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24 Ene 2020 / 07:07 am

 

UN AÑO

 

Cuando llegué a su piedra, me senté sobre ella,
como quien se sienta al borde de la cama,
acaricié el granito pulido, salpicado de manchas.
Con lágrimas lavé una esquina de la piedra.
Una hormiga negra
pasó de un lago a otro del granito,
otra arrastraba a una muerta
y la dejó para no volver.
Las hormigas entraban en las ranuras de su nombre,
escalaban las fechas, recorrían el surco
de la primera O, de la segunda O,
la última O del apellido,
exploraban el guion que separa
su nacimiento de su muerte, pequeña muesca de su vida.
Dejé que otros insectos, blandos
como granos de polen recorrieran mis zapatos.
Con mis lágrimas limpiaba las manchas de la piedra.
Dentro de las letras descubrí
las primeras señales de líquenes
como estrellas en un temprano ocaso.
Vi la escrofularia con sus cuernos,
sus helechos enroscados, sus brotes cobrizos,
sus pétalos similares a ese disco de flema
que se balanceaba el último día sobre su lengua,
alerce americano, pináculo,
leño colorado, abedul de cortezas marcadas.
Rodeé un tronco con mis brazos
Y luego me eché sobre la tumba de mi padre.
El sol brillaba, las hormigas recorrían mi cuerpo.
Cuando desperté, un parche de tierra amarillenta
Cubría mi mejilla. Solo después pensé
en su cuerpo bajo el mío, el ataúd con sus huesos,
esas cenizas suaves
como almohadas de plumas
que estallan en la cama de dos amantes.
No me bastó con besar la piedra,
cuando la lamí mi lengua se secó,
comí su tierra, saboreé a mi anfitrión de barro.

Sharon Olds


Fundación La Raíz Invertida
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