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30 Mar 2021 / 11:35 am

 

LA PALABRA INICIAL 

 

 

Nota y selección por Jonathan Alexander España Eraso

 

 

La poesía de Mónica Viviana Mora (Pasto, 1984) tiene una unidad bicéfala (el paisaje y el amor) que encarna el destino del verbo. En su flujo hacia dentro, en su exigencia circular, se cimentan los poemas en prosa de «Geografía de los amantes del Sur» (Abisinia Editorial en coedición con Escarabajo Editorial, 2020) para configurar lo inevitable, el vaivén del pathos, en la trama de los días.   

De allí que las páginas se colmen de hombres y mujeres cansadxs «de las escaleras quebradas, la tierra árida, el animal muerto de la violencia», y nos obliguen a partir hacia lo que queremos encontrar: La palabra inicial anunciada en la intensidad de lo que se dice y calla.

En «Los Cantos», Ezra Pound plantea una concepción poética aplicable a la escritura de Mónica en la que el poema es un espacio donde todo tiene cabida. Y si todo cabe hay que proyectar lo que nos es cercano: el Sur. En él se conquista el abandono, lo cotidiano se expande, se hace visión de una geografía interior que inventamos para que se transforme en una exterioridad íntima hecha en la otredad literaria. Es decir, la búsqueda del lugar primigenio, el regreso al «hielo roto (que) humedece los labios» de los poemas, «la historia de los frutos del pino y de la lluvia», enmarañan el cuerpo vivo del lenguaje hasta hacerlo babear, diría Lezama Lima en relación con el discurso formal.

Desde esta planicie, el Sur se «agarra de las pupilas» porque es luz y vértigo. En su transparencia legible, el yo poético de Mónica es creador de voces secretas, fantasmales y cercanas a las que les entregamos una «bandera sucia y raída, (…) para lavarla con (las) palabras».

Tras desandar el camino que va de un lado a otro de las páginas de «Geografía de los amantes del Sur», el poema en prosa trasiega limpio, poblado de tiempo, y se transforma en un ser «aborigen raro o albaorigen», según el escritor uruguayo Eduardo Milán, extraño de sí, que no recrea sino «el espacio de la singularidad irrenunciable», donde la mirada se hace impalpable, honda.

Entre el volcán, erigido desde su altura como Dios y las montañas que guardan «el agua materna (que) se reparte a los rostros blancos y negros», Laura y Kamal, las fuerzas femenina y masculina del poemario, revelan que el amor en la espesa nostalgia, «como el humo y las palabras», viaja en un «idioma que no existe». A pesar de la desgarradura, ascendemos y descendemos a lo perdido. Y ahí, nos encontramos con las palabras, y como el difunto, «en medio de las ceremonias del dolor», las abrazamos, pero también las desnudamos. Mientras nuestro rastro va pendiente abajo, hacía lo que fue para traerlo.

¿Qué nos queda después de leer a Mónica Viviana Mora? «Más que la palabra, / es el aire de todas las palabras» anuncia Blanca Varela, y más que ese aire, agrego, nos queda la intemperie en la que lo Otro y el otro en estado telúrico enfrentan «las máscaras del miedo detrás de la espalda» en comunión con el impulso imaginario y mítico (incluso místico) en el que la presencia del poema se hace invulnerable.

 

 

 

La bandera de Colombia

  

Hoy, Laura, es un día inolvidable en nuestra saliva. Las calles están colmadas de hombres cansados de las escaleras quebradas, la tierra árida, el animal muerto de la violencia.

            Marcho con los pies firmes, con las sílabas ardientes y sin las máscaras del miedo detrás de la espalda.

No tiemblan las manos que agitan la bandera desconocida. Llevan el pecho limpio para recibir las orquídeas frescas de la esperanza.

¿Dónde está la patria agujereada que mata semillas inocentes?

¿Dónde está el país que es más nuestro en la distancia?

¿Dónde están los difuntos con la garganta llena de amapolas calcinadas?

Por las plazas de la ciudad van mis abuelos cargando los pañuelos de la historia, en lengua quechua cantan ritos para elevar nuestro coraje y de la cordillera bajan los campesinos con su sol a cuestas.

Te entrego mi bandera sucia y raída, Laura, para lavarla con nuestras palabras.

La bandera de Colombia no tiene patria.

 

Geografía de los amantes del Sur (2020).

 

 

 

Fantasía blanca

 

¡Hoy es carnaval!

La cabra baja de las colinas buscando el pasaje de piedra. Se distrae con el sabor de una manzana en su lengua y tropieza con un pasto mágico.

Avista la ciudad disfrazada de colores. Camina entre las carrozas de los toros, los duendes y los dragones. Han salido de los retoños hogares enteros.

Reconoce la plaza de Nariño. El movimiento del son sureño se confunde con el palpitar del Galeras.

Su agua materna se reparte a los rostros blancos y negros.

Los chiquillos brindan por la fantasía.

En sus cuernos se queda prendida la fiesta. La cabra lo sabe, detrás de la montaña está su casa.

