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22 Ene 2019 / 11:04 am

 


El día que vi el cuerpo de mi padre bajar hacia la muerte


De la vida, de la manzana rebanada por un cuchillo de
fuego,
¿qué semilla se salvará?
Czeslaw Milosz


Enero estrujaba el lomo de las tumbas/ como heraldo maldito escupía su sentencia contra la fibra de los ánimos/ en el rostro de esas estatuas que no parpadeaban/ ni tendían su mano para ahuyentar tanta linfa incrustada.

En el cementerio —bajo el espejismo de la calma— los ángeles están hechos con la materia de la desidia/ casquijo frío con que se levantan murallas de lo incierto/ y se cubren cuerpos que van cediendo sus ripios a la nada: ellos no comprenden el grito/ no saben para qué tanta sal carcomiendo los ojos/ sepultando el artificio y todo ruego.

Asomaba su hocico la podredumbre/ en las entrañas de los sepulcros centelleaba el hedor de la muerte/ el detritus de esos seres que yacen como frutas mutiladas/ supurando su pulpa/ haciéndose grumos en el gaznate del limo donde bulle —igual que festín— la ruina/ y las crisálidas no se conmueven/ ni reculan en su apetito de seres sin alma/ mientras la afonía de sus víctimas se propaga/ untando un cielo ya lastimado por el aplomo de Dios.

Las cárcavas vociferaban su dolor/ pero nadie escuchó los huesos quebrarse/ estrellarse al fondo de una eternidad que hacía lazos/ cercando cabezas/ torsos/ las cuencas de los difuntos.

Un día de enero vi el cuerpo de mi padre: sus ojos/ canas/ manos/ todos sus cartílagos trastocados en una sola esencia/ bajar hacia los intestinos de la tierra/ lejos de todo latido/ aunándose en el gris de la necrópolis/ perdiéndose en la cruda apatía de esos ángeles tan de mármol/ que no comprendieron —no comprenderán— este alarido haciendo olas entre mis costillas/ tanta sal rasgando mis pupilas.

 

***

 

Las palabras

Lo cierto es que estoy a merced de las palabras (…)
Fernando Cazón Vera


Como piedras son las palabras/ pesando sobre la lengua/ el espinazo/ la índole de los hombres. Amorfas/ filosas/ oscuras/ de historia sin génesis ni final igual que la muerte/ la sordera de los astros/ el polvo pegado a la humedad de tus huesos.

Palabras-piedras para ceñir el horizonte/ unir la conciencia fría de la estrella a la boca de la tierra/ al hambre de los vivos y darle una fracción de voz/ un grito que ondule en su rostro para simular la vida/ el gesto con que se imita el fuego de la memoria/ la huella incorruptible de lo cierto.

En su elemento se forjan cántaros/ catedrales/ todos los muros y atalayas con que se resguarda el empeño de las almas/ la conciencia que mana de las ubres eternas del tiempo.

Palabras-piedras con olor a sangre y óxido/ que forjan tumbas/ maceran cabezas/ socavan el traje de la calma en el vuelo de su estruendo/ con su odio sin anuencia/ y avanzan como un río tumultuoso más allá del cauce/ trayendo un paso de horror/ y filo/ y confusión que asesina los contornos/ todo peldaño hacia el ágora del entendimiento.

Palabras que son como piedras: a veces prohibidas/ inútiles/ insidiosas como una pérdida/ un hueco en el alma. Traen raíces/ patrañas/ cada pliegue que la obstinación calcó en la piel como castigo por la irreverencia.

Igual que una masa corrosiva perforan la cáscara/ carcomen el núcleo de todo argumento y todo lo enérgico. El hombre está siempre a merced de las palabras/ sobreviviendo entre sus tramas/ en una marea ambigua que lo salva o sepulta —como piedras—/ cuyo dominio y utilidad dependerá (del equilibrio hacia la vida/ la lectura de circunstancias) del portador.

 

***

 

Muchacha suicida


Ella tuvo un nombre/ pudo llamarse Alfonsina/ Sylvia/ Teresa Wilms. Ahora yace en el estómago del océano: barco cortejado por la desidia de esas algas que no comprenden el dialecto de sus gritos/ mientras se quiebran bajo el peso de la sal.

Alguna vez su voz fue arcano de la inocencia/ la habitaron sueños con ímpetu de pájaros/ y sus ojos simulaban una red de hebras en luz/ pradera donde convergía la fascinación del mundo/ toda evidencia de bondades.

No advirtió el instante en que la rutina se hizo trampa/ ponzoña que inundó cada espera/ ciudad/ memoria/ y trozó el cordón umbilical como se poda un miembro ya desahuciado/ algún recuerdo de liquen y pus/ apartándola de sí misma igual que un ciego frente al espejo.

Llegaron susurros en porciones abismales/ códigos como lanzas que atravesaron la membrana de la realidad/ dejando escapar ristras de fracasos que la arrastraron entre sombras/ sin invenciones para erguir la frente hacia los dedos del acierto.

¿Quién vislumbró los pedazos de su voluntad/ las quimeras en fuga/ todas las fracturas que estamparon sellos de sentencia? Un paso cada día hacia el detritus: se escurría el cielo en una mezcla febril de inmundicias que masticaba la materia de la razón/ mientras el ojo fijo de la nada martilleaba sobre su cogote.

Ella tuvo un nombre tan cierto como un país/ latiendo en su esencia contra la costra de la muerte/ el manotazo del olvido. Pero nadie logró descifrarlo/ no rodó la palabra antes del quiebre de la aurora/ el vocablo que anulara la fatiga/ el desplome absoluto hacia una eternidad de arrecife y silencio de sal.


***

 

Discursillo sobre/para un gorrión

Dejo de mirar el cielo
para enterarme de los pájaros
Irizelma Robles


Llega un gorrión hasta mi mesa/ La lluvia lo ha empujado hasta aquí —como un sarcasmo— para que yo sepa de la inmisericordia/ para que conozca que existen seres solos/ incluso más solos que yo.

El animal procura una migaja/ restos de comida que antes fueron un instante magnánimo/ Lo miro con desconcierto y algo de envidia: sobrevienen desgarraduras/ renuncias que van moldeando/ dejándome saber lo que soy frente a ese parvo heraldo que ha llegado sin convite/ como un manotazo que no se espera.

El gorrión busca ganar alguna porción de vida/ intenta subsistir a pesar de todo y de mí.

Yo sólo alcanzo —desde esta condición de criatura estática— a contemplar el acto de su escapatoria/ el petulante arbitrio con que va desafiando la vorágine de la tormenta/ mientras me abraza la sombra de su partida/ esta brutal desolación al saberlo más libre.

Incluso más libre que yo.

Para Irizelma Robles y Michel Mendoza,
por la complicidad


***

Milho Montenegro

La Habana, 1982. Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Ganador de diversos premios entre los que destacan: Premio en el I Concurso Internacional de Cuento Breve Literatura Fantástica (2016), Premio Nacional de Poesía Pinos Nuevos (2017), Premio Beca de Creación Prometeo en el XXII Premio de Poesía La Gaceta de Cuba y 1er Premio en el III Concurso Internacional de Haikus Ueshima Unitsura (2018), Toledo, España. Ha publicado los cuadernos Rostros de ciudad (poesía, Editorial Montecallado, 2015), Muchachas que llegan con la noche (poesía, Editorial Guantanamera, España, 2017), Muchachos que no merecí (poesía, Editorial Espiral Publishing, EE.UU, 2017) y Erosiones (poesía, Editorial Letras Cubanas, 2017). 
E-mail: milho.montenegro@hotmail.com

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