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01 Abr 2020 / 07:48 am

 

Nota y selección de Alejandro Cortés González

 

Poesía de paso, cuarto libro de poesía publicado por Enrique Lihn, ocurrió gracias a una beca de la Unesco obtenida por el autor en 1965 para estudiar museología en varias ciudades de Europa, entre ellas París, Ginebra, Roma y Florencia. Los poemas que lo componen están escritos a modo de diario de viaje donde Lihn se aleja del lirismo para acercarse a una prosa poética nutrida de oralidad, ensayo, apreciaciones de arte y antipoesía, sin olvidar la emoción natural de la expresión lírica. Esta obra fue ganadora del Premio Casa de las Américas en Cuba, 1966. El jurado estuvo integrado por Jorge Zalamea, Gonzalo Rojas, José Emilio Pacheco y Pablo Armando Fernández.

 

 

MARKET PLACE

 

Cirios inmensos para siempre encendidos,

surtidores de piedra, torres de esta ciudad

en la que, para siempre, estoy de paso

como la muerte misma: poeta y extranjero;

maravilloso barco de piedra en que atalayan

los reyes y las gárgolas mi oscura inexistencia.

Los viejos tejedores de Europa todos juntos

beben, cantan y bailan sólo para sí mismos.

La noche, únicamente, no cambia de lugar,

en el barco lo saben los vigías nocturnos

de rostros mutilados. Ni aun la piedra escapa

—igual en todas partes— al paso de la noche.

 

 

CIUDADES

 

Ciudades son imágenes.

Basta con un cuaderno de escolar para hacer

la absurda vida de la poesía

en su primera infancia:

extrañeza elevada al cubo de Durero,

y un dolor que no alcanza a ser él mismo,

melancólicamente.

Dos ratas blancas giran en un círculo

a la velocidad de la neurosis;

después de darme vueltas sesenta días justos

en el gran mundo como en una jaula,

me concentro en un solo pensamiento:

ratas que giran.

Blanca, velluda, diminuta esfera

partida en dos mitades que brincan por juntarse,

pero donde fue el tajo, la perpleja lisura

y el dolor, ahora están esas patitas,

y en medio de ellas sexos divisorios,

sexos compensatorios.

Nos salen cosas donde fuimos seres

aparte enteramente, enteramente aparte.

Cinco minutos de odio, total. cinco minutos.

Ciudades son lo mismo que perderse en la calle

de siempre, en esa parte del mundo, nunca en otra.

¿Qué es lo que no podría dar lo mismo

si se le devolviera al todo, en dos palabras,

el ser mezquinamente igual de lo distinto?

Sol del último día; ¡qué gran punto final

para la poesía y su trabajo!

En el gran mundo como en una jaula

afino un instrumento peligroso.

 

 

SAN PEDRO

 

Este primer motor del mundo tiene

para girar en su inmovilidad

la gran carrocería de San Pedro,

el ruedo de sus cúpulas que dan

formas al cielo de la impavidez,

senos para nutrir en esta tierra

la Historia del Poder, para engolfarse

las llaves y los nudos de San Pedro.

Atar o desatar, ¡qué bella cosa!

y fueron garras las que se mezclaron

a este ejercicio de parar la roca,

ahuecarla, infundirle un mecanismo

en todo semejante al alma humana

que luce bien al borde del infierno.

Los santos desenvainan sus espadas

—centuriones de un Cristo aristotélico—

cruces forjadas en las herrerías,

y en lo alto la cruz parece un águila.

Romas vaciadas en un mismo molde.

Pídele al horizonte menos cúpulas.

 

 

COLISEO

 

Última fase de su eclipse: el monstruo

que enorgullece a Roma mira al cielo

con la perplejidad de sus cuencas vacías.

Sólo el oro del sol, que no se acuña

ni hace sudar la frente ni se filtra en la sangre

colma y vacía" a diario esta cisterna rota.

El tiempo ahora es musgo, semillero del polvo

en que las mutiladas columnas ya quisieran

descansar de su peso imaginario.

 

 

EL INSOMNE

 

A la vuelta de las escarificaciones el parpadear

de la locura

y la obsesión de los objetos hirientes.

Disturbios que remplazan el alma por la sed

en que prueba el alcohólico el gusto de sus vísceras.

No se puede dormir en horas sucesivas,

completar este cántaro con una arcilla erizada

de vidrios

sino en todo mezclar la vigilia y la sangre

y el miedo al crimen y la eyaculación

sobre la arena tórrida.

 

 

NATHALIE

 

Estuvimos a punto de ejecutar un trabajo perfecto,

Nathalie en una casa de piedra de Provenza.

