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18 Sep 2014 / 14:59 pm

 

 

Nota y selección de Alejandro Cortés González

 

El viaje. De allí su poesía, su habilidad para el piano, la relojería y tantos otros oficios que le ayudaron a continuar andando. Hasta que llegó el viaje a la Primera Guerra Mundial. A sus 28 años (1915), la explosión de una granada le hizo perder su brazo derecho. Al regresar, obviamente dejó de tocar el piano. Lo asombroso es que también resolviera tomar distancia de la poesía y dedicarse a la narrativa; la amputación secó su aliento poético, como si música y poesía emanaran del mismo ojo de agua.

A esto se debe que la mayoría de sus poemas se concibieran antes de la guerra. Pascua en Nueva York de 1912, es una majestuosa invocación a la que solo acude la desesperanza, y da fe del corte místico que Cendrars imprimió en sus primeras publicaciones.

Posteriormente, mostró influencia del surrealismo -vanguardia con la que departió-. Tal es el caso de “Retrato”, homenaje a su amigo Chagall, y de su poema largo Prosa del transiberiano y de la pequeña Juana de Francia que se publicó por primera vez en 1913, en papel de formato vertical de dos metros de altura, con ilustraciones a color de la artista plástica Sonia Delaunay.

“Orión” es de los pocos poemas posteriores a su regreso de las filas. En él refulgen, con versos desnudos y escuetos como sobrevivientes de un combate, los bombardeos sobre París, el miedo desde la almena y la mano constelada que a la lírica le arrancó la guerra.

 

 

DISONANCIAS DEL ARCO IRIS

 

Disonancias del arco iris en la telegrafía inalámbrica de la Torre
Mediodía
Medianoche
En todos los rincones del universo se murmura: "Merde"
Rayos
Cromo amarillo
Nos hemos contactado
Los transatlánticos se acercan desde todas las direcciones
Desaparecen
Todos están en movimiento
Y los relojes marchan
Paris-Midi informa que un profesor alemán fue devorado por los caníbales en el Congo
Bien hecho
L´Intransigeant publicó esta noche poemas para tarjetas postales
Es idiota que los astrólogos roben las estrellas
Cuando ya no se pueden ver
Le pregunto al cielo
El servicio meteorológico indica que el tiempo empeorará.

 

 

 

RETRATO

 

Está durmiendo
Se despierta.
De repente, está pintando.
Toma una iglesia y pinta con una iglesia
Toma una vaca y pinta con una vaca
Con una sardina
Con cabezas, manos, cuchillos
Pinta con un nervio de buey
Pinta con todas las sucias pasiones de una pequeña ciudad judía
Con toda la sexualidad exacerbada de la provincia rusa
Para Francia
Sin sensualidad
Pinta con los muslos
Tiene los ojos en el trasero
Y de pronto es tu retrato
Eres tú lector
Soy yo
Es él
Es su novia
Es el tendero de la esquina
La vaquera
La comadrona
Hay cubetas de sangre
En ellas se lava a los recién nacidos
Cielos de locura
Bocas de modernidad
La torre en tirabuzón
Manos
Cristo
Cristo es él
Pasó su infancia en la Cruz
Se suicida todos los días
De pronto deja de pintar
Estaba despierto
Ahora está durmiendo
Se estrangula con la corbata
A Chagall le sorprende seguir viviendo.

 

 

PUESTAS DE SOL

Todo el mundo habla de las puestas de sol
Todos los viajeros están de acuerdo en hablar de las puestas de sol en estas aguas.
Hay muchos libros en que no se describe nada más pleno que las puestas de sol
Las puestas de sol de los trópicos
Sí esto es verdad esto es espléndido
pero yo prefiero por mucho los amaneceres de sol
El alba
Yo no me pierdo una
Sigo todos los días sobre el puente
desnudo
Y estoy siempre solo para admirarlas
Pero yo no voy a describir las madrugadas
Las voy a guardar para mí.

 

 

SOBRE EL VESTIDO ELLA TIENE UN CUERPO

El cuerpo de una mujer es tan montañoso como mi cráneo
Todo-glorioso
La materia se vuelve ingeniosamente carne
Hacer vestidos es un trabajo tonto
Como la frenología
Mis ojos son balanza que sopesa la

sensualidad de las mujeres
Todo lo que huye, inunda se mueve hacia las profundidades
Las estrellas vacían los cielos
Los colores se desnudan
"Sobre el vestido ella tiene un cuerpo"

Por encima de los brazos brezos manos

lunas y pistilos cuando el agua corre

desde sus claros omóplatos por su espalda

Su estómago un inquieto disco
El doble casco de sus pechos pasa bajo el puente arcoíris
Estómago
Disco
Sol
Los gritos perpendiculares de los colores caen sobre sus
muslos
"La espada de Saint Michael"

Hay manos que se extienden
Ahí está en la maleza la bestia todos los

ojos todas las fanfarrias todos los

pasos del baile Bullier

Y sobre su cadera
El poeta ha firmado su nombre

 

 

RUMBO A DAKHAR

 

Está frío el aire

El mar es de acero

El cielo está que hiela

De acero es mi cuerpo

Adiós Europa, te abandono por primera vez

Desde 1914

Nadie me interesa de los que

Van a bordo

Emigrantes a cubierta

Judíos rusos vascos españoles portugueses

Y saltimbanquis alemanes

Que por París suspiran

Quiero olvidarme de todo

Ya no hablar en tu idioma

Acostarme entre negros y negras

Indios e indias

Animales y vegetales

Bañarme viviendo en el agua

Bañarme y vivir bajo el sol

Acompañarme de un árbol bananero

Y amar a su retoño

Y seguramente a mí mismo

Volverme tan duro como piedra

Tumbarme en cualquier instante

Caer a fondo

 

