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17 Abr 2020 / 11:35 am

En 1976 inició la dictadura militar en Argentina, siendo parte de esa otra forma de ¨virus¨ que se fue desplegando por todo el continente, la represión y el neoliberalismo. El régimen de terrorismo impuesto por la Junta Militar Argentina causó la desaparición de más de 30.000 personas.


Juan Gelman pasó gran parte de su vida en el exilio. Se encontraba en Roma al generarse el Golpe Militar, realizando contactos internacionales para su movimiento político, motivo por el que pudo regresar a su país, de forma legal, hasta 1988. Recibió órdenes de captura permanentes, incluso fue condenado también por ¨Los Montoneros¨, grupo en el que era militante. Se radicó en México.


Su obra está atravesada por el secuestro y desaparición de sus hijos y la recurrente búsqueda de su nieta nacida en cautiverio. Sin embargo, siempre mantuvo una comunicación cercana son su país desde la poesía. ¨En el exilio, la única patria es la lengua¨, manifestaría al poder cruzar de nuevo las fronteras que le fueron impuestas.

 

 


EL Río

 

Juan Gelman (Argentina, 1930 – México, 2014)

 

El amor no tenido baja
como cántaro que se va a romper. ¿Qué
va a salir de ahí? ¿El señor
que espera un sol sin arrugas
para irse a dormir? ¿Es cierto
que el universo mira suave? Decir
es ceniza de aquel fuego, de aquel
horizonte con
una joya infinita.
El signo de las sombras es
lo que nos corresponde. Las figuras
precisas vendrán después. Las
puertas de la piedra parecen
un dolor que no se sabe abrir y la
distancia que las borra produce una
sequedad del aire en que no soy de mí.
La sangre pisada por la realidad
es un caballo. ¿Alguien oye
la conclusión del alma
en el goce militar? ¿Se pudre
la mano metida en la razón?
Se sufre aquí.
De los muertos se levanta
un párpado, un aguijón, una pregunta
en su nueva batalla. Los vivos
están untados de espanto.
No salen de la furia ni
del bobo de su repetición. En esa
tierra conozco las horas
irreales, pechos
sin consecuencias, mujeres
que arrastran muertos de su deseo,
dientes y pies y manos que ruedan
en mis furores, ellos,
que no perdonan. Son
lentos en el pensar, tienen
mucha sangre al dorso, bestias
que gritan en el menor rincón.
Estoy parado en viajes que nunca haré
y sueños que nunca tendré. Se abre
la visibilidad de la ausencia.
El cuerpo de una ilusión pesa
menos que la sombra que da, no canta
destapado por el sol, va
de un abismo a otro, vuela como
gaviota sorda en la ventana.
He visto eso, servidumbres acostadas
en una muerte que no sirvió y vi
compañeros que sentían la felicidad
y no la conocían. Esperaban
en las recetas del invierno. Así fue, eso vi,
hombres y mujeres que hablaban del
porvenir en voz baja para no molestarlo.
Murieron derivados
de su conocimiento del futuro, extranjeros
en la distancia que mañana son otros.
Corrigieran la noche y quien
corrige la noche corre el riesgo
de quemar su deseo. Quien corrige
el deseo se puede quemar. Conozco
países melancólicos por esa razón. Conozco
criaturas agarradas a ellas mismas
como a un clavo que no arde. Conozco
rebaños de paciencia haciendo olvido.
¿A dónde va tanto olvido? ¿Es
sangre ciega en los tableros del sur? Y vos,
Dios, ¿por qué olvidas? Te encogiste
para que fuera la sombra argentina,
ese animal feroz perdido.
Llueve.
La distancia entre Dios y Dios pasa
por la calle con
su infancia mojada en la mano,
vestida de su propio desastre.
El tiempo no termina de pasar
desterrado de su propia pasión y triste por ahora,
con dilaciones vagas y catástrofes.
¡Quiero ser un jardín carnal
que florece y lavaba a la muerte de sus muecas!
¡Con la luna saltona detrás!
¡Los compañeros caen levemente
en el país que duele! ¡Como
mano rogada caen, como
lo que se apaga por amor
en las condenaciones del creyente!
Llamar a las cosas por su nombre es otro exilio.
La mirada rueda como un lagrimón.
Los compañeros, sí.
Duermen bajo la plomada solar y
preferirían otra cosa.
Dicen que el sueño tiene muchas casas
y también está dentro de la muerte, y
raspa rincones que no dejan de doler.
Los compañeros yacen con la voz atada
al espejo del centro que no cesa. Están
en un lugar del fuego
desamparados de sus actos. La
memoria explora entre
lo que pudo ser y no fue.
Hay gritos que se pierden
en el roce de los días.
¿Quién es posterior a su vida? Sólo
el vuelo del pájaro que cava descendencias
y deja el cuerpo ido a lo que puede suceder.
No huye de sus peligros y toca
el tamaño de la muerte. Se posa
en una ventana asomada a la locura. Esta noche
va a ocurrir todavía. ¿Para
bajar a tierra al íntimo pavor?
En la peluquería de hombres se conversa
y pasa la sombra del abuelo de Jorge
con sus tijeras cortando el tiempo.
La despasión tiene hijos monótonos. El sueño
es un trabajo absurdo, dicen, una
miseria del cuerpo, una falta
de aseo. Dan ganas
de despertarse otro. Aislar
el verdor del paisaje es una posibilidad.
La angustia es imperfecta. El
deseo sobrevive y no
quiere tener alma.

 

***

 

Pintura: Ovidio Desterrado De Roma (1838) Por Turner. (En el año 8 d.C. el célebre poeta Publio Ovidio Nasón fue desterrado por Augusto a Escitia, un territorio bárbaro situado en el entorno noroeste del Mar Negro).


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