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19 Ene 2019 / 18:39 pm

Traducción por Andrés Camilo Torres Estrada


Walkman

No quise dejar de beber,
simplemente ocurrió.
Siempre había pensado
que sería difícil, o no
difícil, precisamente,
sino imposible.
Entonces, una noche de Año Nuevo
hace veinte años,
en el BJ’s, Craig y yo
estábamos tomando cerveza
de botellas marrones,
haciendo de las etiquetas
pequeños nidos de confeti.
En México,
la noche del Año Nuevo anterior
yo había empezado a beber
de nuevo, luego de un año sobrio.
Viajé solo
por Oaxaca durante un mes
y tuve al menos dos
experiencias hermosas.
El bus en el que viajaba se averió
en medio de las montañas
y vi las estrellas parpadear
con una chica mexicana
que luego me envió
una carta que nunca contesté. Esa
es una de las experiencias. Las otras
son secretos. Dejamos el BJ’s
a una hora razonable por una vez.
Nunca volví a beber.
No sé por qué.
No creo que tuviera nada
que ver conmigo.
Creo que fue un milagro. Como
cuando en el último segundo el héroe
baja la palanca para cambiar el tren
a la vía donde la protagonista no está
atada. Por aquellos días siempre
estaba en la ruina, mientras que ahora
simplemente soy pobre. Llevé un walkman
y una mochila llena de
casetes a Oaxaca. En una semana
estaba cansado de todos
y quería comprar una cinta nueva
pero no tenía dinero.
Escuché Live Through This en las ruinas zapotecas
de Monte Albán,
Rumours en el bus a
DF.
En Puerto Ángel
–mis audífonos filtrando
una pequeña discordia
en la azotea de un bar–
me senté mirando el océano.
Un americano de la edad
que ahora tengo
me preguntó qué estaba escuchando.
Sonic Youth, le dije. Preguntó
qué álbum. Sister, dije.
Rio entre dientes y dijo
soy Johnny Strike.
Acaso no fue un milagro,
pero no lo podía creer.
Aquí estaba el tipo que compuso
el clásico de Crime del 76
“Hot Wire My Heart”,
del que Sonic Youth hizo un cover
en Sister, su clásico del 87,
que yo estaba escuchando
en mi walkman
bajo el sol del fin de México.
Aunque en realidad estaba
escuchando Daydream Nation, digo Sister
cuando cuento esta historia.
Pero es una historia hermosa
aun sin embellecerla.
Esa es otra de las experiencias
de Oaxaca que mencioné,
el resto son secretos.
Oh, México, como James Schuyler
le escribió a Frank O’Hara,
¿eres tan solo otro
sueño velado?
Entonces Schuyler era
demasiado tierno para mí, pero
ahora es apenas lo suficiente.
Me encantan sus deseos.
Que “el bello y divertido
galgo blanco” pueda
ser inmortal, por ejemplo.
Pero no siempre puedo perdonar
su tono de Central Park West,
sus operetas austriacas
y sus largos jardines largos,
aunque no era rico
y estaba lo suficientemente
atormentado, Dios lo sabe.
En el verano del 84,
en Salida, Colorado,
yo tenía a Slade y Steve Perry
en mi walkman.
Bebía leche de los vasos
gigantes de Burger King
estampados con escenas
del Regreso del Jedi.
No se puede comprar tampones
con cupones de comida,
aun cuando tu madre
insista en que lo intentes.
Salida está junto
al río Arkansas,
cuya corriente
me arrastró
y me arrojó
en una orilla, río abajo,
una tarde calurosa.
Fue la primera vez
que pensé que iba a morir
y no lo hice. El Arkansas
y todo lo demás es mortal.
Mi madre había nacido de nuevo,
para mi desgracia. Aunque
ahora resulta que creo en Dios
Padre Todopoderoso, Creador
del cielo y de la tierra;
y en Jesucristo,
su único Hijo y Nuestro Señor,
concebido por
el Espíritu Santo. ¿Cómo
carajos me hice
cristiano? Gracia,
supongo. Sucedió,
simplemente. Admito que encuentro
difícil la resurrección de la carne
y la vida eterna,
o no difícil, precisamente,
sino imposible.
No hay creencia más extraña
que pensar que no seremos
olvidados bajo hojas, hojas,
hojas, como dice Schuyler,
es decir, realmente muertos,
como dice O’Hara en su hermoso
y triste poema a John Ashbery.
Pero la esperanza es un animal distinto
a la creencia. “La extraña esperanza
que Pablo proclama en
Corintios 2”, me escribió
mi amigo John, cuando murió
su madre. El cristianismo
es hermoso a veces
y muy cierto otras veces,
aunque se espera que las personas
sofisticadas estén por encima
de ese tipo de cosas. Bueno, de hecho
también soy marxista.
