361
01 Nov 2018 / 07:16 am

Después de la ceniza (antología poética 1998-2017) de Marisa Martínez Pérsico, Buenos Aires, El Suri porfiado, 2017.

 

Por Lucas Margarit

Quizá podríamos comenzar con una pregunta: ¿Cómo detenerse en cada viaje y estar a la expectativa de la palabra? El libro Después de la ceniza de Marisa Martínez Pérsico reúne una serie de poemas donde el movimiento del cuerpo, la traslación de un paisaje a otro cobra sentido en la memoria, en una manera de recordar el territorio que se deja atrás y enfrentarse a un nuevo espacio que hay que asimilar. ¿Qué paisaje abismal se recuerda? ¿De qué modo la observación es también un cuestionamiento acerca del objeto percibido? Es allí donde las miradas entre quienes participan de una experiencia, un tú, la hija o la misma poeta, se entrelazan e intercambian formas de percibir un mundo fragmentado, indecoroso a veces, un mundo en guerra y un estado de fluidez y de no permanencia.

Es la voz del poema que quiere detenerse a pensar y reconstruir parte de una vida, un cuerpo que recorre dos geografías que se van diseminando, como un movimiento pendular, hacia dos experiencias: la del territorio familiar, íntimo y cercano y la del territorio extraño que que se aleja y se acerca para devenir en el nuevo entorno de la mirada íntima. El primer territorio es América, el segundo Europa, cuya frontera parece diluirse por la estructura de “pasaje” e indeterminación que el libro nos propone.

Un pasaje múltiple: del pasado hacia un presente, de un espacio a otro, de una mirada a otra, de una indagación a otra. La poeta se presenta como una observadora inquietante que parece escribir y tomar notas en cuadernos mientras se traslada de un lugar a otro buscando una perspectiva diferente cada vez del paisaje roto y melancólico de un momento pasado que se superpone con el presente y  de manera reflexiva y tenaz lo supera. Una tensión que a lo largo del libro va interpelando al lector para que el recorrido sea siempre una suerte de despedida de un poema hacia otro.

Podemos sospechar tal vez que todo primer poema de un conjunto nos permite entrever una poética. Allí las primeras marcas de lo que será el ritmo y la composición, los temas y la perspectiva del libro tendrán lugar. Así, “Lenitivo” podría funcionar como una llave de entrada para poder pensar esta noción de pasaje que la poeta nos propone, donde pone en evidencia la fragilidad y la falta de perdurabilidad de las cosas del mundo, incluso de la mirada hacia esas cosas. Siempre hay una elección de los objetos que se rescatan, incluso en su misma fragilidad:

 

No hay

como leer cartas de amor de otras épocas.

 

Esto también pasará.

 

Todo está en movimiento, todo pasa como sucede con el camino de un peregrino, siempre es la despedida que, como gesto, nos reduce a un determinado juego con el tiempo. Del mismo modo pasan los pinos cuando son observados desde la ventana del tren en marcha, así comienza el poema “Dunav Sava”; incluso, al cambiar de perspectiva sucede algo similar al detenerse y sentarse “a observar despedidas/ en la estación de autobuses”, lo cual no es solo un modo de ver cómo se aleja aquello que observamos, sino también la reduplicación de la experiencia del viaje y la separación en aquellos que son el objeto de observación de la poeta. Es imposible la detención y, por eso mismo, el desarraigo se repite una y otra vez, en cada poema, en cada forma de ver.

 

Es por ello que leemos también Después de la ceniza como un libro de viajes y de desarraigo continuo, como un recuerdo que señala que siempre se escribe lo que ya ha pasado, lo pretérito que se proyecta en el nuevo pasaje del poema, lo que se recupera parcialmente de la pérdida que implica toda despedida.

Así, podríamos esbozar la casi homofonía entre “paisaje” y “pasaje” para señalar una marca de estos poemas que van constituyendo un mapa de recorridos por dos mundos, por varias miradas y por los cuerpos que atraviesan los espacios y la distancia. ¿Dónde ubicarnos frente a tantas despedidas? Quizá el poema sea (o intente ser) la anulación de las distancias entre el antes y el después, entre lo familiar y lo extraño, incluso en el paisaje que connota lejanía y la palabra cercana. Anulación que destaca “Poema al 12 de octubre que ya no es” donde dos miradas de la historia y dos tiempos coexisten en un presente que intenta proyectarse hacia otro tiempo sin anular las diferencias. Como aquella “Poética ambulante” que también nos señala ese desarraigo de la vuelta siempre a otro lugar y, claro está, la vuelta siempre al poema que se re-escribe:

 

Volver,

siempre venir de alguna parte,

invocar el ritual

de la mudanza.

 

¿Qué paisaje se puede reconstruir luego de las cenizas? Cuál es el paisaje que permanece en ese volver indefinido del poema, porque la escritura se aparta del territorio para ser ella misma territorio, y es en esta ecuación donde los poemas de este conjunto revelan los diferentes recorridos y peregrinajes para, de este modo, ir conformando un mapa inabarcable, que vuelve siempre a la palabra. Una mudanza de un lugar a otro que siempre concluye en el poema como un consuelo, a veces vacío, de la nostalgia.

Porque también el tiempo es un personaje que reduce todo, incluso la experiencia, a despojos y cenizas. Es el “tiempo-daga” que nos obliga a estar continuamente despidiendo y mirando de lejos cada uno de los objetos que elegimos alguna vez. Y en este punto, en la poesía de Marisa, lo que es y lo que fue se funde como una superposición de miradas, valores, deseos y nombres presentes y ausentes. Como una especie de argumento o fórmula para intentar conjurar esa daga que devora y nos sumerge en su inmenso movimiento.