 

ORIÓN

 

Es mi estrella

Tiene forma de mano

Es mi mano que sube al cielo

Durante toda la guerra yo miraba

A Orión desde una almena

Cuando venían los zepelines para

Bombardear París

Siempre venías desde Orión

Hoy está sobre mi cabeza

Un gran mástil atraviesa la palma

De esa mano que debe sufrir

Como yo sufro con mi mano

Continuamente herida

Por un dardo

 

 

PASCUA EN NUEVA YORK

 

Para Agnes

Flecte ramos, arbor alta, tensa laxa viscera

Et rigor lentescat ille quem dedit nativitas

Ut superni membra Regis miti yendas stipite…

                                 Fortunat, Pange lingua.

Doblega tus ramas, árbol gigante, baja un poco la tensión

de tus entrañas,

Y que se aplaque tu rigor natural,

No descuartices con rudeza los miembros del Rey supremo.

             Remy de Gourmont, El latín místico

 

SEÑOR, HOY ES EL DÍA DE VUESTRO NOMBRE,

LEÍ EN UN VIEJO LIBRO LA GESTA DE TU PASIÓN,

 

Y tu angustia y esfuerzos y palabras bondadosas

Que suavemente monótonas lloraban en ese libro.

 

Un monje de viejos tiempos me habló de tu muerte.

Él hizo un recorrido por tu historia con letras de oro

 

Con un misal, y puesto de rodillas, el monje se

explayaba  piadosamente inspirándose en Ti.

 

En el refugio del altar, sentado, con su hábito blanco,

De lunes a domingo, él, suavemente ejercía su labor.

 

Las horas se detenían en el umbral de su retiro.

Él caía en el olvido inclinado ante tu imagen.

 

En la víspera las campanas salmodian en la torre y

El buen hermano no sabe si se trata de su amor

 

O si se trata del Tuyo, Señor, o del de tu Padre,

Lo que con ardor golpea la puerta del monasterio.

 

Yo estoy como ese buen monje, inquieto, esta noche.

En la celda vecina soy un ser triste y enmudecido.

 

¡Aguarda tras la puerta, aguarda que te llamaré!

Eres Tú, es Dios, soy yo, — es el Ser Supremo.

 

No te había conocido antes, — ni en este momento.

Yo nunca estuve en oración desde que fui un infante.

 

Por eso es que en esta noche, con temor, pienso en Ti.

Mi alma es una viuda en duelo al pie de Vuestra Cruz;

 

Mi alma es una viuda vestida de negro, —Tu Madre

Sin lágrimas ni esperanza, como Carrière la pintó.

 

Conocí a todos los Cristos colgados en los museos;

Pero esta noche Tú caminas, Señor, junto conmigo.

 

A grandes pasos voy hacia la parte baja de la ciudad,

Mi espalda encorvada y corazón herido, espíritu febril.

 

Vuestro costado tan abierto es un grandísimo sol

Y alrededor de Vuestras manos retozan las centellas.

 

Los vidrios en ventanas de casas están llenos de sangre,

Y tras ellos las mujeres se ven como flores que sangran.

 

Extrañas malditas marchitadas flores, son las orquídeas,

Cálices trastornados sobre tus tres heridas, se abren.

 

Con Tu sangre en esos cálices,  no se embriagaron ellas,

Que se pintan los labios de rojo y usan encajes en el culo.

 

Blancas igual que cirios son las Flores de la Pasión,

Las más dulces en el Jardín de la Virgen de Bondad.

 

Es en esta hora precisa, alrededor de la hora novena,

Cuando tu Cabeza, Señor, se inclinó hacia tu corazón.

 

Estoy sentado a la orilla del Océano y me acuerdo

De un cántico de Alemania que canta con palabras

 

Muy suaves, sumamente sencillas y muy purificadas

La belleza de Vuestro Rostro en la tortura.

 

En el subterráneo de un templo de Siena yo vi,

Detrás de cortinas, sobre el muro, ese mismo Rostro.

 

Y en la ermita de Bourrié-Wladislaz se puede

Ver dentro de en una urna rebosante en oro.

 

Turbias piedras preciosas han puesto en tus ojos

Que los campesinos, arrodillados, besan.

 

En el manto de la Verónica ella está impresa

Y es por eso que Santa Verónica es Tu santa.

 

Es la mejor reliquia que pasa por los campos

Es refugio para todos los enfermos y pecadores.

 

Hace también miles y miles de otros milagros,

Aunque a esos acontecimientos yo no he asistido.

 

Tal vez me hace falta la fe y la bondad, Señor,

Para poder ver la irradiación de Tu Belleza.

 

No obstante, Señor, he viajado entre peligros

Para contemplar Tu imagen en una esmeralda.

 

Señor, haz que mis manos, que cubren mi cara,

arranquen la máscara de angustia que me oprime.

 

Señor, haz que mi boca cubierta con mis manos

Deje de lamer la espuma de la cruel desesperanza.

 

Estoy triste y enfermo. (Puede ser por Tu causa,

O por cualquier otra. Puede ser por causa Tuya).

 

Señor, los pobres por quienes te sacrificaste están

Enclaustrados, ganado amontonado, en hospicios.

 

En inmensos barcos negros vienen de lontananza,

Y en revoltijo, son desembarcados sobre pangas.

