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15 Ago 2014 / 10:51 am

 

 

Nota y selección por Alejandro Cortés González

 

Volver al mito a ver si todos los dioses, en su imperfección cosmogónica, son ominosos y macabros. Entonces mirar el quinde (colibrí en quichua), elevarse entre bruma de geranios y advertir en ese pequeño dios, “mitad carne trémula, mitad relámpago”, la potestad de suspender el tiempo para libar la flor.

Hay poetas que conservan su imaginario poético, su ángulo particular de la palabra, durante distintas obras: la propensión a una voz unívoca es su gran virtud.

Hay otros capaces de reinventar en cada obra un nuevo universo de registros, con diversos temblores de sombra y luz: Julio César Goyes Narváez vuelve a la ternura natural que Nariño tiene por la tierra, se sumerge en las postales del mundo, en los recovecos de la urbe, en el diálogo nigromante con los poetas muertos, y trae, en su bolsa de destellos, el cansado asombro de descubrir dioses.

 

 

De: EL QUINDE Y LOS GERANIOS

Arrayán - Común Presencia Editores, Bogotá, 2013

 

I

 

Q´inti solitario en el capulí, diosito entretenido en la flor linda del patio, guerrero de la mañana en las frondas imaginarias de la morada, taita del fuego que atas el arrayán al cielo.

Desde la inscripción antigua que esculpió tu cuerpo en piedra, sostienes una lucha despiadada con el cóndor por estacionar la duda, por encontrar la frontera del gran impulso, el origen de la wachi que retorna, una y otra vez, a la herida del mundo.

El jardín cultivado por la madre está empapado de arco iris y de secretos aromas que esperan tu erecta lejanía; de repente tiñes la cinematografía de la infancia y acaricias las creencias mortales que te miran.

Mensajero de lo inmemorial fecundas los geranios, las hortensias, los jazmines; tejes la eternidad en la retina.

 

 

XI

 

Ha venido un quinde a mi jardín esta mañana, se sació primero en un geranio hermoso, luego reposó su fuerza en uno de los tallos que lo balanceaba; nos quedamos mirando como viejos conocidos, un poco tímidos e indefinidos, casi melancólicos. Tu levedad –le susurré– aún en la ciudad es infinita, nuestra pesadez no será jamás eterna. De súbito tembló su cuerpo y un hueco de silencio quedó abandonado.

 

 

XIII

 

Dónde está tu nido amigo de muchas flores, dónde dejaste la noche con su sueño.

Suspendido en el carnaval de la flor te imagino estático, combatiendo con guerreros que no vemos. Curaca que sufres la ausencia del reposo, condenado por otro dios a no saciar el ansia.

Diosito mitad carne trémula, mitad relámpago.

 

 

XVI

 

Bajo el treno de la memoria y la intermitencia de las pupilas apenas si vuelas entre geranios y rosas. Un gladiolo cree salvarte de una ausencia de luna, rescoldos de luz caen en las montañas donde el horizonte rasga.

El aguacero se avecina y las calles de la tarde, desprovistas de jardines, no podrán cubrir tu inmenso corazón de dios diminuto.

 

 

XIX

 

Despiertas con las alas enredadas en un despiadado sueño, en un lugar donde los hombres juegan a martillar el cielo, a varillar huacas que atesoran antiguos besos, a crear soledad para estallar el tiempo.

Geranio del sur, charanguito de fiesta, pajarito de volcán, ermitaño suspendido, ¿qué será del porvenir que se supone aguarda?

Hay algo entre tu vuelo y la flor, algo que surge y al tiempo destaza.

 

 

XXI

 

Sueñas que picoteas los últimos perfumes del geranio, que dibujas el infinito de tan veloz inmóvil, que te apareas al son chirriante de un epífano.

Toda locura guarda su inocencia, todo amor su soledad.

¿Dónde irás colibrí en pena, qué sombra acogerá tu vuelo? Esta alegría dura lo que demora tu aleteo entre la bruma. Amante abandonado, recuerda que la luz permanece más allá del olvido.

