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13 Dic 2018 / 11:42 am

Sobre los talleres de escritura y el oficio de escribir

 

Por Alejandro Cortés González

No tengo ambiciones ni deseos.
Ser poeta no es una ambición mía.
Es mi manera de estar solo.
Alberto Caeiro

 

Es grato ver que, desde finales de la década pasada, la presencia de la escritura y la lectura en Bogotá es cada vez más fuerte. En esto han contribuido los escenarios abiertos a autores reconocidos y emergentes y los espacios de formación ofrecidos, primero, por el ya institucionalizado Taller de Escritores de la Universidad Central, bajo la batuta de Isaías Peña desde 1981; y segundo, por los Talleres Distritales y Locales de Escritura ofrecidos por Idartes, cuya semilla nació en 2008 bajo el impulso, en ese entonces, de Nahum Montt. A partir de ahí, han crecido las fundaciones y organizaciones comprometidas con la formación de autores y lectores y con la divulgación de textos.

Se ha logrado entonces que gran parte de la población deje de ver la literatura como algo que sólo compete a lejanos eruditos, y que la asuma como una manifestación cultural que tiene que ver con todos nosotros, porque en ella, ficción o no, se refleja también lo que somos. Por eso se han dado espacios de formación y divulgación bastante informales, donde a la gente le agrada asistir, escuchar, leer, pasarla bien y aprender.

Dentro de esa intención de acercamiento, dentro de esa mirada suprainformal, noto con preocupación que, a veces, en el desarrollo de los talleres literarios se haga tanto énfasis en aspectos accesorios como los premios y los terceros tiempos, esas cervezas después del taller que siguen ofreciendo formación literaria desde la distensión de un bar. Y digo que me preocupa porque, si bien es cierto, crean un entorno ameno para el debate sobre escritos, autores y el intercambio de opiniones, hacer tanto énfasis en ellos puede generar una tergiversación de lo que representa escribir. Esto debe estar más allá de la idea decimonónica de una vida bohemia, y lo digo como director de talleres de escritura y como coordinador de la programación literaria de uno de los bares culturales más importantes de la ciudad.

Los bares, los cafés, las librerías, las bibliotecas, los teatros y hasta las plazas públicas son sólo espacios de encuentro entre autor y lector, y en esa medida constituyen un aporte valioso a la formación cultural y a la divulgación de la literatura; pero eso es todo. El hecho de tener una o varias lecturas públicas no convierte a nadie en escritor; tener una vida bohemia como un Rimbaud que busca a su Verlaine tampoco convierte a nadie en escritor; culminar un taller literario, un pregrado o una maestría tampoco convierte a nadie en escritor. Sí, se recibe un diploma, pero con él no se le puede exigir a un lector que se conmueva ante un texto.

En la escritura, realmente, nada certifica, ni siquiera el ganar premios literarios, ser invitado a grandes festivales o tener contratos con editoriales de renombre. Porque ser escritor no es un grado de solemnidad que se alcanza, sino una manera de asumir el mundo desde la lectura y la escritura. De tal modo convertirse en escritor, llámese poeta, cuentista, novelista, ensayista, cronista, dramaturgo, etcétera, no es cuestión de grados sino de instantes.

Instantes en los que te dedicas minuciosamente a leer, escribir, releer y reescribir. Sólo en esos momentos en que un texto fluye a través de ti, en ese estado de enajenación donde eres otro sin dejar de ser del todo tú, sólo en esos latidos del tiempo se concibe el escritor, bien sea leyendo o escribiendo, porque un escritor cuando lee, lo hace con mayor detenimiento, análisis y disfrute, una y otra vez, o como decimos en el argot de talleres literarios, se lee con destornillador en mano.

Teniendo en cuenta lo anterior, se es escritor simple y llanamente cuando se lee y se escribe, cuando se desploma la mirada del autor en una página. En ese momento el escritor está solo, abandonado de sí: el escritor es un minero solitario. Es por eso que toma tanta importancia poblar la soledad, para que el mundo interno sea rico, diverso, profundo. Un mundo interno que se nutra de la observación cotidiana, de la lectura, la calle, la pintura, la casa, el cine, el supermercado, la música, los caminos, el teatro, el campo, la danza, los grafitis, los planetas, los mundos, los submundos, de todas las artes y de todas las miradas. Que se pueda tener la capacidad de caminar mientras se mastica un pensamiento, de mirar por la ventanilla del bus mientras se hilvana un verso, de hacer la fila de un banco mientras se estructura la idea para un cuento, en fin: también se escribe cuando se camina.

Así pues, parece intrascendente enfocarse en premios, terceros tiempos, bares, títulos, invitaciones a festivales, reconocimientos; estos no son más que algunas de las posibles consecuencias del oficio de escritor, un oficio que se constituye sólo en dos momentos: el de leer y el de escribir. Si alguna de estas consecuencias ocurre, bienvenida; y si no, no pasa absolutamente nada. El mundo del escritor se construye hacia adentro.

Y si por estos días acabas de terminar un taller, curso o maestría de creación literaria, no caigas en la ingenuidad inverosímil de creer que recibiste título de escritor. Por el contrario, has recibido algo real y mucho más importante para este oficio: has recibido herramientas creativas, contenidos literarios y hábitos de lectura y escritura, para poblar la soledad.

 

 

 

ALEJANDRO CORTÉS GONZÁLEZ: Nació en Bogotá. Ha publicado los libros Notas de inframundo (Novela, 2010), Pero la sangre sigue fría (Poesía, 2012), Sustancias que nos sobreviven (Poesía, 2015) y Del relámpago nacerán luciérnagas (Novela, 2018). Ganador del Premio Nacional de Literatura de la Universidad Central en las categorías Novela (2009) y Cuento (2011) con “Él pinta monstruos de mar”. Ganador de la Beca de Circulación Internacional para Creadores del Ministerio de Cultura (2013), con la que participó en VII Festival Internacional de Poesía en París. Ganador del VI Concurso Nacional de Poesía UIS (2014). Ganador del segundo lugar en el XXXI Concurso Nacional de Poesía Universidad Externado de Colombia (2018), con el libro Instantáneas dominicales. Es director de talleres de creación literaria, director de la Fundación Trilce y coordinador del espacio cultural Trilce en La Galería, en Bogotá. www.alejandrocortesgonzalez.com

Las opiniones expresadas en el artículo son  exclusivamente responsabilidad del autor y no reflejan la posición oficial de La Raíz Invertida


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