo cae el amor y el odio, su hijo y el dictador, su dolor y su hilaridad, la desgracia y el color del día. Gelman lo dice todo. Y lo que no dice, lo dicen sus heterónimos. Es un poeta decidor. Nada de poesía del silencio. El primer Gelman (y el segundo, no tanto el último) es un poeta claro, clarísimo. Su intención era decir y vaciarse. Pero no se vacía nunca. Y no se vacía siempre. Porque así mismo es. Y porque detrás de un dolor hay otro gran dolor, ese que no se verbaliza, ese que no se avanza a consumar, porque el idioma es limitado y porque nos quedamos cortos frente a la lengua.

Además, si ya se dijo mucho para qué decir algo más: igual o poco o simbolizado. Hay que decirlo, para sentirse libre, también; para poder vivir también. Porque para que Gelman viva necesita del poema. Porque para que Gelman viva necesita de otro diccionario. Porque el diccionario ya no le avanza y entonces recurre a uno que estuvo manchado con su propia tinta y con su propia sangre y con su propio corazón. Había que decirlo. Había que denunciarlo. Pero también había que oxigenar a las palabras, que estaban desgastadas, sus conceptos ya no alcanzaban a decir lo que debían decir, porque habían sido manoseadas, porque no es tan fácil lanzar el significante sin que el significado esté derrotado de tanto haber significado algo que ya no era.

Y Gelman lo logró. Y ya se quedó para siempre en la literatura. Para los que vendrán y leerán su pájaro y su corazón.

A mi juicio, su poesía tiene tres fases definitorias:

Una primera que va desde su opera prima, Violín y otras cuestiones (1956), hasta Cólera buey (1968), en donde rechaza el establishment de la época, rompe con los rumbos de su generación, con ese desencanto obnubilante de la utopía y reclama y critica y odia con verdadera ternura y ama con la misma intensidad. Y llega, por fin, el juego de significantes y llega el palíndromo de significados y le da un pase a la sintaxis silvestre de la lengua.

La segunda etapa de Gelman es aquella época del misticismo personal, del cual se culpa a Santa Teresa y a las lecturas no convencionales de Gelman. Y que se vuelven ricas y  más rebeldes aún. Y que nos da un entendimiento distinto del misticismo. El hecho que los santos seansantos porque escribieron y porque su trance no fue un ritual inútil, sino un dolor que encanecío su vida, cuando la vida se hizo más chiquita (convivir con el dolor y la reflexión). Tratar de entender lo que no tiene explicación.

Desde la década del setenta Gelman se volvió un asceta pagano. Glosó a los grandes místicos en su estilo muy diferenciador, consiguiendo un nuevo y decidor ritmo, que siempre fue fortalecido por esa furia rabiosa, por la carencia de olvido, por los recuerdos rejuvenecidos y nunca transmutados ni mutilados.

Para los años ochenta, Juan Gelman crea los otros Juanes, esos que lo ayudan a auto explorarse, a sacarse los fantasmas que vamos cultivando tras el espejo. Los otros Gelman que son los que aclaran los otros conceptos que Gelman guarda en su rabia y que los saca con prudencia, pero con firmeza. Esa rabia suave y tajante. Esa rabia que no sabe si odiar o amar, si el amor es rabioso o el odio también lo es. Solo el que ha odiado con fuerza puede amar con fuerza. Las mayorías conviven con los odios que deberían ser de todos. Y solo así poder amar con fruición, con el sin sentido. Y poder perdonar. Y poder olvidar. Aunque no exista el perdón ni el olvido mientras la injusticia se precie de ser. Los Gelman creados por Juan (José Galván y Julio Grecco (12)) son esas extensiones de su bifurcado corazón de espejo de puntas.

En Carta a mi madre (1989) se da la reflexión más cercana entre la voz poética y el autor. Siempre van juntos por el camino de la poesía. El dolor es ese paso transparente que se queda en la cara de uno. Que se va dibujando en los músculos. Por suerte los poetas lo pueden sacar de los intersticios de su alma, a través del producto artístico. Gelman lo saca en su poesía. Se saca todo él, como si su piel fuera una alfombra. Y se la vuelve a poner. Ya se ha dicho que la poesía de Gelman no se entiende sin Gelman.

La preocupación que Gelman tiene por el lenguaje sostiene su dolor. Vuelve arte a su alarido de años, vuelve canto de pájaros a su torpedo de sangre, de muerte, de desolación, a esa cárcel a la que conduce el recuerdo. De allí, desde el Gelman más fonético (y frenético) sale Dibaxu, su libro escrito en sefardí y publicado en edición bilingüe, enorme canto rítmico de aplastante ternura. En donde aparece un nuevo Gelman: el contemplativo, el sabio, el seductor de las palabras.

También experimenta con formas clásicas como el soneto. Incompletamentees un libro íntegramente compuesto por esta forma. Gelman pasa por los catorce versos y los gelmaniza, les da un nuevo tono, les quita la rima, les quita la cárcel provenzal de Petrarca y los contemporiza a su forma.

A partir del libro Valer la pena (2001) nace, a mi juicio, su tercera etapa: un nuevo Gelman. Este es un libro capital de su obra. Una variante que quiere entrar en el misterio, que tiene entre sus dedos la miel de la sabiduría. Que ha visto la vida desde varios ángulos, que ha cimentado el dolor, que ha asentado (nunca olvidado) los siempre últimos sucesos. En estos libros del nuevo milenio gelmaniano hay poemas crípticos, complejos, pero también están los poemas filosóficos, reflexivos, esos que le dan la vuelta a la epidermis, para que la dermis también hable. Se nota que Gelman se va volviendo más íntimo. Que es un diálogo desde su propio yo. Desde su corazón otra vez agolpado.

Su voz es única y le ha costado la vida y el dolor de vivir. Es que es un pájaro el tío Juan. El mundo escuchará ya siempre ese pío pío (13) de Juan Gelman que parte la piel. Tal vez él ni sepa que el mundo le estará agradeciendo para siempre que haya devuelto los pájaros a sus nidos abandonados.

La poesía a costa de su dolor, de su amor, de su pureza. He aquí Gelman para todos. El poeta que venció a las palabras. Solo fue derrotado por su corazón de pájaro. Pero aún sigue volando. Y su nido ya es el mundo. Ni más ni menos.

Quito, 23 de marzo del 2013

 


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