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14 Jun 2019 / 06:51 am

 

Este domingo se celebra el día del padre. Sylvia Plath le recordaba con frecuencia. Recordaba, por ejemplo, cuando cabalgaba al caballo Coloso, bajo sus instrucciones. Ese es su primer libro, "Coloso". Aquí, el famoso poema.

 

 

COLOSO

 

Nunca podré reunirte íntegramente,
Juntar, pegar, articular como corresponde.
Rebuznos de mula, gruñidos de cerdo, obscenos graznidos
provienen de tus grandes labios.
Peor que en un corral.

Quizá te consideres un oráculo,
portavoz de los muertos o de algún dios.
Yo llevo treinta años esforzándome
por limpiar de fango tu garganta
y no he aprendido nada.

Trepando escaleritas con frascos de engrudo y baldes de lisol
me arrastro como una hormiga enlutada
por los campos cubiertos de maleza de tus cejas
para reparar tu inmenso cráneo y desbrozar
los descarnados y blancos túmulos de tus ojos.

Un firmamento azul se cierne sobre nosotros.
Padre, tú solo
eres una referencia histórica tan importante como el Foro Romano,
aquí desayunando, en una colina de seres siniestros.
Las columnas de tus huesos y el perfil de tus cabellos vuelven
a su antigua anarquía esparciéndose hasta el horizonte.
Se necesita más que un rayo
para crear tanta ruina.
Algunas noches me acurruco en el doblez de tu oreja,
a salvo del viento
y cuento estrellas rojas.
Sale el sol bajo el pilar de tu lengua.
Mis horas se desposan con la sombra.
Ya no escucho más el roce del hierro
contra las sordas piedras del rompeolas.

SYLVIA PLATH

 


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