 

Ahí están los italianos, los griegos, los españoles,

Los rusos, los búlgaros,  los persas, los mongoles.

 

Son las bestias del circo que brincan meridianos.

Como a los perros, les arrojan trozos de carne negra.

 

Para ellos es la felicidad esa sucia pitanza.

Señor, ten piedad de los pueblos que sufren.

 

Señor, en los ghetos la turba de los judíos bulle,

Ellos vienen desde Polonia, todos son fugitivos.

 

Lo sé muy bien, ellos te procesaron, pero yo puedo

Asegurarte que no todos están dispuestos a la maldad.

 

En sus estanquillos, bajo la luz de sus quinqués,

tienen a la venta ropa vieja, armas y libros.

 

Rembrandt gustaba de pintarlos con sus ropas pobres.

Esta misma noche yo les he regateado un microscopio.

 

¡Ay!, Señor, ¡después de Pascua ya no estarás aquí!

Señor, ten piedad de los judíos que viven en barracas.

 

Señor, las mujeres humildes que te siguieron al Gólgota

Se ocultan detrás de inmundos canapés en los tugurios,

 

Y están contaminadas por la miseria de los hombres,

Los perros roen sus huesos y bebiendo el ron ocultan

 

El endurecido vicio que como una concha las envuelve.

Cuando una de ellas me habla, Señor, yo desfallezco.

 

Yo quisiera ser como Tú para amar a las prostitutas.

Señor, ten misericordia de las prostitutas.

 

Señor, ahora estoy en el barrio de los ladrones buenos,

De los vagabundos, los desarrapados, los encubridores.

 

Pienso en los dos ladrones a tus lados durante Tu

Sacrificio. Sé que tú sonreías de sus malas suertes.

 

Señor, quisiera un cordón con un nudo en el extremo

Pero ese cordón no es gratis, cuesta veinte centavos.

 

Razonaba como un filósofo, aquel bandido viejo,  con el

Que compartí el opio para que pronto llegara al Paraíso.

 

También pienso en los músicos callejeros, el violinista

Ciego, el manco que sin saber música toca el órgano,

 

El cantor con un viejo sombrero y adornado con flores

De papel. Son quienes cantan durante toda la eternidad.

 

Señor, otórgales tu caridad, no el resplandor engañoso.

Entrégales, Señor, una limosna con dinero de verdad.

 

En el momento de tu muerte, Señor, la cortina se rompió,

Y nadie dijo nada de lo que detrás de ella había.

 

En las noches las calles son como desgarramientos.

Se llenan de oro y de sangre, de desperdicios y fuego.

 

Aquéllos que arrojaste del templo a latigazos, ahora

Flagelan a los caminantes con fechorías que punzan.

 

La Estrella que entonces desapareció de tabernáculo

Ahora brilla sobre los muros del espectáculo chocante.

 

Señor, el Banco iluminado es como una caja fuerte

Donde la sangre de Vuestra muerte se está coagulando.

 

Las calles se vuelven desiertos cada vez más negros.

Yo zigzagueo como un borracho por las aceras.

 

Me atemorizan los sombras que las casas proyectan.

Tengo miedo. Me siguen. No me atrevo a voltear.

 

Un paso renqueante brinca, cada vez se acerca más

Tengo miedo. Tengo vértigo. Me detengo adrede.

 

Un espantoso granuja me lanzó su filosa mirada,

Luego, maloso como un puñal, pasó a mi lado.

 

Señor, nada ha cambiado desde que ya no eres Rey.

El Mal, con el madero de tu Cruz, se hizo una muleta.

 

Yo bajo por los malos escalones de una cafetería,

Y  he aquí que me siento a beber una taza de té.

 

Estoy en un lugar de chinos que a mis espaldas sonríen,

Hacen caravanas, son atentos, parecen de porcelana.

 

El local es muy pequeño y está pintado de color rojo,

Se adorna con curiosos cromos en marcos de bambú.

 

Hokusai pintó una montaña de cien formas diferentes.

¿Cómo se vería Vuestro Rostro pintado por un chino?…

 

Esta última ocurrencia, Señor, primero me hizo sonreír.

Imaginé verte en escorzo durante Tu martirio.

 

El pintor chino habría mostrado tu tormento con mayor

Crueldad de cómo lo han hecho los pintores de Occidente.

 

Las dagas onduladas habrían aserrado Vuestras carnes,

Tenazas y espátulas habrían raspado Tus nervios.

 

Un dogal habría sido puesto alrededor de Tu cuello.

Las uñas y los dientes te habrían sido arrancados.

 

Han de haberte arrojado inmensos dragones negros

Que con sus llamas en soplete lastimarían tu cuello.

 

Te habrían extirpado tanto la lengua como los ojos

Y te habrían empalado en una lanza.

 

De ese modo, Señor, habrías sufrido toda la infamia,

Porque no existe mayor crueldad que la imaginada.

 

Después te habrían arrojado entre los puercos

Que te habrían carcomido el vientre y las tripas.

 

En este momento estoy solo, los demás se han ido,

Me acosté sobre una banca pegada a la pared.

 

Yo habría preferido, Señor, estar dentro de un templo;
Pero en esta ciudad, Señor, no he escuchado campanas.

 

Pienso en campanas mudas —¿Dónde están esas de la

Antigüedad? ¿Dónde las letanías y dulces antífonas?

 

¿Dónde las ceremonias de larga duración y los cánticos

Hermosos? ¿Dónde están las liturgias y las músicas?

