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06 Sep 2018 / 10:31 am

 

Publicamos el poema “Rusia en 1931” de Robert Hass (San Francisco, 1941) traducido por el poeta Santiago Espinosa. Robert Hass es uno de los principales invitados a la versión 11 del Festival Las Líneas de su Mano.

 


RUSIA EN 1931

el arzobispo de San Salvador ha muerto, asesinado por quién sabe quién. La izquierda dice que lo hizo la derecha, la derecha que fue el acto de unos provocadores.

Pero las familias de los barrios duermen con los niños a su lado,
y un machete o un rifle, si es que tienen uno.

Y la posteridad está removiendo en los pies de página para indagar
quién pudo ser aquel arzobispo

o esperando a que el poeta regrese a su asuntos. Pues bueno, aquí está:

sus pechos son del color de las piedras morenas bajo la luz de la luna, más pálidos aún
bajo la luz de la luna.

Y esto los debería retener por un momento. El arzobispo ha muerto. La poesía no nos ofrece ninguna solución: ella nos dice que la justicia es el molino de agua de la ciudad de Novgorod, negra y dulce.

César Vallejo murió un jueves. Tal vez de malaria, nadie está muy seguro:
incendió el pequeño pueblo en Santiago de Chuco en un valle de los Andes
cuando era un niño, tal vez haya flameado sus venas en París en un día con aguacero:

y nueve meses después Ossip Mandelstam fue visto por última vez buscando comida
entre la basura en un campo transitorio cercano de Vladivostok

Tal vez se hayan conocido en Leningrado en 1931, es una esquina, dos hombres
que bordeaban los cuarenta, tal vez hayan comparado sus cabellos grises sobre las sienes,
o las reseñas de Trilce o de Tristina de 1922.

¡Qué tipo de francés debieron haber hablado ellos dos! Y lo que el uno pensó
que salvaría a España habría de matar al otro.

“Mi sangre no es de lobo”, escribió Mandelstam aquel año. “Sólo un semejante
podría quitarme la vida”.

Y Vallejo a su vez escribió: “Piensa en los parados. Piensa en las cuarenta millones de familias muertas de hambre”

 

 

 

RUSIA EN 1931

The archbishop of san Salvador is dead, murdered by no one knows
Who. The left says the right, the right says provocateurs.

But the families in the barrios sleep with their children beside them and
A pitchfork, or a rifle if the have one.

And posterity is grubbing in the footnotes to find out who the bishop is,

Or waiting for the poet to get back to his business. Well there’s this:
Her breasts are the color of brown stones in the moonlight, and paler in
Moonlight.

And that should hold them for a while. The bishop is dead. Poetry
Proposed no solutions: it says justice is the well water of the city of
Novgorod, black and sweet.

C’esar Vallejo died on Thursday. It might have well been malaria, no one
Is sure; it burned through the small town of Santiago de Chuco in an
Andean Valley in his childhood; it may very well have flared in his veins
In Paris on a rainy day;

And nine months later Osip Mandelstam was last seen fading off the
Garbage heap of a transit camp Vladivostok.

They Might have met in Leningrad in 1932, on a corner; two men about
Forty; they could have compared gray hair at the temples, or compared
Reviews of Trilce and Tristia in 1922.

What French they would have spoken!
And what the one thought would save Spain killed the other.

“I am no wolf by blood,” Mandelstam wrote that year. “Only an equal
could break me.”

And Vallejo: “think of the unemployed. Think of the forty million
families of the hungry…”

 


Fundación La Raíz Invertida
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