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24 Jul 2013 / 15:26 pm

Reseña por Hellman Pardo

 

Un rumor de árboles rompe la noche”, dice D’Annunzio en Odas navales, refiriéndose al cuidadoso avance de las tropas al descender de los barcos en guerra. Es aquel rumor, aquella resonancia que advierte el italiano en tan sublime imagen, la que insinúa Henry Alexander Gómez en Memorial del árbol, libro ganador del Concurso Nacional de Poesía Inédita 2012.

La obra, dividida en tres partes  —"Memoria de noche", "Memorial del árbol" y "La línea del árbol"—, encierra rastros del expresionismo alemán, indicio de su cuidada lectura de poetas en lengua germana como Else Lasker-Schüler, Georg Trakl, y aún atisbos de Rilke. Si bien el expresionismo lírico es penetrante y desnudo en el manejo del estilo, Gómez indaga en su poesía el reposo y la simultaneidad de representaciones alegóricas, características de dicho movimiento.

En los doce poemas que componen “Memoria de noche”, se entreabren cuatro particularidades bien perfiladas: la cercanía a la sombra, el breve intervalo entre la caída de la tarde y la vigilia de la noche, el laconismo preciso, y la desfragmentación de lo contemplado. Es así como “Una lechuza / se desliza por la boca del viento”, o ese admirable poema donde nos dice “Respiro las grietas / de una calle cualquiera; / escribo sobre el polvo / y su semilla”. Pero no es la noche la que nos somete a su palabra, es el enigma de esperar mejores augurios.     

En “Memorial del árbol”, la sección que le da el título al libro, y el que contiene la mayor cantidad de poemas, se despuntan versos más libertarios, desprovistos de realidades efectistas. Deja atrás la noche como elemento esencial, y asume la desolación de los recuerdos perdidos:“permite que el viento deshaga el laberinto / sobre la piel de tu infancia”, y, como si un árbol de antaño fuese el que escribiera, anuncia “Vivir la lentitud / de la hormiga, / confuso / en una ola de arena.”, o “de mis brazos cayó la hoja / con la que un hombre descalzo / cubrió su sombra”. Es precisamente la remembranza, la evocación a un pasado deshecho, dejando al árbol como un testigo vidente, cercano a la desolación que indaga todos los rostros. Santiago Espinosa lo advierte en el prólogo del libro, cuando comenta “para él, no hay futuro ni promesa hasta que los pasados se realicen”.

En el apartado que cierra el libro, “La línea del árbol”, Gómez nos muestra su fascinación por ciertos poetas decadentes, sombríos, cuya musicalidad aún traspasa el tímpano del lenguaje. En “El ángel negro de la isla de Kampa”, aparece un Holan devastado por la muerte de su hija Kateřina, y exiliado en su querida isla; en el poema “Paul Celan hilvana su fuga”, nos habla del rumano y la desolación que siempre le acompañó: “Es en tu vientre, / madre, / donde / siembro / mi otoño”; o, las líneas de “Episodio para Jean Arp”, donde explora el encanto y ostracismo característicos del escultor y poeta francoalemán.

Es Memorial del árbol un libro persuasivo, consistente, en donde fluyen imágenes de alta factura. Sin duda, escucharemos el eco de este poeta bogotano más allá de esta obra, más allá del importante premio que le fue concedido.

 

 

Tres poemas de Memorial del árbol (2013):

 

 

UNA LECHUZA
se desliza por la boca del viento.
 
Su sombra
             traza un círculo inmortal
                   en la herida del árbol.
 
En donde página
                                       tras página
se incendiaban las palabras,
 
un aleteo oscuro
anuncia
       lo que no puede nombrarse.

 
****
 
 

RESPIRO las grietas
de una calle cualquiera;
                    escribo sobre el polvo
                                       y su semilla.
 
Mi escritura
no es más que la aridez del aire,
 
                    la señal
                                       del derrumbe.

 
****
 
 

SOBRE LA PIEL
 
Permite que el viento deshaga el laberinto
sobre la piel de tu infancia.
 
Deja que delate una íntima escritura:
el torbellino de lava que palpita
en el vientre del águila
(todos los fragmentos de tiempo
en el que el agua cae de su envoltorio
son uno con su dios).
 
Pero sólo
                 es el viento,
                                       oscilante.
 
Una tinta invisible
                          en un rostro que permanece.

   

 


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