 

¿Dónde los altivos abades, Señor, dónde tus monjitas?

¿Dónde el alba pura, el escapulario de santas y santos?

 

El deleite del Paraíso se oscurece entre la polvareda.

Los fuegos míticos ya no brillan en los vitrales.

 

El alba se tarda en llegar y en el tugurio estrecho

Las sombras crucificadas agonizan sobren paredes.

 

Es como un Gólgota de noche ante un espejo

Que se le mira, entre el rojo al negro, tembleque.

 

El humo sobre la lámpara es como trapo desteñido

Que  rodea, se enreda, alrededor de tus caderas.

 

Por arriba de la pálida lámpara, suspenso, ese humo

Está como Tu Cabeza, triste, muerto, exangüe.

 

Reflejos insólitos parpadean en vidrios de ventanas.

Tengo miedo —y estoy triste, Señor, de estar triste

 

—”Dic nobis, Maria, quid vidisti in via?”

—La luz tiritando, humilde, en el amanecer.

 

—”Dic nobis, Maria, quid vidisti in via?”

—La blancura delirante que tiembla, como manos.

 

—”Dic nobis, Maria, quid vidisti in via?”

—El augurio de la primavera vibrando en mi pecho

 

Señor, el alba como un sudario, se deslizó, fría,

Y ha desnudado a los rascacielos como al aire libre.

 

Ahora un inmenso ruido resuena sobre la ciudad.

Ahora los trenes van desfilando, brincan y rugen.

 

Los trenes subterráneos bajo tierra ruedan bramando.

Los puentes se sacuden por la vías férreas.

 

La ciudad tiembla. Hay gritos, fuego, humaredas,

Las sirenas a vapor estruendan sus aullidos.

 

El gentío se enfebrece tras los sudores del oro

Por los largos pasillos se precipitan y atropellan.

 

Trastornado, en un maremágnum sobre techos,

El sol es Tu Rostro, por escupitajos mancillado.

 

Señor, regreso fatigado, solo, con mi melancolía.

Mi cuarto, como si fuera una tumba, está escueto.

 

Señor, estoy completamente solo y tengo fiebre.

Mi lecho, como un  féretro, es la frialdad misma.

 

Señor, cierro mis ojos y mis dientes castañetean.

Estoy completamente solo. Tengo frío. Te llamo.

 

Cien mil trompos giran ante mis ojos… No,

Son cien mil mujeres… No, cien mil violines.

 

Pienso en mis horas de desdichas, Señor…

Pienso, Señor, en mis horas que han pasado.

 

Ya no pienso en Ti, Señor. Ya no pienso en Ti.

 

 

 

PROSA DEL TRANSIBERIANO Y DE LA PEQUEÑA JUANA DE FRANCIA

 

Ded­i­cada a los músicos

En aquel tiempo estaba yo en mi adolescencia

Tenía ape­nas dieciséis años y de la infan­cia ya nada recordaba

Me hal­laba a dieciséis leguas de mi lugar de nacimiento

Me hal­laba en Moscú, en la ciu­dad de los mil y tres cam­pa­narios y de las siete esta­ciones de tren

Pero mi ado­les­cen­cia era de tal modo ardi­ente, de tal modo loca

Que mi corazón, vuelta a vuelta, se incen­di­aba como el tem­plo de Éfeso o como la Plaza Roja de Moscú

Cuando se pone el sol

Y mis ojos se ilu­mina­ban de caminos antiguos

Y yo era ya tan mal poeta

Que no sabía lle­gar hasta el final.

 

El Krem­lin parecía un inmenso pas­tel tártaro

Todo cro­cante de oro

Con las grandes almen­dras de las cat­e­drales entera­mente blancas

Y el oro meloso de las campanas…

 

Un viejo monje me leía la leyenda de Novgorod

Tenía sed

Y descifraba car­ac­teres cuneiformes

Luego, repenti­na­mente, las palo­mas del Espíritu Santo volaron sobre la plaza

Y mis manos volaron tam­bién con un rumor de albatros

Y esto fue el recuerdo último del último día

Del último viaje

Y del mar.

 

Sin embargo era yo demasi­ado mal poeta

No sabía lle­gar hasta el final

Estaba ham­bri­ento

Y hubiera querido beber y quebrantar

Todos los días y todas las mujeres en los cafés y todos los vasos

Y todas las vidri­eras y todas las calles

Y todas las casas y todas las vías

Y todas las ruedas de los coches de plaza rodando en tor­bellino sobre el mal pavimento.

Hundir­los hubiera querido en una hoguera de espadas

Y hubiera querido trit­u­rar todos los huesos

Arran­car todas las lenguas

Licuar esos grandes cuer­pos extraños bajo enlo­que­ce­dores vestidos…

Yo pre­sentí la venida del gran Cristo rojo de la rev­olu­ción rusa…

Y el sol era una herida maligna

Abrién­dose como un brasero.

 

En aquel tiempo estaba yo en la adolescencia

Tenía ape­nas dieciséis años y de mi nacimiento ya nada recordaba

Estaba en Moscú, donde intentaba ali­men­ta­rme de llamas

Y no había sufi­cientes tor­res ni esta­ciones que con­ste­laran mis ojos

En Siberia tron­aba el cañón, era la guerra

El ham­bre el frío la peste el cólera

Y las aguas cenagosas del Amor acar­re­ando mil­lones de carroñas

En las esta­ciones veía la par­tida de los últi­mos trenes

Nadie con­seguía via­jar pues estaba can­ce­lada la venta de boletos

Y los sol­da­dos que se iban bien hubiesen preferido quedarse

Un viejo monje me cantaba la leyenda de Novgorod.