 

 

 

Lenitivo

 

No hay

como leer cartas de amor

de otras épocas.

 

Esto también pasará.

 

 

 

Lenitivo II

 

Dejar esa fractura expuesta a la mañana.
Sin compresas.

Que el poema respire por la herida.

 

 

 

Dunav Sava

 

Pasan los pinos azules de Belgrado.


Desde su último invierno,
a través del ramaje de otra lengua,
me saluda mi padre.

 

No habré cambiado mucho en estos años,
más allá de una hija
cuya vida no acertó a murmurar.

 

Debajo del collar de las bocinas, 
por el vidrio que esboza un pentagrama,
el ayer es un libro que comienza.

 

Quién dijera:
convocar dos recuerdos que no pueden hablarse
en mi mesa de tres del pensamiento.

 

El viajero de enfrente me sonríe,
por sus ojos desfilan memorias del futuro.

 

Mi hija observa, también, por la ventana. 
En qué distante mundo 
se ha sentado a evocarme
mientras mira los pinos de otro cielo
que transcurren,

copiosos de avutardas.

 

Hemos llegado a la estación. Se desvanece
el coloquio familiar. Nada es distinto.

 

Tal vez lo que importa del paisaje
es merecer un asiento en la memoria
de alguien que nos quiso
cuando estamos ausentes.

 

 

 

Francotiradores de Sarajevo

 

¿Por qué no vamos
de vacaciones a Bosnia?
Ha sido tu pregunta
de estos años.

 

Hojeabas la revista Bell’Europa
y andabas por la casa
con un cuadro
del antiguo cementerio judío.

 

En la foto de la tienda
que reza Cvjecara
las flores germinan en la roca
a través de los impactos
de mortero.

 

Hay orquídeas en venta,
para los amantes
y los muertos, me decías.

 

¿Por qué no organizar 
un viaje a Herzegovina, 
este verano?

 

Estabas triste a destiempo.

 

Por entonces 
eras solo un muchacho
de familia opulenta
que franqueaba el confín

de los Balcanes
por tumbarse en las playas
sin bombas del Egeo.

 

Pero es fácil ser lírico
con la tragedia ajena.

 

Pavonearse entre los símbolos
con temas prestados
sin usar las rodillas
como patas de perro
por burlar a los maquis 
del Bulevar Selimovica.

 

¿Por qué no vamos a Mostar,
aunque sea unos días?

 

Yo tenía trece años.
El padre de mi amiga
amanecía pegado 
a una emisora europea
para oír del asedio,
de su hermano en Markale,
de esa Miss Universo
coronada en un sótano.

 

Yo escuchaba The Cult 
en la otra sala.

 

La pureza no duele
cuando el mal no nos toca. 
Después de Sarajevo
no es posible mirar una criatura
sin vendarse los ojos.

 

No volviste a insistir. 

La llevarás, ahora, de la mano
al osario de tórtolas
del cuadro.

 

Y todo está en su sitio,
amor,
no te disculpes.

 

Yo tendré otras montañas.

 

 

 

Desarraigo

 

Aquí me rindo, tendida a tu derecha.

De todos los rincones del planeta elijo tu hombro,

sin más norte que el sur de mis recuerdos

a pesar de esos pájaros de leche

que me arrojan de fauces al futuro

como se echa una piedra

en un estanque sin fondo. 

 

 

 

Poética ambulante

 

Volver,

siempre venir de alguna parte,

invocar el ritual

de la mudanza.

 

 

 

Suspensión

 

El silencio de Dios me deja hablar.

Sin su mudez, yo no habría aprendido

a decir nada.

Roberto Juarroz

                                                                                                                         

El tiempo-daga

El tiempo de la flor o del discurso

florido,

               o de la roca.

Todo es tiempo es nada.

Una leyenda profana en la Escritura

que mantiene las ansias

en remojo.

 

 

 

***

 

Marisa Martínez Pérsico es una escritora argentina nacida en Lomas de Zamora, Buenos Aires, en 1978. Actualmente reside en Italia. Tiene la doble nacionalidad española desde el año 2009 por la Ley de Memoria Histórica como descendiente de exiliada de guerra. Sus poemarios son Las voces de las hojas (1998, Ediciones Baobab, Buenos Aires, Primer Premio Nacional de poesía “Río de la Plata II” auspiciado por la Secretaría de Cultura de la Nación), Poética ambulante (2003, Buenos Aires, publicado en volumen antológico junto a otros diez artistas bonaerenses como parte del certamen Arte Joven de la Provincia de Buenos Aires, Subsecretaría de Cultura del Gobierno de la Provincia), Los pliegos obtusos (2004, Buenos Aires, publicado en volumen antológico y seleccionado en el mismo certamen Arte Joven de la Provincia de Buenos Aires), La única puerta era la tuya(2015, Editorial Verbum, Madrid, finalista del II Certamen Pilar Fernández Labrador).

 

 

Lucas Margarit es Doctor en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Su tesis trató acerca de la poesía de Samuel Beckett. Es poeta, docente e investigador en la cátedra de Literatura Inglesa de la UBA. Realizó traducciones entre las que se destacan Enrique VIII de Shakespeare, Defensa de la poesía de Sir Philip Sidney, Poemas Atómicos de Margaret Cavendish entre otros. Publicó los siguientes libros de poesía, Círculos y piedrasLazlo y Alvis y El libro de los elementos y Bernat Metge y los de ensayo Samuel Beckett. Las huellas en el vacío, Leer a Shakespeare: notas sobre la ambigüedad. Ha publicado poemas y artículos académicos en revistas tanto de Argentina como en el exterior.