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13 Ago 2013 / 11:56 am

 

(Reseña sobre Alexia cuatro veces dijo no de Roberto Reséndiz)

Por Jorge Valbuena

 

De alguna forma nos hemos negado a la certeza, sin ella presumimos de livianos, de dolores que cumplen su función en nuestras tardes, como un cambio de estaciones que nos deja una larga estela de hojarasca en las heridas, y la barremos temprano en algún mapa, hacemos lámparas de arcilla, hasta escanciar la voz que arde adentro y nos obliga a deletrearnos. De alguna forma nos vamos negando a la certeza y nos hacemos fantasmas del vacío, reflejos de un espejo que oscurece y desboca sus diluvios, que recuerda y guarda los abismos que han mirado al fondo de la carne. Y de alguna forma también, este libro quiere ser una certeza, como una recóndita búsqueda que transita las calles, los ríos, las  orillas y los cielos de la palabra.

Alexia cuatro veces dijo no, reciente libro del poeta mexicano Roberto Reséndiz, despliega en las palabras los múltiples vestidos que somos cuando tallamos nuestra desnudez. Hay una voz que insiste en cada uno de sus latidos pronunciados, una inconformidad de ser llovizna sobre la piel, simple llovizna sobre los tejados de la piel, y ya empapados de esa niebla, nos hacemos un plumaje de frío con el nombre que cabalga, Alexia, y la insistencia solo ha sido un largo invierno recubierto de deseo, fantasmas de deseo despiadado, como una sombra sorda que nos habla al oído, acecha, deleita, vence. Susurra: Un vaso de olvido/inventa ternuras en los huesos/tumultos de lujuria expuesta/un talismán para los días malditos.

Quisiera uno brújulas, antorchas para cruzar este delirio, pero no hay forma, ¿acaso hay una  forma de cruzar el deseo sin naufragarnos? Un talismán de fuego desde las primeras líneas marca una huella de humo en el aliento, inminentes cenizas de dolor y ausencia, hacen que el vértigo se agolpe en la mirada. Aquí se Ama la certeza del fuego/sin sobresaltos/salta peldaños verticales/adicciones/descascarados arrullos de alfileres. Reséndiz precisa así el tiempo para desnudar el lenguaje, quitarle los vestidos de la seducción al instante, para ver la convulsión secreta del recuerdo, desata los corpiños del temblor, para suplir el temblor que nos evade, transita las calles, el día, los oleajes, llevando el fragor de las sábanas en sus heridas, el pétalo que aguarda en la sequía, es en las ciudades de este libro, la absolución eterna de un poro. El afilado latido vuelve a agitarse, clama entre sus páginas un canto renovado de erotismo: La ciénaga se agita abajo del refugio/ y no encuentra razones para seguir desnuda. Y más adelante: Nada ha cambiado en la superficie de la iguana, en la liviandad de su carne magra/ en el resuello del corset/ que la atormenta a diario. El deseo de ha multiplicado, cuatro veces, diez mil años, Alexia aguarda a nuestra Alexia adentro de nuestros pasados, al borde de algún callado instinto. El poeta cumple así la premisa que nos indicó Borges en sus siete noches, al anunciarnos que un poema no debe decirnos nada nuevo, solo debe recordarnos algo que habíamos olvidado.

Y sin embargo sucumben en Alexia… también, las geografías de la memoria, los límites de una arquitectura que pretende ser refugio se pierden entre bufidos de deseo. La habitación sin ancla/tiene un pálido tapiz de selva/y un túnel donde se arrastran los cristales. En este libro nada queda intacto al posar la miel en la memoria, el tiempo cumple su función al disolverse, dilata sus misterios y riega en la sangre antiguos plenilunios. Nicanor, Ulises, Dios, Orfeo, Perséfone, Afrodita, Venus; es el mismo deseo tantas veces expuesto a la barbarie, como una prisión de pensamientos, elipsis sobre los rezagos, nautilus que busca una puerta de salida en su propio centro. Un anhelo que vivimos descifrando sigue doliendo en los pliegues de la carne, un rumor de tizones encendidos recuerda los trinos que han crecido en la llama, la grafía de su aleteo, la forma de arder y hacer endeble el canto de la piedra.