 

Yo, el mal poeta que no quería ir a ningún lado, podía ir a todos

Y tam­bién los mer­caderes con­serv­a­ban dinero suficiente

Para ten­tar fortuna

Su tren partía en la mañana cada viernes

Se comentaba que había muchos muertos

Uno de aquél­los llev­aba cien cajas de des­per­ta­dores y relo­jes cucú orig­i­nar­ios de la Selva Negra

Otro, ataúdes de Mal­moe llenos de latas de con­serva y de sar­di­nas en aceite

Pero había además muchas mujeres

Mujeres cuyas entre­pier­nas de alquiler podían asimismo servir

Como ataúdes

Todas ellas esta­ban patentadas

Se decía que había muchos muertos

Las mujeres via­ja­ban por pre­cios reducidos

Y cada una era dueña de una cuenta bancaria.

 

Así, un viernes de mañana, llegó por fin mi turno

Yo partía además para acom­pañar al mer­cader de alha­jas que debía lle­gar hasta Karvina

Teníamos dos com­par­ti­men­tos del expreso y treinta y cua­tro cofres con joyas de Pforzheim

Baratija “Made in Germany”

Mi ropa era nueva pero subi­endo al tren perdí un botón

–Lo recuerdo, lo recuerdo, he pen­sado a menudo en este incidente–

Me recostaba con­tra los cofres y era feliz pues podía jugar con la Brown­ing nique­lada que el via­jante de joyas me había regalado.

 

Estaba muy feliz despreocupado

Imag­in­aba jugar a los ladrones

Habíamos robado el tesoro de Golconda

E íbamos, gra­cias al tran­si­beri­ano, a ocul­tarlo del otro lado del mundo

Debía defend­erlo de los ladrones del Ural que habían ata­cado a los saltim­ban­quis de Julio Verne

De los kun­guzes, de los bóx­ers de la China

Y de los rabiosos pequeños mon­goles del Gran Lama

Alí Babá y los cuarenta ladrones

Y los fieles del ter­ri­ble Viejo de la Montaña

Y, sobre todo, debía defend­erlo con­tra los más modernos

Las ratas de hotel,

O los espe­cial­is­tas de expre­sos internacionales.

 

Y sin embargo, sin embargo

Iba triste como un niño

Los rit­mos del tren

La moëlle chemin-de-fer de los psiquia­tras americanos

El ruido de puer­tas de voces de ejes chirri­antes sobre rieles congelados

El oro de mi porvenir

Mi Brown­ing el piano las maldiciones de los jugadores de car­tas en el com­par­ti­mento vecino

La sobrecoge­dora pres­en­cia de Juana

El hom­bre de anteo­jos azules que se paseaba nerviosa­mente en el corre­dor mirán­dome al pasar

Roce de mujeres

El sil­bido del motor

El eterno ruido de las ruedas en locura por los car­riles del cielo

Los vidrios esta­ban congelados

¡Nada de naturaleza!

Y detrás la plani­cie siberi­ana el cielo bajo y las grandes som­bras de los tac­i­turnos que suben y descienden

 

Estoy acostado sobre una manta escocesa

Y la Europa entera obser­vada de pronto desde un tren expreso a todo vapor

Ape­nas es más rica que mi vida

Mi pobre vida

Esta manta

Deshi­lachada sobre los cofres reple­tos de oro

Con los cuales ruedo

Sueño

Fumo

Mien­tras el único fuego del universo

Es ape­nas un pobre pensamiento…

 

Desde lo íntimo de mi corazón las lágri­mas acuden

Si pienso, Amor, en mi querida

Ella no es sino una niña que encon­tré así de

Pál­ida, así de triste en el fondo de un burdel.

 

No es sino una niña, rubia, rei­dora y triste

Que jamás son­ríe, que no llora jamás;

Pero en el fondo de sus ojos, cuando ella, ahí, les per­mite beber,

Tiem­bla un dulce lirio de plata, la flor del poeta.

 

Ella es dulce y callada, sin ningún reproche

Con un pro­lon­gado sobre­salto cuando alguno de ust­edes se aproxima

Pero cuando soy yo quien va hacia ella, de aquí, de allá, festivo

Hace entonces un paso, después cierra los ojos  –y hace un paso

Porque ella es mi amor y las demás mujeres

No tienen sino ropa­jes de oro sobre grandes cuer­pos flameantes

Mi pobre amiga en cam­bio está tan abandonada,

Toda desnuda, no tiene cuerpo –ella es tan pobre.

 

Mi amiga no es sino una flor cán­dida, delicada

La flor del poeta, pobre lirio de plata

Un lirio frío, soli­tario y tan marchito

Que vienen a mí las lágri­mas si pienso en su corazón.

 

Y esta noche es seme­jante a otras cien mil noches cuando un tren horada la oscuridad

–Los cometas caen–

Y el hom­bre y la mujer, todavía jóvenes, se entre­tienen hacién­dose el amor.