 

Geografía de los amantes del Sur (2020).

 

 

 

Parajes

 

Cada palabra es un sitio para mirarte

José Carlos Becerra

 

 

Los relieves del volcán Galeras están sobre ti, Laura.

El cañón de Juanambú se precipita a tomar de tus

minerales, Kamal.

Las perlas de Bocagrande adornan tu cuello, Laura,

que tientan a la sangre. Él acude y se sumerge en tu playa

carmesí.

Las vocales de Kamal entran a tu cueva a visitar el

sur de la frontera.

En la Corota, tus pies se hunden en la humedad

de sus mejillas. El colibrí acompaña con su trinar el

encantamiento de la laguna.

Tú y él son parajes, destellos de luz, poderes de Dios.

 

Geografía de los amantes del Sur (2020).

 

 

 

Difunto con sombrero

 

  He orado por ti.

Casi no sé orar.

 

Alberto Vélez Otálvaro

 

 

 

Kamal no ha pronunciado palabra desde que su padre abandonó sus pasos en la cordillera.

            Guarda la última mirada del señor Alan, cuando su caracol dejó de oír la corriente y sus yemas de acariciar un gato amarillo.

            Con sus dos hermanos lo llevaron sobre los hombros, caminaron dos kilómetros cuesta arriba en busca de alivio para su partida.

            Vivía solo, saludaba al limonero antes de bajar al río y cosechaba los aguacates más cremosos y grandes que mi boca probó.

            Los parientes que visitaron su cuerpo callado dibujaron precipicios en su rostro. Lo velaron en su propia casa y le ofrendaron azúcar, arroz y gallinas en ollas de barro.

            La mejor forma de orar, decían, era cantando. Los requintos y las voces campesinas desfilaron con trajes negros.

El café alentaba a los dolientes y las lágrimas corrían por las cucharas.

            Kamal levantó la cajita del tiempo y deslizó un sobre con rayas azules y rojas. Un sombrero y una carta eran todo su tesoro. Yo lo vi, en medio de las ceremonias del dolor, como el difunto abrazó las palabras.

 

Geografía de los amantes del Sur (2020).

 

 

 

La ciega

 

La mujer dejó de ver el serpenteo del humo. Sus recetas enmudecieron desde que los nervios explotaron en sus retinas.

Ella llevó durante cuarenta años los cerezos del monte a sus hijos y la leche fresca a su esposo. Acarreaba las cantinas y el silencio hechos trizas en sus dedos.

Cargaba con el hastío de ser la última en comer las migajas, tenía los pómulos calcinados de amargura y la vagina dormida en el zaguán.

Ahora ella descubre los paisajes de su pecho, recorre, poco a poco, los pliegues de su cadera, oye una cascada suave sobre su piel. Recostada con los ojos vendados se busca gracias a sus manos íntimas e inquietas.

 

Geografía de los amantes del Sur (2020).

 

 

***

 

 

Mónica Viviana Mora (Pasto, Nariño, Colombia). Es poeta, actriz y viajera. En 2009 emprendió un viaje por Suramérica, que reafirmó su vocación por la escritura. Publicó el libro de poesía en prosa «Geografía de los amantes del sur» (Bogotá, Buenos Aires, 2020) con Abisinia Editorial y Editorial Escarabajo. Ha sido incluida en «Yo vengo a ofrecer mi poema: Antología de Resistencia» (Bogotá, 2020) editada por Abisinia Editorial y Editorial Escarabajo y en «Extravíos: Antología de Cuentos Breves Nariñenses» (Pasto, 2020), editada por Editorial Avatares. En 2012 realizó con Perro Triste Producciones el cortometraje «Mujer», inspirado en la obra «Mujer mirando por la ventana», de Salvador Dalí, segundo premio de Videotalentos de Fundación Banco Santander. Es Contadora Pública de la Universidad Mariana de Pasto y especialista en Gerencia de Proyectos e Innovación Social de la Universidad Uniminuto.

 

Jonathan Alexander España Eraso. (Pasto, Nariño, Colombia). Escritor, editor y gestor cultural nariñense. Ha publicado cuentos, poemas y ensayos en diversas revistas impresas y virtuales, tanto colombianas como internacionales. Ha sido incluido en diversas antologías de poesía y minificción. Fundador y coordinador editorial de «Alebrijes | Revista Nariñense de Minificción». Cofundador de «Editorial Avatares». «Travesías», su primera novela, tiene dos ediciones (una colombiana y la otra española). Con el poema «Descienden de las ramas», resultó finalista en el «XIII Concurso Literario Internacional Ángel Ganivet» (2019). Con el poema «Escritura y origen», presentado bajo el seudónimo de Juan del Páramo, fue finalista del Concurso Nacional de Poesía «Decir es mostrar», organizado por la Casa de Poesía Silva (2020). Columnista de los periódicos colombianos «Diario del Sur», «El Quindiano» y del periódico mexicano «Exilio Periódico Binacional».

 


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