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03 Oct 2014 / 06:10 am

Por Hellman Pardo

Como pocos, ha recorrido varias estancias de la poesía colombiana. Como muchos, ha hablado a la muerte y a los pasadizos de la memoria. Pero estos pasadizos, estos escondrijos ya remotos del recuerdo, son más lúcidos y feroces. Arbeláez logra mantener una voz uniforme desde su primer libro El profeta en su casa, advirtiendo desde su inicio la claridad de lo que representa para él ser un visionario del lenguaje, acaso un alucinado de la vida.

 

LECTURA EN TINIEBLAS

Mi padre no me dejaba leer la Biblia
ni el Manifiesto Comunista
para que no gastara la poca luz
que podía pagar para la casa.
Me quitaba el bombillo y dormía con él bajo la almohada
remordiéndole la conciencia
pero al pie de la cama de mi cuarto también roncaba la nevera
e instalado a los pies de mi cama con la nevera abierta
leía de la media noche a los gallos
de la crucifixión de San Pedro cabeza abajo,
de la lapidación de Pablo en Listra
y de la pasada por la espada de Santiago en los Hechos de los Apóstoles,
de las tribulaciones de Panait Istrati,
las duras prisiones de Nazim Himet
y las torturas de Julius Fucik en su reportaje al pie del patíbulo,
hasta que se me helaban los huesos…

Jotamario Arbeláez


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