El cielo es como la des­gar­rada tienda de un circo pobre en una aldea de pescadores

En Flan­des

El sol es un quin­qué humeante

Y en lo alto del trapecio una mujer forma la luna

El clar­inete el pistón una agria flauta y un mal tambor

He aquí mi cuna

Mi cuna

Que estaba siem­pre mecién­dose cerca del piano cuando mi madre, como Madame Bovary, tocaba las sonatas de Beethoven

He pasado mi infan­cia en los jar­dines col­gantes de Babilonia

Y las horas de pinta en las esta­ciones viendo par­tir los trenes

Ahora hago cor­rer los trenes a lo largo de mi vida

Madrid-Estocolmo

Pero he per­dido todas mis apuestas

Y no queda para mí sino la Patag­o­nia, la Patag­o­nia que con­viene a mi inmensa tris­teza, la Patag­o­nia y un viaje por los mares del Sur

Estoy en ruta

He estado siem­pre en ruta

Estoy en ruta con la pequeña Juana de Francia

 

El tren hace un salto peli­groso y reb­ota sobre sus ruedas

El tren reb­ota sobre sus ruedas

El tren reb­ota siem­pre sobre todas sus ruedas.

 

“Di, Blaise, ¿es que esta­mos muy lejos de Montmartre?”

 

Esta­mos lejos, Juana, tú ruedas desde hace siete días

Estás lejos de Mont­martre, de la Butte donde te has ali­men­tado, del Sacré-Coeur con­tra el cual te acurrucabas

París desa­pare­ció y su inmensa llamarada

No hay sino la con­tinua ceniza

La llu­via que cae

La turba que se infla

Siberia que gira

Pesadas capas de nieve más altas cada vez

Y el cas­ca­bel de la locura que tin­tinea como un último deseo en el aire azulado

El tren pal­pita en el corazón de plomi­zos horizontes

Y tu tris­teza insiste…

 

“Di, Blaise, ¿es que esta­mos muy lejos de Montmartre?”

 

Pre­ocu­pa­ciones

Olvida las preocupaciones

Las agri­etadas esta­ciones se incli­nan sobre la ruta

Los postes ges­tic­u­lantes se con­tonean y las estrangulan

El mundo se alarga se recoge y de nuevo se estira igual que un acordeón ator­men­tado por una mano sádica

En las des­gar­raduras del cielo las loco­mo­toras en furia

Se escapan

Y en los huecos

Las ruedas ver­tig­i­nosas las bocas las voces

Y los per­ros de la des­gra­cia lad­rando a nues­tras grupas

Se han desa­tado los demonios

Chatarra

Es todo un falso acorde

El brun-brun de las ruedas

Choques

Rebotes

Somos una tor­menta en el crá­neo de un sordo…

 

“Di, Blaise, ¿es que esta­mos muy lejos de Montmartre?”

 

Sí, me ener­vas, lo sabes bien, esta­mos lejos

La locura sobre­ca­len­tada aúlla en la locomotora

La peste el cólera se inter­po­nen en nues­tra ruta como brasas ardientes

En plena guerra desa­pare­ce­mos por un túnel

La ham­bruna, la puta, se aferra a las nubes en desbandada

Y al excre­mento de las batal­las, los mal­olientes mon­tones de cadáveres

Haz como ella, haz tu trabajo…

 

“Di, Blaise, ¿es que esta­mos muy lejos de Montmartre?”

 

Oh sí, lo esta­mos, lo estamos

Las víc­ti­mas prop­i­ci­a­to­rias han reven­tado sobre este desierto

Escucha el cencerro de la tropa sarnosa

Tomsk Che­li­abinsk Kansk Obi Tai­jet Ver­jne Udinsk Kurgán Samara Pensa-Tulún

La muerte en Manchuria

Y nue­stro desem­bar­cadero y nue­stro último reparo

Ter­ri­ble es este viaje

Ayer en la mañana

Iván Utlich tenía los cabel­los blancos

Y Kolia Nico­lai Ivanovitch roe las uñas de sus dedos desde hace quince días…

Haz como ellas la Muerte la Ham­bruna, haz tu trabajo

Tu tra­bajo cuesta cien mon­edas, en tran­si­beri­ano, cuesta cien rublos

Fiebre en las ban­que­tas, enro­jec­imiento debajo de la mesa

El dia­blo está al piano

Sus dedos nudosos exci­tan a las mujeres

Nat­u­raleza

Gubias

Haz tu trabajo

Hasta Karv­ina…

 

“Di, Blaise, ¿es que esta­mos muy lejos de Montmartre?”

 

Pero no… déjame en paz… déjame ya tranquilo

Tus caderas angulares

Tu agrio vien­tre, tu gonorrea

Es todo lo que París ha puesto en tu regazo

Tam­bién un poco de alma… puesto que eres desdichada

Siento piedad, piedad, ven hacia mí, ven sobre mi corazón

Las ruedas son moli­nos de viento en el país de Jauja.

Y los moli­nos son las mule­tas que un mendigo hace girar

Somos nosotros los bal­da­dos del universo

Rodamos sobre nues­tras cua­tro heridas

Devo­radas nues­tras alas

Las alas de nue­stros siete pecados

Y el dia­blo juega al balero con los trenes

Cor­rales

Mundo mod­erno

Pero la veloci­dad ahí no puede

Mundo mod­erno

Las lejanías son demasi­ado lejanas

Y en el final del viaje resulta ter­ri­ble ser un hom­bre junto a una mujer…

 

“Blaise, di, ¿es que esta­mos muy lejos de Montmartre?”

 

Siento piedad, piedad, ven hacia mí, te con­taré una historia

Ven a mi cama

Ven sobre mi corazón

Te con­taré una historia…

 

¡Oh ven!, ¡ven!

 

En las Fidji reina la eterna primavera

La pereza

El amor detiene a las pare­jas entre la alta hierba y la cál­ida sífilis rueda bajo los bananeros

Ven a las islas per­di­das del Pacífico

Ellas lle­van el nom­bre del Fénix, de las Marquesas

Bor­neo y Java

Y Célebes tiene la forma de un gato.