Ve y vende
lo que posees y dadlo a los pobres.
Dr. Dre dice en su nuevo
álbum “Aquel que se queja
de sus circunstancias
me ha perdido”. Bajo el riesgo
de perder más millonarios,
quéjate de tus circunstancias,
digo yo. Escuchaba The Chronic
en mi walkman el verano
que trabajé en las noches
en Kinko’s. Salía con Paige,
quien me decía “¿Por qué
este tipo me insulta?” cuando
se ponía mis audífonos.
Lo decía
más alto de lo necesario.
Un loco
venía a Kinko’s a eso
de las dos am y me pedía
que enviara mensajes urgentes
a todos los noticieros en Denver.
Quería decirle a la gente
que Dios castigaría la zona
con desastres naturales
si la ciudad lograba
expulsarlo del terreno
que había invadido. Me pidió
que lo ayudara a pensar
en desastres naturales
que Dios pudiera enviar.
Dije: “¿Tifones?”
aunque estábamos en Colorado.
Él escribió tifones.
Restos de papel sucio llenos
de caracteres negros ominosos
y furiosamente garabateados:
Atención nbc noticias de la noche,
habrá tornados, incendios, tifones.
Lo ayudaba a componer
sus diatribas y luego las enviaba
a las grandes cadenas de TV
y radio en Denver. Solo
que en realidad no las enviaba
y luego me negaba a aceptar su dinero,
diciendo que quería ayudar
con la causa. ¿Y si no era solo mierda
sino un verdadero
profeta? El área metropolitana
de Denver no fue afectada entonces
por desastres, pero eso no prueba
nada. Miren a Jonás y
Nínive, la gran ciudad.
No creo que fuera un profeta,
pero Kinko’s es bello
a las dos de la mañana, aunque
odiara trabajar ahí. Las filas
de copiadoras en silencio
como acorazados retirados
en una vieja bahía, la palidez
fluorescente, la estación de rock clásico
que yo volvía a poner luego
de que mi compañero la quitara.
¿El tipo dibujaba pequeñas
inundaciones y tornados
en sus lamentaciones o
eso lo inventé? Ojalá
se me hubiera ocurrido hacer
copias para mí. Ojalá hubiera
guardado las cartas de la chica mexicana.
Ojalá todavía tuviera las copiadoras
con sus lentos brazos
de luz, las luces del DF
llenando el Valle de México
mientras el bus baja lentamente
y Stevie cantando lo que tuviste
oh, lo que perdiste. ¡Schuyler
y sus deseos! “Ojalá fuera
1938 o 1939”. “Ojalá
pudiera desarmar un motor
y volver a armarlo”. “Ojalá
hubiera traído mi libro
de ensayos literarios”. “Ojalá pudiera
poner copos de nieve entre los libros,
como flores”. Ese último es mi favorito. Ojalá
yo lo hubiera escrito. Hubo épocas
en las que andaba por ahí hasta
que me arrastraba de nuevo a un bar
por miedo o aburrimiento o por ambos. Vi
El mañana nunca muere –con Pierce
Brosnan, la segunda peor James
Bond– en Oaxaca y
salí deseando que mi vida fuera
romántica y excitante y encantadora
o que al menos tuviera alguien
con quien hablar. Así que entré
al primer bar que vi y alguien me habló.
Es tan triste y perfecto ser joven y estar
solo en el zócalo cuando las pequeñas luces
aparecen bajo la luna y quieres
agarrar a la gente y preguntar quién
eres, estás tan asustado como yo. Y no sabes
que veinte años después
estarás escribiendo este poema.
Bueno, ahora estoy siendo sentimental
y olvidando que en aquellos días
yo escribía los peores poemas del mundo.
“Tuve una guitarra y temblé
y no canté”, ¡es un verso que
realmente escribí! El tipo de los tifones
habría escrito mejor poesía.
Hoy solo quiero escribir cómo han
sido casi veinte años desde
que tuve un walkman.
Imaginen: hubo una canción
que yo no sabía
que sería la última canción
que escucharía alguna vez en un walkman.
La escuché
como si fuera apenas
una vieja canción más,
porque lo era.


***

Michael Robbins

Ha publicado los libros de poemas Alien vs. Predator en 2012 y The Second Sex en 2014. Realizó estudios doctorales en la Universidad de Chicago y actualmente dicta clases en el programa de Escritura creativa en la Universidad del Estado de Montclair.

*

Andrés Camilo Torres Estrada

Realizó un Doctorado en Literatura, con una tesis sobre Jorge Luis Borges y César Aira. Ganador del Concurso Nacional de Poesía de la Casa Silva (2010) y del Concurso Nacional Universitario de Cuento de la Universidad Externado (2018).

 

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