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2018-01-19 09:45:43

 

Por Hernando Guerra Tovar 

De ser verdad que el poeta percibe diferente al mundo como lo anunciara Blake en El matrimonio del cielo y del infierno, y que esa virtud o condena hace la luz, entonces todo armisticio queda clausurado y la palabra se desborda en su más pura intimidad, en su decir callado, en su explosión extática. Mas el tiempo y el espacio, realidad o deseo, tienen de todas formas y en el contenido propicio, la urgente necesidad de la impronta, de acudir a la huella, al paso por la piel del entorno, en donde habitan el hacer y el deshacer que llamamos vida, luz y sombra, a veces claroscuro, y lo primero que acude entonces es el patio de Rojas Herazo en contraste al paisaje de Aurelio Arturo, génesis de una escritura que enmarca la poética colombiana desde 1931, cuando el señor de la Morada al sur nos dijera la brevedad emparentada al paisaje, al país de todos los verdes, del verde de todos los colores; y de la hamaca, el aljibe, el matarratón en la poética de Rojas Herazo. Sur y norte, trasiego de la poesía de la mano del hombre que a mitad del siglo veinte, a sólo algunos pasos del milagro, se convirtiera en tragedia, en profundo abismo, en noche que aún no cesa: “Fueron sus únicas respuestas / emprendieron el vuelo / En el patio aún reposan sus huellas desplumadas.”

 

 

 

 

PRIMICIA DE LA SOMBRA

Luz presentida
en la orilla del milagro
el rastro del miedo
en la primicia de la sombra
un llanto legítimo
que apaga esta cuota de cenizas
en el esplendor del instante

 

 

 

 


LEVEDAD EN EL ASOMBRO

                        Levedad en el asombro
                                  de una hoja desprendida
                                  en la canción del silencio
                                  Inicio del misterio
                                  origen posible
                                  de la irremediable caída

 

 

 

 

EXTRANJEROS DE LA LUZ

                        Revelación en la borrasca
                                  extranjeros de la luz
                                  en el fragor del relámpago
                                  Invierno que reitera
                                  el destino de ser hombres de río
                                  en el exilio del diluvio
                                  la vocación de sed
                                  nuestro desierto

 

 

  




SOMBRA CLANDESTINA

Legión de ahorcados
                      y su sombra clandestina
                      danzando la cuerda que confiesa
                      el crujido de la rama
                      Altar para ofrendarnos en el abismo
                                             en el péndulo vacío
                                                               Hacia el regreso

 

 

 

 

CANÍCULAS

Seducidos los girasoles
repiten en la anchura del patio
la órbita del ojo del cielo
y multiplican intemperies en los míos

A retazos la canícula se prolonga
y llena de proclamas legítimas
el tiempo clamoroso

La vida transita en el jardín.

 

 

 

 

 

PARA OTROS VIENTOS

¿Qué haré?
Cuando la mañana ocurra lenta cuajada de palomas detenidas
cuando la brisa no sea más que un presagio aturdido
en el celofán de una libélula
y las mariposas y su danza
sólo sean una ilusión solariega
cuando en el alar de la casa se detengan las sombras
y el tiempo se ahorque en el eco del silencio
cuando mi madre decida recoger el viento en sus faldas
y sus pasos sean niebla
en la orilla blanca de los heliotropos
cuando la lluvia no bañe mis predios
y naufrague la luna en el aljibe de siempre
cuando alejes tu vuelo de mi cielo
                                               y le prestes alas a otros vientos
entonces ¿qué haré?

 

 

 

 

 

LO QUE OFREZCO AL FINAL DE ESTA NOCHE

Señor
Me daría igual un trino
el canto del gallo
el grito empedrado de una carreta
para romper el hilo de esta noche
que tiene sabor a miedo y a orígenes
permíteme encontrar un puñado de cenizas
que me revelen para que esta errancia
de orillas inciertas
sin rincones probables para soñar
sin estaciones para la risa y la cosecha
sin rutas para que la soledad cabalgue
y arrase a este ejército ciego de ángeles que somos
Señor
en la terquedad de mi rastro
te ofrezco lo que hallé al final de esta noche
un manojo de olores moribundos
un desvelo alucinado por la lluvia
que hiere su cuenco infinito
y esta espera larga y confesada
al ángel que ha de colocar en mis manos
un poco de aquella ceniza
que siéndome conocida
insiste en negarme

 

 

 

 

 

Miguel Torres Pereira (Arjona, Bolívar – 1960) Licenciado en Ciencias de la Educación. Biología Química de la Universidad del Atlántico. Ganador del concurso de poesía Casa Silva en Cartagena, 1993. Premio de poesía Jorge Luis Borges (Universidad del Magdalena, 1995). Premio de poesía del Caribe Colombiano (Universidad del Magdalena, 1998). Primera mención Concurso Nacional de poesía Gustavo Ibarra Merlano, 2005. Autor de los poemarios De luna y piel en otro Ámbito, Secretaria de Educación Distrital Cartagena (1996); Estación del Instante, Colección los conjurados - Común Presencia Editores, Bogotá (2007). Cofundador del taller literario Encuentro con la Palabra. Aparece, entre otras en las Antologías de poesía colombiana Nuevas Voces de Fin de Siglo de Gustavo Revelo, 1999; Poesía Colombiana de Iván Beltrán Castillo. Fundación editorial el perro y la rana. Caracas Venezuela (2008); Cincuenta poetas Colombianos y una antología ediciones caza de libros Ibagué Colombia 2010.

 


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