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17. Lasse Söderberg

Lasse Soderberg

 

Nota y selección por Alejandro Cortés González

 

 

¿Cuántas preocupaciones pueden colgar del esqueleto de un poeta? El de Lasse Söderberg, con serenidad y perspicacia, sostiene la contemplación que establece la prosopopeya de la naturaleza (Los acróbatas, 1955, Pájaro en mano, 1959, Lo inconstante, 1963, Flechas contra la luna, 1992), tan bien lograda por los poetas nórdicos. Contundente sutileza. Versos incendiados por palabras congeladas. Alfabeto de conchas marinas sobre nieve jamás pisada.

De su armazón humana también pende lo cómico (Nueve damas y un cura desgarrado, 1962, Misa por Franco, 1975, Como una rosa de tinieblas, 1992), a modo de caricatura grotesca que horada sin indulgencias en tiempos donde queda poco para reír. Y de una costilla muy cercana, se descuelga el testimonio poético y político de su insatisfacción histórica (La comida del general, 1969, Rosa para una revolución, 1972, Guijarros para la pirámide, 1989, Las piedras de Jerusalén, 2002).

A la poesía de Söderberg le interesa, además, dialogar con el arte. Así es como su fervor por las vanguardias plásticas traduce la imagen pictórica en imagen poética; lenguajes que se confabulan para habitar casas, aunque distintas, de similar extrañamiento (Tres momentos en la vida del pintor Matta, 1988, Los ojos y la memoria (Señales para Tàpies), 1993, Un invierno en Ibiza, 2008).

Y, por supuesto, a lo largo de su obra de más de veintiséis libros, encuentra espacios para dialogar con la literatura, entonces invoca a Ungaretti, Whitman, Neruda, Guillén; cita a Beckett, Carrera Andrade, Li Po, Pizarnik, Aleixandre; construye sobre Juan Ramón Jiménez, Rulfo, Pessoa, Arp. Habla con el idioma, la mitología. Le pregunta a la poesía por ella misma y por la libido de ver en el poema la desnudez de todos los cuerpos (Caracol de Europa, 2001).

Cada pieza del esqueleto de Söderberg apunta en dirección distinta, sostiene brumas de densidades cambiantes. Ese “servidor de librea”, como él lo llama, unifica en un registro todas las preocupaciones que de él penden. Y ríe: celebra ser relámpago de hueso entre mundos subterráneos.

 

 
De Pájaro en mano (1959)

 

 

CAMINOS

 

Tengo en la mano un pájaro
y no sé si está vivo:
levedad pasmosa, canto
trasmutado en cuerpo fraudulento.

El camino de los escolares era el ala
alzándose en la era de los vientos.
Mas mi camino desciende por el barranco
donde el pájaro cayó, inaudible.

 

 
De Nueve damas y un cura desgarrado (1962)

 

 

VIUDA

 

Su vestido de luto
está pegado a la carne blanca

La carne blanca
está pegada a la muerte

Por donde anda
deja una huella de cenizas.

 

 
De Como una rosa de tinieblas (1962)

 

 

EL ESQUELETO

 

Está en mí, lo sé, aunque él no diga nada. Pero cuando me siento, se inclina también cómodamente hacia atrás. Cuando corro, se precipita conmigo. Como una sombra interna imita cada uno de mis ademanes. Nunca me abandona y no puedo vivir sin él.
Ciego y demacrado bajo la piel, este servidor de librea me da su apoyo, silenciosamente, pero con una mueca sarcástica que sólo muestra después de la muerte. Es entonces cuando llega su hora, liberado de mí, arpa grotesca en la que toca, con dedos fríos, un agua subterránea.

 
 
 
 
NOTIFICACIÓN DE TESEO

 

Ahora tenemos ya el laberinto alumbrado, cruzado de escaleras mecánicas y elevadores continuos que hacen el recorrido más cómodo que antes. Los desplazamientos no ofrecen dificultad alguna. Pero, a pesar de todo, no consigo encontrar la salida de aquella confusión. He perdido el hilo, está cortado. Hasta donde yo puedo recordar siempre estuvo cortado. Y mientras lo busco entre los pasillos de baldosas blancas, oigo incesantemente las tijeras de los ginecólogos bajo los tubos fluorescentes. Del Minotauro, ni una huella.

 

 

 

De Guijarros para la pirámide (1989)

 

 

CAMPESINOS MANIFESTÁNDOSE

 

Se han reunido en la plaza
delante del palacio del gobernador
en un gran silencio abarrotado
de mudas acusaciones.

Ningún grito, ningún volante,
ningún murmullo amenazador.
El muro del mutismo es fuerte,
construido de piedras transparentes.

Permanecen de pie hasta la noche alta.
Todos saben que el silencio está cargado
y que la corta mecha viene ardiendo
desde hace quinientos años.

 

 
ALGO SOBRE EL LAGARTO

 

1.
En el adobe
el lagarto hipnotizado:
pequeño relámpago
dormido en su funda de cuero.

2.
Acaso un puñal frío,
extraviado después del terremoto.
Si lo tocas, dicen,
cambia de color.

3.
Ojos que miran fijamente,
que miran fijamente...
Garras que se aferran,
que se aferran...

4.
Como tú mismo. Y así
-para dar sentido a la vida-
el repentino ataque,
un segundo atrapado en la lengua.

 

 
 
HACIA COMALA

 

1.
Vine a Comala donde todos estaban muertos. También los perros descarnados estaban muertos aunque los oía ladrar. El reloj de la iglesia se había parado. Por la calle desierta pasaba gente platicando como si fuera visible. Se habían quedado allí porque no tenían a dónde ir. Era mediodía. Debajo de nosotros quemaba el suelo, encima ardía el sol.