Dirás ahora que todo estuvo mal desde el principio

pero lo cierto es que exhumamos, como

por arte de magia,

todos, increíblemente todos los restos del amor,

y en lo que a mí respecta hasta su aliento mismo:

el ramillete de flores de lavanda.

Es cierto: nuestras buenas intenciones fracasaron,

nuestros proyectos se redujeron al polvo

del camino

entre la casa de Lulú y la tuya.

No se podía ir más lejos con los niños

que además se orinaron en nuestro experimento; pero

aprendí a Michaux en tu casa, Nathalie; una

vociferación que me faltaba,

un dolor, otra vez, incalculable

para el cual las palabras no tienen gusto a nada.

Vuelvo a París con el cuaderno vacío,

tu trasero en lugar de mi cabeza,

tus piernas prodigiosas en lugar de mis brazos,

el corazón en la boca no sé si de tu estómago o del mío

Todo lo intercambiamos, devorándonos: órganos y

memorias, accidentes del esfuerzo por

calarnos a fondo,

Nathalie, por fundirnos en una sola pulpa.

Creer en dios; sólo me falta esto

y completar, rumiando, el ciclo de la baba,

a lo largo de Francia.

Pero sí, trabajamos duramente

hombro con hombro, ombligo contra ombligo

y estuvimos a punto de sumergirnos en Rilke.

No hemos perdido nada:

este dolor era todo lo que podía esperarse;

sólo me falta aullarlo en el momento oportuno,

mi viejecilla, mi avispa, mi madre de

dos hijos casi míos, mi vientre.

«Va faire dodo Alexandre. Va faire dodo Gérome».

Ah, qué alivio para ellos

el flujo de la baba de la conciliación. Toda otra

forma de culto es una mierda.

Me hago literatura.

Este poema es todo lo que podía esperarse

después de semejante trabajo, Nathalie.

 

 

ERES PERFECTAMENTE MONSTRUOSA EN TU SILENCIO...

 

Eres perfectamente monstruosa en tu silencio.

Ya lo sé; preferible a un razonar

sin otro son que el ton: de vientre para afuera,

de boca para afuera, de corazón para afuera.

Pero me muerde el tiempo con que allá te abanicas;

armado de una pluma, entre el cachorro y la pared,

desnudo

hago como que juego a desangrarme

cuando, entre broma y broma, me desangro.

Como en la infancia pero aún más cruel que la

persecución de todos contra uno

o el castigo por llorar en horas de clase,

este silencio, ese silencio monstruoso

de alguien que te hizo entrar, acariciándote,

a su pequeño circo propio. Romano.

 

 

EPÍLOGO

 

Vivimos todos en la oscuridad, separados

por franqueables murallas llenas de puertas falsas;

moneda que se gira para los gastos menudos de la

amistad o el amor nuestras conversaciones

contra lo inagotable no alcanzan a tocarlo

cuando ya se precisa renovarlas, tomar

un camino distinto para llegar a lo mismo.

Es necesario acostumbrarse a saber

vivir al día, cada cual en lo suyo,

como en el mejor de los mundos posibles.

Nuestros sueños lo prueban: estamos divididos.

Podemos simpatizar los unos con los Otros,

y eso es más que bastante: eso es todo, y difícil,

acercar nuestra historia a la de otros

podándola del exceso que somos,

distraer la atención de lo imposible para atraerla

sobre las coincidencias,

y no insistir, no insistir demasiado:

ser un buen narrador que hace su oficio

entre el bufón y el pontificador.

 

 

 

**

 

ENRIQUE LIHN

 

(Santiago, Chile, 1929-1988). Poeta, novelista y ensayista. Realizó sus estudios básicos en el Saint George College, posteriormente en el Colegio Alemán y en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile. Miembro de la generación del 50, inició muy joven la carrera literaria, incursionando no sólo en poesía sino también en el campo de la novela, el ensayo y la crítica. Fue profesor del Departamento Humanístico de la Universidad de Chile y en 1965 viajó a Paris mediante una beca de museología de la Unesco. Posteriormente vivió en Cuba y EE.UU., gracias a la beca Guggenheim obtenida en 1978. Su obra poética consta de numerosas publicaciones, entre las que se destacan: Nada se Escurre en 1949, Poemas de este tiempo y de otro en 1955, Poesía de paso en 1966, Situación Irregular en 1977, A partir de Manhattan en 1979, El Paseo Ahumada en 1983 y Diario de la muerte en 1989. De los galardones obtenidos sobresalen el Premio Municipal de Poesía 1970 por su obra La musiquilla de las pobres esferas y el Premio Casa de las Américas de Cuba por su obra Poesía de paso en 1966.

 


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