El punto de partida puede estar en cualquier sitio, en cualquier verso, no hay punto de llegada ni último destino, las sombras del deseo reflejan bajo todo candil el crepitar de lo ausente. Alexia Llega a la desesperación/y de nada sirve ocultarse en el pasado. /Se deprime/sabe que está enferma de latidos/y la carne/le sigue estorbando a cada rato. El lenguaje, en su intención de ser hilo de Ariadna que ilumine alguna esfera de hallazgo, cobra aquí dimensión de laberinto. Traiciona la ilusión que despunta desde el inicio del día, el anhelo se duplica, tiene máscaras en sus orillas. En los dos acápites que conforman el poemario se accede al crisol de la condena. El deseo crece con la piel y adquiere los acordes de la edad, aúlla desde el océano de la memoria, salvado sólo en la ebriedad del destino. ¿De quién es la voz que resucita cuando el deseo tiempla sus raíces? ¿A quién le corresponde ser el témpano sumergido cuando la corriente lleva desde hace siglos la esperanza en el ahogo?

Todas las formas guardan un halo de tentación, crueldad y espanto. Alexia está presente en cada filigrana de esa voz, ella afirma, antigua y codiciosa: su cuerpo/es un infinito lienzo de raíces/y de serpientes emplumadas. Y más adelante con la  intención de salvarse, se resigna: No busca el paraíso/no existe/al mundo habrá de alimentarlo/hasta que muera/en el gemido. Una suerte de contrapunteo entre el fantasma y su sombra pide aire, falta el aire. El objeto de  deseo; frase tan poco poética, que en ese caso sustituiré por: el rumor de lo insondable; deja de ser paulatinamente una mujer, un cuerpo, una boca, el tacto, para convertirse en todas las manifestaciones de la cotidianidad, el tiempo, la noche, las vigilias, las puertas, los retornos, las ventanas, el infierno, los vestidos. La voz aguarda: A las doce de cualquier nostalgia/a las doce de ella y de las otras/el hielo suena en el fondo de los vasos. Todas las dimensiones pierden su equilibrio, la voz que sugería persuadir al deseo para que fuera instante ha perdido en medio del cauce sus riendas. Alexia es la poesía, el mar, el navío, nada que se pueda someter a un ruego de deidades, porque: A ella Le gusta reposar mirando la ventana/condimentar insomnios/sobre la pesadilla izquierda/deslavar los ojos/hasta que el cansancio reverdece.

Se puede ingresar a este libro desde cualquier orilla, cualquier palabra nace del espejismo, y es una posibilidad frecuente que a tropiezos nos descubramos deseando, seremos la ráfaga del vértigo que empieza a arder desde la úvula hasta el traje. Es una complejidad humana, del objeto de deseo o del rumor de lo insondable, encontrar una salida. Todo sucede, pareciera, en Alexia…, entre dos orillas, y el lector puede acostumbrarse a remar sobre el mismo sitio, aunque como barco tendremos la profundidad, como remo la cordura y, como ancla, el reino de nuestra hoguera a la intemperie. Todo puede pasar, me es difícil a estas alturas mirar hacia atrás y verme repasando el texto, aunque algunas coordenadas presuman de poner sus pies en la tierra y sea Santa Fe o Manjui puertos donde ponerse a salvo, los sextantes del designio anuncian otro asombro. Alexia… no es una suma de poemas, como el mar no es una suma de lágrimas, puede que más allá veas la tempestad que auguró en mis deseos, pero es tarde Alexia/no tiene caso atar/falsos corales al mezquite.

   

Roberto Resendiz


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