Diosito tornasolado que tejes la mirada al tacto, si vuelves a rozar un clavel rojo que sea como abrir los ojos en mitad del río, así, sólo así, con música ancestral, bonito y de repente.

 

 

 

 De: NUBES VERDES PARA UNA CIUDAD GRIS

2011

 

ES LARGO ESTE CORTO VIAJE

 

Te sueñas deslizándote en una pantalla verde,

con gatos que se aman en el techo de una fábrica quebrada.

Te sueñas entre jóvenes humedecidos por un chorro idólatra

y madres que planchan la geografía de su resignación

bendiciendo la suerte patriota de sus hijos.

 

Y sin embargo, es largo este corto viaje.

 

Te sueñas con niños que toman agua ardiente en el sereno

mientras se enteran de los nuevos cuentos de hadas:

los siete enanitos se dedican a la trata de blancas

y a la bruja la descuartiza Hansel frente a Gretel

que graba un video para su tesis.

Te sueñas en la calle oyendo que se acabó la censura de poemas,

pero los jóvenes se envenenan con chuzos y pastillas.

 

Y sin embargo, es largo este corto viaje.

 

Te sueñas sacando la cabeza por la ventana ciberespacial,

esperas que entre la basura electrónica llegue un Email

de alguien que jamás conocerás en tu navegar de sombra,

un fulano o fulana que asegura haber leído tu estallido

y que acoge sin más la poca luz que das.

 

 

De: IMAGINARIO POSTAL

2010

 

CABALLO DEL ALBA

 

Caballo del alba, te pareces a la infancia

cabalgando misterio adentro.

En tus pupilas el universo me acoge en su lomo de sueño.

Los nervios de tu oreja y la profundidad de tu olfato

siguen a la rama que espera dorada

en algún lugar de la quimera.

Te vi sólo una vez saltando sobre mi primera pena,

entonces apenas trotaba sobre las praderas del mundo.

Caballo del alba, blanca es tu imagen viajando

en la penumbra de mi memoria,

blanca tu amistad en el oído que te nombra.

Quizás un día vuelva a verte inmenso y lejano,

regresando a las espumas del mar.

 

 

TAMBIÉN CAÍ EN LA POSTAL

 

Dije que volvería y volví, Pessoa, a visitarte.

Dormí en una pensión cutre pero tomé Oporto,

subí en tranvía y fumé Ventil mientras llovía.

En La Alfama y Belén hacia el mismo sol medieval

que entonces, cuando las siete colinas nublaron

la ciudad que había imaginado.

Me tomó más de una década reencontrar el Tajo

en dirección a tu Lisboa de acuarelas y fados que inundan

la persona terrible que somos, que eres

sentado en un bar de turistas que no regresan a sus países

sin una foto de tu incansable pena.

La mayoría saben que fuiste uno entre varios

–que poca cosa saben–  navegante moderno

de saliva antigua.

También yo, Fernando Reich Caeiro Pessoa,

también yo caí en la postal.

Me consuela que la utilizaré para presumir con mis amigos

y entre Oporto nacional decir el pastor de rebaños,

fumar hasta que la salud coincida con la saudade,

hasta que a alguno le dé por el destajo de su corazón,

de su familia o de su persona.

 

 

De: EL ECO Y LA MIRADA

Trilce Editores, 2001 - Común Presencia Editores, 2013

 

EL PATIO RECOBRADO

 

De montaña y mar somos, de ardor, de eclipse eterno.

La tierra no es perenne, acaso paisaje, recodo en la huida donde los amores se destrozan. Tierra de timbales en el viento, sendero de ojos y de oídos que pululan en la intimidad sin nombre.

Tierra de olvido en el alba, cuesta abajo en el corazón encendido, pestañeo en el pabilo de la noche cuando el deseo funda más allá de la compasión, la ira y la concupiscencia; carbón encendido, orificio sin fondo, mujer de labios poderosos atrapando una estampida de besos, mascando malva olorosa en la esquina de la cuadra, al filo de las goteras. Patio de arrayán, cuyes y perros; escucha mía, la infancia revolcándose con un placer inmundo.