 

No podemos lle­gar hasta el Japón

¡Ven a México!

Sobre sus altas mese­tas flo­re­cen los tulipanes

Las lianas ten­tac­u­lares for­man la cabellera del sol

Se diría la paleta y los pince­les de un artista

Los col­ores atur­den como el sonido de un gong

Rousseau ha estado ahí

Ahí su vida fue un deslumbramiento

Es el país de los pájaros

El ave del paraíso, el pájaro-lira

El tucán, el pájaro burlador

Ahí el col­i­brí anida en el corazón de los lirios negros,

¡Ven!

Nos amare­mos en las ruinas majes­tu­osas de un tem­plo azteca

Serás tú mi ídolo

Un ídolo pin­toresco infan­til un poco feo y pere­gri­na­mente extraño

¡Oh ven!

 

Si pre­fieres tomare­mos un aero­plano y sobrevolare­mos el país de los mil lagos

Allí las noches son desmesurada­mente largas

El ance­s­tro pre­histórico se espan­tará de mi motor

Ater­rizaré

Y con los hue­sos de un mamut con­stru­iré un hangar para mi avión

El fuego prim­i­tivo entib­iará nue­stro pobre romance

Samovar

Y muy bur­gue­sa­mente nos amare­mos cerca del polo

¡Oh ven!

 

Juana Juanita Niñita niní ninón nichón

Mimí miamor mimuñeca mi Perú

Dodó dondón

Carita caquita

Con­sen­tida

Putita

Mi querida cabrita

Peca­dito pequeña

Cucú

Con­cón

Se duerme

 

Ella duerme

Ella, de todas las horas del mundo, no ha atra­pado una sola

Los ros­tros entre­vis­tos en las estaciones

Los relo­jes

La hora de París la hora de Berlín la hora de San Peters­burgo y la hora de todas las estaciones

Y en Ufa el ros­tro ensan­grentado del cañonero

Y el cuad­rante idio­ta­mente lumi­noso de Grodno

Y la mar­cha per­petua del tren

Todas las mañanas se cor­rige la hora del reloj

El tren avanza mien­tas el sol va retardándose

Nada que hacer, oigo el sonido de las campanas

El pesado bor­do­neo de Notre-Dame

La agridulce cam­pana del Lou­vre que tocó la Barthélemy

Los oxi­da­dos car­ril­lones de Bruges-la-Morte

Las son­erías eléc­tri­cas de la bib­lioteca de Nueva York

Las cam­panas de Venecia

Y las cam­panas de Moscú, el reloj de la Port-Rouge que me con­taba las horas cuando estaba en una oficina

Y mis recuerdos

Tru­ena el tren sobre las plazas metálicas

Rueda el tren

Un gramó­fono gan­gosea una mar­cha gitana

Y el mundo, como el reloj del bar­rio judío de Praga, gira per­di­da­mente, a contrapelo.

 

Deshoja la rosa de los vientos

He aquí que resuena la tor­menta desatada

Ruedan los trenes en tor­bellino sobre las embrol­ladas redes

Monig­otes diabólicos

Hay trenes que jamás volver­e­mos a encontrar

Y otros que se extravían en su ruta

Jefes de estación jugando al ajedrez

Tric-trac

Bil­lares

Caram­bo­las

Parábo­las

La vía fér­rea es una nueva geometría

Sir­a­cusa

Arquímedes

Y los sol­da­dos que lo decapitaron

Y las galeras

Y los navíos

Y los prodi­giosos aparatos que inventó

Y todas las matanzas

Y la his­to­ria antigua

Y la his­to­ria moderna

Los tor­belli­nos

Los náufra­gos

Aun los del Titanic sobre los que he leído en el periódico

Tan­tas imágenes-asociaciones que con mis ver­sos no alcan­zaré a nombrar

Pues todavía soy tan mal poeta

Que el uni­verso me desborda

Y he olvi­dado ase­gu­rarme con­tra los acci­dente del camino

Y no he apren­dido a lle­gar hasta el final

Y tengo miedo.

 

Tengo miedo

No sé lle­gar hasta el final

Como mi amigo Cha­gall podría com­poner cuadros dementes

Pero no he tomado notas de viaje

“Per­do­nen mi ignorancia

Perdó­nenme porque desconozco el antiguo arte de los versos”

Como dijo Guil­laume Apollinaire

Todo lo que concierne a la guerra puede leerse en las Memo­rias de Kuropatkin

O en los per­iódi­cos japone­ses tan cru­el­mente ilustrados

Entonces a qué documentarme

Mejor yo me abandono

A los sobre­saltos de la memoria.

 

A par­tir de Irkutsk el viaje se hizo muy lento

Bas­tante más largo

Íbamos en el primer tren que con­torne­aba el lago Baikal

La loco­mo­tora lucía ador­nada con ban­deras y faroles

Qued­a­ban en la estación los tristes acen­tos de un himno can­tado para el Zar

Si yo fuese pin­tor der­ra­maría mucho rojo, mucho amar­illo sobre el final del viaje

Pues tengo la seguri­dad de que estábamos un poco locos

Y que un inmenso delirio hacía subir la san­gre a los ros­tros ener­va­dos de mis compañeros

Como nos aprox­imábamos a la Mongolia

Que crepitaba como un incendio,

El tren había retar­dado su paso

Y yo percibía en el per­petuo chirrido de las ruedas

Los locos acen­tos y los sollozos

De una eterna liturgia.

