2019
19 Nov 2015 / 09:27 am

LA POESÍA COMO EL AIRE NOSTÁLGICO DE LA SOLEDAD

Por Juan Romero Vinueza

 

La memoria es la base de la civilización y un lugar común dentro de la poesía. El ser humano jamás deja de recordar cosas, es normal añorar algo que se quedó extraviado en el pasado, como aquella infancia perdida o una juventud que se ha esfumado. El poeta Xavier Oquendo Troncoso en su libro Últimos cuadernos, publicado por la editorial mexicana Mantis Editores, a cargo de Luis Armenta Malpica, presenta en esta antología la idea de un pasado nostálgico y melancólico, en el cual la idea de la juventud y la soledad sobresalen como los motivos poéticos más fuertes. 

El poemario consta de cinco partes: Solos, Nostalgia del día bueno, Nacimiento del dolor, Lo que aire es y La Posta. En todas ellas, además del hecho de la soledad existencial, hallamos la noción del paso del tiempo -que quizá sea uno de los temas más importantes de la literatura y de la vida-unidos por la mención de la voz poética que le da vida a los versos que contiene este libro. Los cinco cuadernos -como se ha decidido llamarlos- tienen cosas en común y divergencias, las cuales serán puestas en evidencia.
En Solos el poeta crea una legión de personajes particularmente ridículos a los cuáles llama con el nombre de solos. Lo interesante de esta recreación es que los solos, en algún momento, somos todos los lectores y los no lectores. El hecho de la soledad abarca diversas posibilidades de enajenación. Por ejemplo, estamos solos -digo parafraseando a Oquendo Troncoso- cuando tenemos una medida estándar y somos a la vez, repetitivos; o cuando sin tener una sombra caminamos por las calles y creemos en la sobrevivencia; o cuando no estamos libres de ser libres. En palabras del propio autor, podríamos decir que:

«El que no esté solo
que lance la piedra
contra él mismo»

Nostalgia del día bueno, es el punto en el que el autor hace que nos enfrentamos a un yo poético que pelea consigo mismo, como en el fragmento de Solos, y se califica a sí mismo como un yo del frío, como esa desaparición que no llega a darse nunca porque el poeta no llega a lanzarse al vacío. Además, vemos que se realiza una especie de oda al conformismo. El poeta evade el vacío y se conforma con eso; no logra ser, pero lo intenta. Es como una especie de Sísifo atrofiado que busca algo para no caer en el abismo y no lo logra, pero tampoco sucumbe ante al vacío como se expresa en el poema La “Soledad” que se le olvidó a Machado.
En el siguiente cuaderno, se mantiene la propuesta del conformismo, hasta cierto punto, pero nos muestra otra cuestión particular y es la desmitificación del poeta como tal. Nacimiento del dolor nos habla de un instinto oculto, de una sombra, del temor a aquello que puede opacarnos y extinguirnos. Lo que sucede es que el autor anula al poeta para dejar con vida al poema (que es lo que pasa, realmente, en la poesía). Nos dice Oquendo Troncoso, por ejemplo, en su texto Éste es el poeta que el poeta no existe, porque dejó para su homenaje el poema. La vida del poeta es pasajera, pero la poesía siempre quedará allí. De esta manera, expone que Cervantes no es el que sigue vivo sino el Quijote; es decir, el poeta ha muerto, su obra sigue en pie.
Quizá la parte más sobresaliente dentro de las cinco divisiones sea la titulada Lo que aire es. En dicha sección, Oquendo Troncoso realiza con los títulos de los poemas una suerte de tributo a los títulos del siglo de oro español, recordándonos a uno -y tal vez el más importante- de los creadores de nuestro idioma, el poeta muerto llamado Cervantes. Pero, eso no es lo más destacable de esta parte, sino que es justamente aquí en donde se nota el mayor trabajo poético del autor. El lector se encuentra ahora con textos en los cuales el recuerdo y la desidia se convierten en dagas que advierten a la piel que existe lo no-realizable y para eso tenemos la memoria que nos obliga a crear reminiscencias.
La poesía y la vida están cargadas de pasado. El tiempo le recuerda al poeta que ya no es joven, pero que tampoco es un viejo y lo pone a jugar con el verso no soy discípulo y tampoco maestro. Ahora el texto, nos exhibe cómo la infancia se transforma y no es más que una calle, una esquina, o una incertidumbre creada por el recuerdo. Porque el poeta se ha ido haciendo, pero tiene miedo de ser una sombra o polvo. En el poema De cómo el poeta le dedica un poema a Juan Gelman, aprovechándose de un verso de César Vallejo, por ejemplo, Oquendo Troncoso realiza un texto pretencioso -¿pero qué son los poemas, sino pretensiones basadas en otras pretensiones y así ad infnitum?- y nos dice que los golpes son duros en la vida y que, además, son necesarios para nuestra salvación. Sin embargo, la única manera de pelear contra el golpe no es enfrentándose a él, sino que el poeta utiliza otra arma y nos dice que es mejor ser el golpe, convertirlo en nosotros mismos.
Para finalizar haré referencia al fragmento con el que se cierran estos Últimos Cuadernos: la sección denominada La Posta. Al transitar estas líneas nos encontramos con los recuerdos de una voz cansada y que empieza un nuevo ciclo, que nace y que muere a la vez. El texto empieza diciendo que Dios fue papá, porque Papá hizo al mundo en pocos días, / pero luego se arrepintió. El poeta es el padre de sus textos y del universo que configura a través de ellos y puede -o no- arrepentirse de haberlos escrito. El poeta toma la posta de su padre, no en el hecho de la poesía, sino en la cuestión humana, terrena, mundana. Oquendo Troncoso lanza este lapidante verso para mostrarnos el ciclo interminable de la paternidad: El hijo soy yo. Y es mi hijo el padre que soy.
La totalidad de esta antología que organiza textos hallados entre los años 2008 y 2014 de la poesía del autor ecuatoriano, nos da una muestra bastante clara de su poesía, de lo que le ha interesado retratar y demoler, tópicos tales como el tiempo, la memoria, la juventud, la nostalgia y el abandono, principalmente. Pero, no podemos olvidar de una de las ideas que, a pesar ser tan reiterativa, es muy destacable: la afirmación de que la poesía no morirá. En el texto Del cántaro lleno con el que cierra el cuaderno Lo que aire es, manda un mensaje a toda la legión de poetas: aunque todos se odien entre sí y tengan estilos diferentes y autores predilectos diversos, hay que aceptar que, en el fondo, todos están haciendo lo mismo: dándole vida a la palabra, más vida que la que tienen ellos mismos. Para ser un poco más explícito debo citar, nuevamente, al autor:


                Y que Dios no quiera que el diluvio se haga
                Que la poesía resistiría.

 

Juan Romero Vinueza Estudiante de Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Sus poemas y cuentos han sido publicados en revistas físicas y digitales en México, Perú, Ecuador, Argentina, Colombia y España. Es parte del consejo Editorial de la Revista Matapalo y maneja el blog de poesía hispanohablante Cráneo de Pangea, junto con Yuliana Ortiz Ruano. Consta en la Antologías Sinfonía Lírica: muestra de poesía total (Perú, 2014), Noventa Revoluciones (Ecuador, 2015), HARAWIQmuestra de poesía boliviana-ecuatoriana (Ecuador, 2015).

 


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