 

 

EL GRAN CHARCO

 

...cruzaste el gran charco colibrí en sueño, sentiste el agua rozar tus pies, miraste la última sirena recogida en un silencio que la fulmina, los restos de carabelas naufragadas frente a la isla histórica, el complot a un osado navegante; tuviste suerte escucha mía, lo viste recostado en su camarote alumbrado por una vela, tranquilo imaginando su muerte.

Atravesaste el mar, sin deshacer el misterio que lo nimba, el yodo y la sal de sus meriendas. El mar, caracola de la imaginación primera, oreja enduendada de rastros equívocos, sepultados por el juego de las olas y excavados por la sangre de la infancia.

En la visión de piedra con alas esculpidas por milenios saltó el jaguar entre la bruma de la cumbre incógnita, el caballo en el trampolín del tiempo; volviste a escuchar el charango y las zampoñas en el cicureo nocturno del universo.

 

 

ENTRE EL SOL Y LA LUNA

 

El tacto se alargaba sin alcanzar ningún silencio, tan exacto en sus presencias, tan claro en su dolor. La amada y los parientes lejos no se dibujaban, y para qué, escucha mía, si los días eran nuevos y la aldea se prolongaba entre el sol y la luna. Mas de ellos, de ella, sentiste una melancolía salvaje bañada por un río que no duerme, cobijada por una arboleda donde restaña el colibrí que hurtó tu infancia y que lentamente regresaba a tus ojos entreabiertos, al patio desvaído en la pobre memoria, delimitado por maceteros con hortensias deshojadas y palos secos de geranios. En la visión un caballo cruza a trotecito por la calle, te mira desde la noche y galopa por encima de los tejados hasta el amanecer. Y de pronto los abrazos familiares uno a uno despidiéndote en el abismal andén de tu casa, en la esquina del barrio donde un tango te nombra en clave de son sureño, como si fueras otro, como si fuera la última vez que te dolían.

 

 

EL NADO ENIGMÁTICO

 

Escucha mía, viajas inmóvil en el silencio de la noche o en el barullo del día, llevas el designio de aldeano imaginario, volcanes tercos de un país que apenas se decide, caminos indescifrables y amores que esperan puertos.

Tu aprendizaje urbano son las calles que a diario te desploman, parques sitiados por criminales, casas trancadas por el miedo, bares repletos donde pides una caña esperando con ansias una tapa, una mirada. Tu saber es el sabor del continente pasando frente a tus ojos y tú te complaces con una inútil catarata de imágenes, silencios que ahora dices y que lentamente se ocultan en una lejana ciudad de nubes calladas.

El cuerpo renace en el nado enigmático, porque nada queda para el hábito de los hombres y sí permanecerá en el ánima del mundo. Esa es la única creencia, escucha mía, habitar la curva donde el horizonte cae, seguir escuchando el eco de la infancia, jugar en el umbral de la ciudad donde la mirada parpadea, esquiva, se aguza, retorna…

 

Libros Goyes

 

JULIO CÉSAR GOYES NARVÁEZ

 

Ipiales, Nariño. Docente investigador del IECO de la Universidad Nacional de Colombia donde dirige Quinde audiovisuales: Morada al sur,beca de artes visuales (1999), El pacto (2003), Carros alegóricos (2009), La semana del diablo, beca DIB (2011) y Viaje a la claridad (2012).

Ha publicado: Tejedor de Instantes (SMD,1992); Imago Silencio, premio de poesía Sol de los Pastos (1997); El Rumor de la otra orilla, premio de ensayo Morada al sur (SMD, 1997); El eco y la mirada, beca ICI, España (Trilce, 2001); Imaginario postal (SMD, 2010); Nubes verdes para una ciudad gris (Caza de Libros, 2010); La escena secreta, premio Obra selecta de la Universidad Nacional (2011) y La imaginación poética (Caza de Libros, 2012).

Aparece en las antologías: Artesanías de la palabra (Panamericana, 2003),Desde el umbral (UPTC-SMD, 2004) y Nubes verdes (colombo-ecuatoriana, Caza de libros, 2013). Cofundador de la corporación literaria Si mañana despierto y miembro de la asociación cultural Trama y Fondo de España.

 


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