 

He visto

He visto los trenes silen­ciosos que regresa­ban del Extremo Ori­ente y que pasa­ban como fantasmas

Mi ojo, como el fanal trasero, corre aún persiguiéndolos

En Talga cien mil heri­dos agon­i­z­a­ban por falta de cuidado

He vis­i­tado los hos­pi­tales de Krasnoiarsk

El Kilosa pasamos frente a un largo con­voy de sol­da­dos dementes

He visto en los lazare­tos las lla­gas abier­tas de heri­dos que san­gra­ban ostentosamente

Y miem­bros amputa­dos dan­zando alrede­dor o desa­pare­ciendo en el aire enronquecido

El incen­dio estal­laba sobre todas las caras y en todos los corazones

Dedos idio­tas tam­bo­rilea­ban sobre los cristales

Y bajo la pre­sión del miedo las miradas reventa­ban como abscesos

 

En todas las esta­ciones se prendía fuego a todos los vagones

Y he visto

He visto trenes de sesenta loco­mo­toras escapar a toda veloci­dad  persegui­dos  por el hor­i­zonte y por ban­dadas de cuer­vos que vola­ban deses­per­ada­mente atrás

Desa­pare­cer

En direc­ción a Puerto Arturo.

 

En Chita tuvi­mos algún tiempo de descanso

Detenidos durante cinco días por la obstruc­ción de los rieles

Lo pasamos en casa del Señor Yankele­vitch que insistía en darme en mat­ri­mo­nio a su única hija

Luego el tren volvió a partir

Y esta vez fui yo quien tomó su lugar frente al piano, enfermo de los dientes

Ahora, cuando quiero, veo otra vez este inte­rior tan calmo, el almacén del padre y los ojos de la hija que lle­gaba de noche hasta mi cama

Mus­sorgski

Y los lieder de Hugo Wolf

Y las are­nas del Gobi

Y en Kailar una car­a­vana de camel­los blancos

Segu­ra­mente estuve bor­ra­cho durante más de quinien­tos kilómetros

Pero me senté ante el piano y esto es todo lo que vi

Cuando se viaja se debería cer­rar los ojos

Dormir

Tanto hubiese querido dormir

Puedo recono­cer cualquier país con los ojos cer­ra­dos por su olor

Puedo recono­cer todos los trenes por su ruido

Los trenes de Europa son de cua­tro tiem­pos mien­tras que los del Asia son de cinco o siete tiempos

Algunos marchan en sor­dina como can­ciones de cuna

Y otros con el monótono ruido de sus ruedas me hacen pen­sar en la prosa de Maeterlink

He descifrado todos los tex­tos con­fu­sos de las ruedas y he reunido los ele­men­tos dis­per­sos de una vio­lenta belleza

Que poseo

Y que hace fuerza en mí.

 

Sisika y Karvina

No iré ya más lejos

He aquí la estación terminal

Desem­bar­qué en Karv­ina en el momento en que acaba­ban de incen­diar las ofic­i­nas de la Cruz Roja

 

Oh París

Gran hogar cálido con las entre­cruzadas ascuas de tus calles y con tus vie­jas casas que se incli­nan y toman calor

Como ancianos

Y he aquí carte­les, el rojo y el verde mul­ti­col­ores como mi breve pasado amarillo

Amar­illo, el orgul­loso color de las nov­e­las de Fran­cia leí­das en el extranjero

Me gusta fro­tarme en las grandes ciu­dades con auto­buses en marcha

Los de la línea Saint-Germain-Montmartre me lle­van al asalto de la Butte

Bra­man los motores como si fue­sen áureos toros

Mien­tras las vacas del crepús­culo pacen el Sacré-Coeur

Oh París

Estación cen­tral desem­bar­cadero de vol­un­tades encru­ci­jada de inquietudes

Sólo los bot­i­car­ios tienen todavía un poco de luz en su puerta

La Com­pañía Inter­na­cional de Coches-Cama y de los Grandes Expre­sos Europeos me ha envi­ado su prospecto

La igle­sia más bella del mundo

Tengo ami­gos que me rodean como parapetos

Pues cada vez que me voy ellos temen que jamás regrese

Todas las mujeres que encon­tré se diri­gen hacia los horizontes

Con gestos de lamento y con miradas tristes como semá­foros bajo la lluvia

Bella, Inés, Catalina y la madre de mi hijo en Italia

Y ésta, la madre de mi amor en América

Hay gri­tos de sire­nas que han des­gar­rado mi alma

Y en Manchuria hay un vien­tre que todavía se agita como en un parto.

Quisiera

No haber jamás real­izado mis viajes

Pero esta noche me ator­menta un gran amor

Y a mi pesar recuerdo a la pequeña Juana

Y es por una noche de tris­teza que he escrito este poema en su homenaje.

 

Juana

La pequeña prostituta

Estoy triste, triste

Iré al Lapin agile a recor­dar mi juven­tud perdida

Y a beber unas copas

Para volver más tarde, solo.

 

París

 

Ciu­dad de la Torre Única del Gran Patí­bulo y de la Rueda.

 

Ver­sión de Raúl Dorra

 

 

Blaise Cendrars en buque Normandie Havre

 

BLAISE CENDRARS

 

(1887-1961) Poeta, novelista y ensayista francés. Su verdadero nombre era Frederic Sauser-Hall. Nació en La Chaux-de-Fonds, Suiza, de padre suizo y madre escocesa. Obtuvo la nacional


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