2.
Vine a Comala sin equipaje. Quizás el pueblo se llamaba de otro modo, pero no lo sé. Un nombre es viento que pasa. Estaba parado con las manos vacías debajo de un árbol seco que bien pudiera ser uno de los manzanos de mi infancia. Hacía frío. El rojo ya no existía.

3.
Vi a mi padre vestido de domingo como si estuviera yendo a un entierro. Me ofreció algo que tenía en la mano: una manzana gris cubierta de sudor frío.

4.
Sólo en la muerte alcanzamos la verdadera igualdad. Todos los muertos están emparentados. Las cenizas son gente reunida en las esquinas de la calle para dilucidar lazos de familia. Por fin atados, oigo decir el que ama al que odia. Por fin, repite el que odia al que ama. En Comala hablamos para esconder nuestra invisibilidad.

5.
Hay una muerte después de la muerte. Ocurre cuando todos nos han olvidado.

 

 
De Flechas contra la luna (1992)

 

 

ESTATUA

 

Me quedaré totalmente inmóvil
entre mis dos hombros.
Nadie me saludará.
No saludaré a nadie.

A los muertos podría hacerles señas
o enviarles una carta
firmada: “Su admirador”.
¿Cuál es el importe para la eternidad?

En todas partes acechan teléfonos,
listos a morder como escorpiones.
Cada puerta que se abre
es falaz, carnívora.

A veces quiero vivir olvidado
hasta por mí mismo.
Ni siquiera las moscas me visitarían.
¿Por qué entonces me palpita este maldito corazón?

 

 

 

De Caracol de Europa (2001)

 

 

EN LO INNOMINADO

 

Entre los almendros nos encontramos, como dos ramas caídas, como dos náufragos, despojados de todo.

La noche corrió más lentamente entre los árboles para que pudiéramos entender mejor su esencia diferente.

La noche era el quinto elemento.

Me sumergí en la anónima oscuridad sin saber realmente en qué consistía: una negra materia envolviéndonos, refrescando nuestros miembros e instándonos a seguir.

Me convertí en parte de la oscuridad, un rayo enterrado, que araba su camino bajo las estrellas.

La única luz que pudimos ver era la que veíamos cuando cerrábamos los ojos.

*

Ella olía a barro y a perfume barato. Aparté el lenguaje de encajes con el que se cubría, develando la ranura que El Creador había dejado donde mejor le pareció.

“El punto central”, pensé y me imaginé jarra y bastón.

La mano inferior se cerró en torno a la daga. Nadie más lo supo.

La saliva se mezcló con las estrellas. La sal nacía de las puntas de las lenguas. Sólo había palabras impúdicas.

*

Cualquiera hubiera podido aparecer y encontrar las dos ramas en tierra, caídas y trenzadas en el único surco y del que no se dejarían mover.

Habíamos olvidado nuestros nombres. Cualquiera hubiera podido aparecer y devolvernos nuestros nombres, los nombres reales, no los nombres con que nos habíamos bautizado en los más secretos jugos:

“Experta” se llamaba ella. “Once dedos” yo.

 

 
De Un invierno en Ibiza (2008)

 

 

PINTA EL EXPRESIONISTA ABSTRACTO

 

Retrocede unos pasos
y contempla la tela.
¿El sol?
        ¿El mar?
                ¿El viento?

Avanza unos pasos
y las pinceladas nacen del aire.
El sol,
        el mar,
                el viento.

 

 
Poemas sin libro

 

 

TAMBIÉN EL FUEGO ENVEJECE


Con Vicente Aleixandre

 

También el fuego envejece.
Solo está, en su nido negro.
Solo está, con alas plegadas
y ojos ciegos, soñando
labios color tigre
y pétalos color verbo.
Ardía de amor y de olvido,
ardía altamente, y ahora
cuando está casi extinguido,
demora un rubor de ascuas
contradiciendo el infame frío.
Porque también la noche llamea.
También el corazón de la serpiente late.
También las cenizas son águilas que vuelan.

 

***

 

 

Pintura de Lasse Sšöderberg (f 1941). “Självporträtt”, torrnålsgravyr 167 x 103

 

 
 
LASSE SÖDERBERG (Estocolmo, 1931) Poeta, ensayista, traductor e introductor de la poesía extranjera en Suecia. Ha publicado unos veinte libros de poemas, seis libros de ensayos y alrededor de ochenta traducciones de diversas lenguas. Entre los autores traducidos se destacan Federico García Lorca, Jorge Luis Borges y Octavio Paz. Su antología bilingüe de poesía chilena, desde Nicanor Parra hasta Raúl Zurita, fue premiada en la Feria del libro de Santiago de Chile, en 2003. Durante más de veinte años lideró las Jornadas Internacionales de Poesía de Malmö, donde reside en la actualidad y donde continúa organizando encuentros lírico-musicales. Dirige la editorial Aura Latina y colabora regularmente con Lyrikvännen, una de las revistas literarias más divulgadas en Suecia.

(Nota biográfica tomada de Lo inconstante, Editorial La Otra y Universidad Autónoma de Sinaloa, 2013).

 

 

 

 

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