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21 Dic 2015 / 11:20 am

LA CIUDAD DE CAMPOS OLIVER

Por Hellman Pardo

Una esquina donde hombres se abaten sin contemplación sobre la inocencia perdida. Dos perros apareándose sobre la sombra de una alcantarilla. Vendedores que intentan guarecer su ayuno en las monedas que alcanzan en un trolebús o en un paracaídas. Calles, pasadizos, canales por donde los citadinos parecen respirar la noche. Por el camellón del viejo puente, del poeta Alejandro Campos Oliver (Cuernavaca, México, 1983), nos recuerda que en las grandes ciudades inhalamos el ruido, pero también la esperanza: “bajo los crujidos que bañan la urbe / los gorjeos de unas cuantas aves / aún desahogan este inerte cielo”. Esa urbe perturbada por sus propios habitantes es ajena a la extrañeza y a la ensoñación. No le es permitido imaginar un nuevo ámbito. Sin embargo el mundo se revela con la llovizna que indaga rostros cansados, con la tarde devorando los olvidados parques.
Campos Oliver sabe recorrer las pesadillas de Efraín Bartolomé en su libro Ciudad bajo el relámpago, o la realidad frenética de los Poemas urbanos de Mario Rivero cuando dice que: “¡Despiértenme con el bullicio / de todas las campanas de nuestras catedrales!” o cuando anuncia “en la erosión de los puentes peatonales / respira el espejismo. / Al norte una hilera de extraviadas aves / y los despojos de sus plumas y sus sueños / son escaleras de adorno para un antro”.
Por el camellón del viejo puente, publicado por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, es un libro que abre el pestillo de una ventana por donde deambulan los cláxones, los autos en irregulares hileras, el óxido de las calles. Un poemario, en fin, que indaga el olor y la memoria de cualquier ciudad que nos pertenece.


i

Arenan las tardes secas flechas,
albas donde el sol surca entre cristales,
pasos de metal que el aire estaciona.


vii

Tú eres la avenida
que repite su voz en lo que escucha,
refracción que se desliza
por un camellón del viejo puente.

 

x

Desde un mar adulterado la tierra también es árida y desolada,
sin puntos de retorno y sólo sus infames grises.

La escala de verdes y azules se ha perdido.
Estructuras metálicas amurallan el horizonte.
¿Será por ello que siempre das la espalda a los árboles de lluvia?


xviii

Sombras de indolencia y prejuicios
escupe cada poste de luz en las esquinas.

El infierno de cada día lo edificamos juntos
en la indiferencia de no reconocer
al otro como uno mismo.

¿Cómo alumbrar lo que no es infierno?


lxiii

Con ojos de Ítaca se yergue el extranjero,
habla de las mañanas en el verano de su pueblo,
del voluptuoso puerto que ha forjado su destino,
dice que los ecos retornan en un instante
si descubres el lenguaje furioso del silencio.

 

ALEJANDRO CAMPOS OLIVER (Cuernavaca, México, 1983). Catedrático de la UAEM. Autor de varios de libros de poesía y ensayo, entre los que se encuentran Melancolía del olvido (2009) y Sombra (2010). Coordinador general de las Jornadas Internacionales de Arte y Humanidades que promueve el AMEICAH, en México.


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