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2018-01-29 06:39:00

Nota y selección de Juan Camilo Lee

 

Presentamos una selección de poemas del colombiano Carlos Framb (Sonsón, Antioquia, 1963), pertenecientes a su libro Un día en el paraíso (1997). En estos textos el sentimiento adánico de quien reconoce con asombro su pertenencia a la tierra y al cosmos, de quien se maravilla de su propio cuerpo y sus sensaciones, se funde con un lenguaje elegante y casi florido, en una prosa musical. Es un Adán con formación científica: nos habla de moléculas, de cromosomas y dendritas, y a través de este tipo de términos logra transmitirnos una emoción genuina e inocente. Cabe mencionar que el poeta, en una de sus sabrosas conversaciones, nos confesó que este libro es el hijo que amorosamente concibió con su admirado Carl Sagan.



Hermano del noble silencio

Bendita sea la simiente inmemorial que engendró el primer árbol: dónde gravitaría el ave sin su selva rumorosa, dónde reposaría el caminante sin su umbrátil llamarada, dónde —sin su levitación acogedora— habría yo morado en las antiguas intemperies y en los días pavorosos de mi noche.
Todo en mi fisonomía conmemora un ayer entre sus brazos: en sus flores aprendieron mis ojos de curioso lémur a advertir relieves y matices, en la algarabía de sus aves maduraba la garganta de mi voz y de mi verbo, la textura de sus frutos decantó la garra en mano y caricia creadora, la osatura ascensional de su ramaje creó músculos que hoy propenden al abrazo.
Es tantas cosas un árbol: sin la ofrenda y premura de su savia no correría mi sangre, sin su alquimia de agua y luz en clorofila faltaría mi apremiante bocanada y mi alimento, sin su dócil celulosa no sería la página en que hoy lo celebro, noble hermano en cuya fronda alguna vez tuve hogar y compañía de pájaros.

 


Dharma

Desde el alba del tiempo todos los seres se deben al darse —forma que tienen de ser espirituales y de participar en la totalidad—. Desde el día primero todo es alrededor perpetua ofrenda: cada sol busca irradiar, salir de sí, animar mundos, cada hontanar quiere emerger, ser ablución, fluir frescura, ni un átomo hay que no propenda a congregarse, no hay una piel que no ambicione ser compartida suavidad.
El supremo deber de cada uno es ser razón de ajeno gozo: lo advierto sobre todo en la canción del pájaro —si dejara de cantar habría menos alegría aconteciendo—, en el fruto generoso que se rinde y más que nada en la entrega cotidiana de la flor: comulgar con lo viviente en fragancia y colorido es la forma que tiene de ser fiel a su destino, así como entender y celebrar el Universo es mi forma mejor de armonizar con lo creado.
Y nada hay para mí más allá de prodigar conciencia, como nada hay para la rosa más allá de darse en flor.

 

 

Suburbia

Lo mejor de los astros en este arrabal de espiral es que hay alguien que los mira y se maravilla. Tantos habrá que jamás han alojado o recibido una mirada: diafanía prodigándose a la sombra, calidez que se disipa en el vacío. Cuán en vano brilla un sol que a nadie dora, que no excita eclosiones, ni despierta la vida al contacto con sus mundos; cuán en vano orbita un mundo en cuya infértil epidermis ningún río labra cauce, ave alguna bate alas o elabora su canción.
Yo me agoto abarcando el mayor número de estrellas, inventando las ausentes e imaginando las que fueron y serán. Me esfuerzo en padecer el drama de cada sol: arder su fuego, rodar su movimiento y poblar el fabuloso panorama de sus mundos, a fin de que ninguno quede sin ser justificado en este canto.

 

 

Viajeros

Demorar la mirada en una estrella es preguntarse qué sabrán de la vida sus planetas e imaginar que un posible habitante hace abrigo de ese fuego, lumbre de esa luz y describe alrededor su ultraterrena singladura de ser vivo. Alguien sensible a un panorama a mí vedado, a un placer que jamás conoceré, a un perfume de fabulosa primavera. Alguien que quizás haya tendido su mirada hacia este lado de su cielo y de su noche, imaginando…
Sueños de ser yo un día novedad para su mundo y de contarnos nuestro drama inverosímil de existir. Tanta inmensidad nos une: a medio camino entre átomo y estrella somos seres insondables, somos ceniza de antiguo fuego vadeando la misma oceánica tiniebla; ambos, en un trecho perdido del espacio, hemos sido fragmento viviente de Universo.
Por qué no habría de sentirle hermano, si un mismo misterio nos habita e igual fugacidad nos arrebata; si, anónimos viajeros, hemos sido arrojados a la playa del ser en la misma pleamar del tiempo.

 

 

Acción de gracias

Qué Cosmos es este, que hasta la flor más breve da perfume y nada hay tan pequeño que no haya sido engendrado entre esplendores. Cosmos que se deja admirar y conocer, que permite a nuestro espacio esa rara cualidad: la curvatura, y consiente la increíble ubicuidad de pi. Otras geometrías acaso hay que no sabemos.
Qué azar es este, el de morar en un fértil Universo cuyos mundos comparten la virtud potencial de hacerse piel inteligente, en cuyo abismo urden los seres tan profuso y enigmático tejido, en cuyo tórax de galaxias que se expande y se enfría crepita aún la llama temblorosa de mi corazón.
Es mi asombro que tuviera cada cosa su existencia, cada cual su propio rostro, cada uno su nombre y un destino, que observara el arroyo el mandato inagotable de fluir, perpetuara la rosa en cada brote su misión de florecer y armonizara el polen con la abeja y con el viento.
Es mi alegría que tuviera la materia que soy el atributo de transmutarse en poesía, que del fuego original y sus pavesas emanara este día de desnudez y paraíso, que en el cósmico espumar de la entropía irrevocable prosperara esta página fugaz de acción de gracias.

 

 

CARLOS FRAMB. Desde 2016 reside en México. Su obra se compone por: Antinoo (Poemas, 1987). Un día en el paraíso (Poemas en prosa, 1997). Del otro lado del jardín (Novela, 2009). Una noche en la Vía Láctea (Recopilación de poemas, 2010). Deslumbramiento (Biografía novelada, 2016). 

 


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